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Cultura

El negocio del Óscar y la mala conciencia norteamericana

El negocio del Óscar y la mala conciencia norteamericana
Walt Disney Television

Los premios Óscar son un buen termómetro de Hollywood y un sector importante de la opinión pública norteamericana. La 96 edición de esta ceremonia en marzo de 2024, en una coyuntura de crisis, guerras y violenta polarización en las próximas elecciones a la Casa Blanca, no ha sido la excepción. Estos galardones, en sus distintas categorías y sectores, son determinados por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, es decir por los miembros de la industria cinematográfica de Estados Unidos. Se trata pues de un voto corporativo.

Este año, hay que reconocerlo, la selección de películas nominadas fue superior a la de los anteriores, aunque no faltaron títulos importantes que no fueron considerados. Las producciones seleccionadas abarcaban la creación de la bomba atómica, una mirada distinta al Holocausto nazi, el genocidio de los indígenas norteamericanos, el racismo interiorizado en la sociedad gringa, la asimilación de los migrantes, la nostalgia y la misoginia del sistema y la caricatura de las mujeres, entre otros temas candentes del pasado y el presente.

El triunfo esperado de Oppenheimer confirma la predilección de Hollywood por los grandes espectáculos históricos. Christopher Nolan propone un filme épico sobre la gesta de la bomba atómica y los conflictos personales, morales y políticos del creador de la misma, antes y después de la mortífera arma de destrucción masiva en los años de la segunda guerra mundial. Lo mejor sucede en todo el proceso creativo, donde el mito del genio iconoclasta, junto a otros genios, producen en Nuevo México la bomba, bajo supervisión militar. Luego sobrevendrán los innumerables interrogatorios y procesos aguzados por la persecución macartista contra el inventor culposo, donde la lealtad será el menor de los valores traicionados. Hay sin embargo una ausencia en el relato, y no es menor, sobre los efectos de la bomba en la población, recreada de manera simbólica en la mente de Oppenheimer, pero omitiendo las imágenes crudas de los ataques a Hiroshima y Nagasaki. Alguien ha escrito por allí que el premio es también un reconocimiento a la mentalidad autoindulgente y culposa de la nación norteamericana, que lanza bombas por el mundo y después se lamenta, sin querer ver cara a cara a sus reales víctimas.

En Zona de interés, la producción inglesa ganadora del Óscar a mejor película extranjera también hay una omisión de las imágenes más ominosas sobre el Holocausto y la “Shoah” judía en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz Birkenau, en los años de la mayor conflagración bélica del siglo XX. En este caso se entiende que fue una decisión deliberada del realizador Jonathan Glazer para aludir a la presencia en off, a través de los sonidos, explosiones y siluetas que llegan a la familia del comandante del campo, pero sin ver el horror tantas veces descrito. Lo verdaderamente terrible es como la vida común puede continuar sin mayores tropiezos y hasta feliz al lado de la barbarie humana, preocupados en la decoración del jardín mientras los oficiales planifican maneras más eficientes para aniquilar personas, como representación de la “banalidad del mal”, a la que aludía Hannah Arendt. Rudolf Höss no aparece como un personaje psicopático o monstruoso, sino como alguien de escasas luces, talante hogareño y por momentos abatido, que se permite incluso algún momento de debilidad, no tanto por su conciencia sino por mera inercia y cansancio de su “misión”. La coda final al museo actual de Auschwitz, convertido en un espacio congelado en el tiempo, con la manía de limpieza de los empleados, nos habla de un pasado vigente, no sólo en la piel de los judíos víctimas, sino, paradójicamente, de quienes se reclaman sus sucesores y en nombre de ellos, infringen hoy similares castigos en Gaza, como valientemente denunció el director en la ceremonia de premiación.

El no haber considerado para ningún premio a Los asesinos de la luna fue interpretado como un nuevo desplante de la Academia a Martin Scorsese, especialmente con el antecedente de tres últimas cintas igualmente ignoradas en el Óscar: El lobo de Wall Street, Silencio y El irlandés. Sin descartar esa hipótesis, creo que la razón de fondo, en esta oportunidad, es la incomodidad que proyecta sobre la historia de Estados Unidos su última película, al revelar la matanza selectiva y apañada de indígenas norteamericanos para arrebatarles sus riquezas petroleras en las primeras décadas del siglo XX. La historia de la formación de la Norteamérica actual, con sus muertes y discriminaciones, prefiere ser vista de lejos y silenciada por el establishment, como ya sucedió antes con La puerta del cielo de Michael Cimino, que recrea la masacre de migrantes por matones de terratenientes en Wyoming a finales del siglo XIX, o con Malcolm X, biopic de Spike Lee, sobre el activista afroamericano asesinado en 1965.

La discriminación de los afroamericanos y los estereotipos culposos que generan en los blancos es lo que anima Ficción americana, una comedia agridulce que reflexiona en esta época de lo políticamente correcto y las cancelaciones, sobre lo que sucede cuando un discurso pretende aparecer como inclusivo, y en realidad sólo refuerza los prejuicios de un sector. Es decir, historias de negros, escritas por negros, que reiteran los clichés sobre la población afroamericana (padre que abandonan a sus hijos, vidas en guetos, delincuencia, drogadicción, violencia). El alter ego del director Jefferson, ese escritor intelectual y distante, que quiere huir de esos estereotipos pero termina cayendo en ellos, es una crítica velada al propio Hollywood de buenos sentimientos, pero que acaba rindiéndose ante la taquilla.

Finalmente, el otro gran tema presente en los títulos nominados fue la mujer, en una Academia tradicionalmente misógina, que sólo en muy contadas y recientes ocasiones ha reconocido su talento detrás de las cámaras, y donde la temática feminista ha sido valorada de soslayo. Anatomía de una caída, la cinta francesa de Justine Triet, premiada en Cannes, es un poderoso alegato criminal que transita las trilladas vías de un juicio para hacer una exploración en profundidad, casi clínica, más que de un posible homicidio, del deterioro marital y familiar de una pareja y su hijo. Lo que se ventila en público es la condición de la protagonista, sospechosa por las circunstancias, y por ser mujer, migrante, y no adaptada a los esquemas habituales que se esperan de una madre y esposa. Barbie, de Greta Gerwig, humaniza y conflictúa a la muñeca más estereotipada de la niñez para evidenciar los roles de género impuestos en la sociedad, aunque la vuelta de tuerca se muerde la cola con el consumismo inherente a su figura. Finalmente, Pobres criaturas, donde el trasgresor griego Yorgos Lanthimos hace el camino inverso, de mujer a muñeca, siguiendo el proceso de invención de Frankenstein donde la protagonista descubre el sexo y la vida, liberándose de las restricciones de su época, para desesperación de los hombres que la desean, tanto como desean controlarla. Pero cuando lo simbólico rodea lo caricatural, cabe preguntarse si también no aplica la doble moral encubridora de un discurso que se pretende abierto y no sexista, que sin embargo refuerza en sus imágenes y personajes los mitos preexistentes.

Puede mencionarse, por último, el premio al mejor documental que fue para la producción ucraniana 20 días en Mariúpol, que registra la crónica directa del pequeño equipo del cineasta y reportero Mstyslav Chernov en la sitiada ciudad, que sin duda reconoce la preocupación de Hollywood por este lejano conflicto, aunque cabe preguntarse también si igual reconocimiento se le daría a una cinta que aborde el tema de la masacre de palestinos que actualmente se perpetra en la franja de Gaza.

En suma, vemos que el encubrimiento, la omisión y el silencio culposo se repiten en varias de las películas que fueron nominadas este año al Óscar. En vísperas de un nuevo proceso electoral, donde todo indica que participarán los mismos contendores de la última elección presidencial, parece imponerse este sentimiento, acaso como derrota anticipada o esperando que la culpa y la mala conciencia logren animar a los norteamericanos a seguir apostando al mal menor antes que sucumbir a la tentación de la bomba.

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