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Cultura

La anonimidad de las mujeres

En gratitud a la señora Elena Palomino de Sulca

La anonimidad de las mujeres
Elena Palomino de Sulca. Foto: Galeria Alfonso Sulca | Google Maps
Artesanías Sulca

La señora Elena Palomino estaba en su taller de Santa Ana, en Huamanga, cuando llegué al famoso barrio de artesanos de Ayacucho. Ella estaba bordando a mano flores sobre unos cojines para la venta. Era un día soleado, un hermoso molle y la iglesia configuraban el paisaje. El taller se llama Artesanías Sulca y allí trabaja desde 1970 la señora Elena junto a su esposo, el señor Alfonso Sulca Chávez, con ancestrales técnicas de teñido de fibras y tejido en telar.

El taller Sulca es un taller de tapices en base a lana de oveja, alpaca y vicuña, teñidos con tintes de origen natural; es el espacio de exhibición de tapices de diversos diseños inspirados en el paisaje, la cosmovisión andina, la tridimensionalidad del chumpi y muchos otros motivos desarrollados con esta ancestral técnica prehispánica. El tapiz es un tejido hecho a mano que puede ser de un solo color o polícromo, que se elabora en función a la trama y la urdimbre, de formas y dimensiones variadas. Como técnica, se trata de un tejido plano, formado por una textura que puede ser delgada o gruesa. Colgados en las paredes, los tapices se exhiben en el taller, así como un pequeño telar, los ovillos de lana y las plantas que usan para teñir, de las que obtienen gamas multicolores para lograr que los diseños cobren forma y tridimensionalidad.

Los colores con plantas

Nuestro diálogo derivó en la descripción de los procesos de teñido con plantas, que ella conoce en cada detalle de la técnica, los tiempos, los mordientes, la preservación, entre otros aspectos. Recordar y compartir esos conocimientos le causa verdadera alegría. Evoca su práctica con pasión y tiene muchas anécdotas sobre su trabajo, ya sea en su juventud, ya en el tiempo del conflicto armado interno que determinó cambios profundos en sus vidas.

Los tapices que se exhiben en Artesanías Sulca son admirables por los diseños y colores de los tejidos. Como pintora de oficio, aprecié la calidad de los colores y sus gradientes, que fue lo que más me entusiasmó de los tapices. Esas transiciones de color en los tapices, eran impactantes y su resultado muy realista, es decir la calidad cromática y la riqueza plástica de cada obra. Conversando sobre estos procesos con la señora Elena, concluyo que la calidad y originalidad de las piezas ha exigido años de práctica y de investigación, los años de la experimentación realizada por la pareja de creadores, además de los conocimientos ancestrales que el señor Alfonso recibió de su padre, también tapicero.

Los colores que se obtienen de las plantas son armónicos, como en los mantos Paracas, Nazca o Chancay, colores que han resistido miles de años. Percibí su armonía cuando la señora Elena me mostró un tapiz hecho con lanas teñidas con tintes artificiales y otro con tintes naturales. No hay punto de comparación.

Animada por su amabilidad le pedí que me enseñara a teñir con plantas. En febrero de este año me enseñó a teñir con caoba y ceniza, logrando una hermosa gama de marrones y sienas de gran belleza. Ese conocimiento de plantas y procesos, lamentablemente, carece de registro y puede perderse en unos años si no hacemos algo por resguardarlo.

Las bellas artes

Ayacucho es una región donde se desarrollan múltiples manifestaciones artísticas, como la cerámica, el tallado, el tejido, la música, la danza. Muchos grandes artistas provienen de esta región y han sido reconocidos y celebrados, como el maestro retablista Joaquín López Antay, quien en 1975 obtuvo el Premio Nacional de Cultura en el área de arte, premio que desató controversia al eliminar las fronteras entre “arte culto” y “arte popular”, entre arte y artesanía.

Esta discusión es muy vigente en la actualidad, se mantiene en el ámbito de lo formal por una falta de interés en el valor del conocimiento de los procesos y técnicas empleados por los maestros artesanos, así como su significado y aporte en la construcción de nuestro imaginario como nación y nuestra identidad nacional. Es una práctica necesaria y urgente para las escuelas de formación en artes y en las universidades, cultivar la investigación sobre estas prácticas artísticas, de profundo valor cultural pero denostadas por considerarlas de menos valor que las bellas artes.

Ayacucho cuenta con la escuela de formación artística Felipe Guamán Poma de Ayala. Desde allí se podría promover el acercamiento entre artesanos y estudiantes y a través de seminarios de investigación y talleres lograrse un intercambio de saberes para conocer y salvaguardar el conocimiento de maestros que muchas veces mueren sin heredar el oficio, pues por razones diversas, en algunos casos sus hijos han optado por migrar. Es lo que ha ocurrido con los hijos de la señora Elena y el señor Alfonso, quienes emigraron a Lima, y con sus nietos, que siguieron estudios universitarios en la capital. Si bien se dedican al tejido, lo hacen eventualmente, sin la entrega y dedicación de sus padres.

La señora Elena estudió en la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga en la facultad de Educación, la especialidad de Filosofía, Psicología y Ciencias Sociales. Trabajó por 26 años como docente de secundaria en el colegio Nuestra Señora de Fátima en Huamanga. Es muy buena maestra. Me enseñó a teñir con plantas con mucha paciencia, técnica y rigurosidad. Me imaginaba como estudiante en el curso de tecnología de los materiales que llevé hace quince años en la escuela de artes. ¿Cómo habría sido aprender de esta maestra? Seguro nos hubiera transmitido ese espíritu curioso, ese afán de experimentar, de corregir y aprender.

El terrorismo en Ayacucho

El Taller Sulca fue muy prolífico. Los esposos viajaron por el Perú y el mundo difundiendo su trabajo. El señor Alfonso mereció numerosos premios y reconocimientos como el de “Personalidad Meritoria de la Cultura” del Ministerio de Cultura en 2018. En su mejor momento llegaron a manejar más de veinte telares, con veinticinco personas trabajando en el taller, épocas en las que viajaban por los pueblos de Ayacucho recolectando plantas en distintos momentos del año, y probando con los colores que de ellas obtenían.

Pero también hay recuerdos dolorosos, pues durante los años de la violencia recibieron amenazas y sienten que salvaron la vida escapando con mucha suerte. Sus hijos se vieron forzados a migrar a Lima, debieron separar a la familia para protegerla. Existe en Ayacucho el Museo de la Memoria de ANFASEP, un espacio necesario en el cual los familiares de los asesinados y desaparecidos continúan en una lucha por justicia, verdad y reparación. Y es que este periodo es recordado por los ayacuchanos con mucho dolor y hablan con frecuencia de ello. Fue, naturalmente, parte importante de la conversación con la señora Elena. Percibí en ella el espíritu crítico y observador que sin lugar a dudas han contribuido al crecimiento del taller Sulca pese a los tiempos difíciles que les tocó vivir.

Las mujeres anónimas

La señora Elena es una mujer de setenta y cuatro años, madre de cuatro hijos, abuela de siete nietos. Aún aspira a saber cómo tiñen en la selva, siempre fue su aspiración aprender las técnicas de las comunidades amazónicas. Ella se imagina que con tal diversidad de plantas pueden crearse bellos colores.

Elena, me contaba, no solo está ha estado a cargo durante muchos años de la preparación de los hilos, del teñido y del acabado de las piezas, los matices y los diseños, sino también de abastecer al taller de todos los insumos necesarios y de capacitar y entrenar al personal en las técnicas de tejido. Ella continúa trabajando en el taller, limpiando, bordando, explicando a los visitantes cómo se hacen los tapices, cómo se tiñen las lanas, vendiendo sus trabajos.

Como muchas mujeres peruanas, Elena es una trabajadora incansable y un apoyo permanente para su esposo, quien es reconocido y afamado maestro. Pero su nombre, sus aportes al tapiz peruano y a las técnicas de teñido, podrían perderse pues hay una falta de gratitud y reconocimiento hacia las mujeres, una anonimidad en sus logros y en su rol en el trabajo colaborativo de creación de los tapices. Para ella, que su nombre se pierda no representa problema alguno, pues asume que así es la sociedad en la que vivimos.

Pero el que su nombre y su conocimiento se pierda es una injusticia. Es necesario trabajar por visibilizar y valorar el trabajo de miles de mujeres que han aportado al desarrollo de nuestras técnicas y expresiones culturales, y con ello a nuestras sociedades. Este artículo es un reconocimiento a una mujer que me ha enseñado y compartido parte de su vida mientras escogíamos hojas de caoba, mientras prendíamos un fuego y el agua calentaba, mientras teñíamos las lanas, conversando y recordando. La señora Elena Palomino es una gran maestra del tapiz y del teñido con plantas. Otros creadores y creadoras tenemos muchísimo que aprender de su práctica y amor por los colores y la naturaleza.

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