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Cultura

Beatriz Sarlo, esa desconocida

Beatriz Sarlo, esa desconocida
Mujeres Bacanas

Cuando muere Beatriz Sarlo, el 17 de diciembre del 2024, no llamó la atención la indiferencia que generó el acontecimiento. No fue una intelectual que hubiera entusiasmado a sus pares peruanos, ni mucho menos. Al parecer, tampoco la entusiasmamos, con la salvedad de Antonio Cornejo Polar, a quien conoció, junto a Antonio Cândido, en Campinas, Brasil, cuando coincidieron en una conferencia sobre literatura latinoamericana.

En una entrevista con Sofía Mercader, en el 2017, cuando preparaba su estudio sobre la legendaria revista Punto de Vista,1 Sarlo le comentó: “António Cândido fue la otra gran persona que yo conocí en ese momento, que es un príncipe de la crítica literaria brasileña y el primer promotor de la etnografía. […] Inmediatamente me hizo sentar a su mesa. Ángel Rama puso su botella de whisky en la mesa la primera noche y conocí a esas dos personas que fueron muy importantes y muy influyentes para mí. […] Y también estaba en esa reunión un crítico del área andina de la literatura latinoamericana que era Antonio Cornejo Polar. […] Eran tres figuras descomunales de la crítica literaria latinoamericana, en un momento en que la crítica literaria era una disciplina de primer rango […]. Que yo llegara con esas noticias a Punto de Vista y con esas relaciones fue muy importante”.

No fue fortuito, por lo visto, que a partir de su número 8 se publicaran en Punto de Vista anuncios de la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, dirigida por Cornejo Polar, y de Escritura, la revista venezolana que dirigió Ángel Rama. Más aún, en el número 18 (junio, 1980), que sintetiza la importancia de la nueva crítica latinoamericana, se incluyeron entrevistas con Rama, Cândido y Cornejo Polar.

Patricia D’Allemand sostuvo que Rama, Cornejo Polar y Sarlo, junto con José Carlos Mariátegui y Alejandro Losada, contribuyeron a la consolidación de una forma original de crítica cultural desde Latinoamérica, independiente de los centros académicos metropolitanos. Para el caso, resaltó puntualmente las ideas de “transculturación” de Rama y de “heterogeneidad” de Cornejo Polar. 2

Paradójicamente, este acercamiento a Cornejo Polar pareciera resaltar el distanciamiento entre Sarlo y los críticos culturales argentinos, con los nuestros. Tal vez, un punto central, fue la diferencia temática. Sarlo volvía una y otra vez sobre los procesos modernistas que se manifestaban en su país, prestando una gran atención a los roles de los medios de comunicación y, especialmente, a aquello que podríamos denominar circunstancialmente como “cultura urbana”.

Recordemos que en el Perú de los años 80 y 90 predominaron las discusiones sobre nación, identidad andina y violencia interna. Seguramente, una disonancia fue la de Henrique Urbano y Mirko Lauer,3 de los poquísimos en las ciencias sociales peruanas que intentaron abrir un debate sistemático en la dimensión cultural sobre la modernidad y el modernismo, aunque, salta a la vista, que no sólo las agendas de trabajo que plantearon sino también los enfoques que privilegiaron, diferían de los de Sarlo. Otros notables en esa línea fueron, sin duda, Guillermo Nugent 4 y Carlos Franco.[^5] Hubo otros acercamientos para problematizar la modernidad, como los de Quijano desde la colonialidad del poder 5 o Matos Mar 6 interpretando los resultados sociales de los procesos migratorios, pero, ambos se distanciaron aún más que Urbano, Lauer, Nugent y Franco del eje cultural, que fue el centro de Sarlo. Para el caso, no olvidemos, sin ahondar en las propuestas y debates planteados en revistas como Textual, Hueso Húmero, Márgenes, El Zorro de Abajo, entre otras.

En suma, nos perdimos irremediablemente la posibilidad de debatir su aguda mirada sobre los procesos culturales que, si bien se centraba en su país y, más específicamente, en Buenos Aires, trascendía estos marcos y proponía formas de comprender la literatura y la sociedad válidas para una discusión mucho más amplia. Lamentable que no hubiera entre nosotros alguien como Sarlo para difundir y debatir, por ejemplo, los trabajos de Raymond Williams, Carl Schorske o Walter Benjamín.

Sin embargo, póstumamente, parece haber dejado una agenda tan densa y provocadora como la que animó en vida. Antes de su deceso, Beatriz Sarlo había programado la edición y difusión de sus memorias, como un gesto consciente de cierre, legado y testamento cultural, 7 marcando grandes distancias con otros intelectuales que publicaron sus memorias en vida.

No quiso que sea una autobiografía ‘normal’, en la que el autor apela a una línea de tiempo para ordenar una serie de acontecimientos que le gustaría revelar y comunicar a los demás. Tampoco se ubicó en la expectativa de Pierre Nora, cuando experimentó con lo que denominó ego historia, como una manera de entrelazar los contextos y el impacto que provocaban en los afectos y emociones de los historiadores.8 Aunque cerca, no la incorporaríamos tampoco a los marcos con los que Philippe Ariès reconstruyó su propia historia que, a diferencia de Nora, privilegia mucho más su mundo interior, sus recuerdos personales y su sensibilidad individual, obteniendo como producto un relato menos normativo y más íntimo, en el que mezcla autobiografía, confesión y reflexión historiográfica.9

Sarlo prefirió a Hermann Broch como modelo. Su Autobiografía psíquica, 10 1941, la escribió bajo la aplastante impresión que le produjeron los éxitos bélicos de Hitler en el escenario europeo, incluyendo desde entonces al nacionalsocialismo en su teoría del “derrumbamiento de los valores”, algo que, según su perspectiva, ocurría en Europa desde finales del siglo XIX, siendo el ambiente escénico de su trilogía, Los sonámbulos (1928-1931).11

Para Broch, la autobiografía no era un mero relato, sino un programa de trabajo, cuyo objetivo radica en contar la “historia de un problema”, “de la pérdida de lo absoluto, del problema del relativismo, para el que no hay ninguna verdad absoluta, ningún valor absoluto y con ello tampoco ninguna ética absoluta; en pocas palabras, es el problema y el fenómeno de ese gigantesco maquiavelismo que se viene preparando intelectualmente desde hace unos cincuenta años y cuya consecuencias apocalípticas vivimos hoy en la realidad”.

Tampoco concebía la autobiografía como una confesión íntima, ni un relato coherente, sino como una reflexión sobre el deber ético del individuo frente a sí mismo y al mundo. En esa línea, debía mostrar su compromiso con la verdad interior, aceptar sus contradicciones, traumas y deseos con total honestidad, sin maquillajes ni autoengaños. También rechazar la mentira, así como buscar la coherencia moral, sobre la felicidad y el éxito. En resumen, el eje de Broch era la honestidad y es allí donde va a darse el encuentro con Sarlo.

Sarlo lo coloca —junto a Musil, Mann y Benjamín— como parte de un conjunto de intelectuales europeos que pensaron la crisis de la modernidad y el rol del intelectual, percibiendo en ello un factor esencial para definir al intelectual latinoamericano de hoy, no solo en los contenidos sino también en las formas: protagonista de una autobiografía no lineal, fragmentaria, que explora el yo como problema filosófico y político.

Así como Broch se preguntaba por la responsabilidad del escritor frente a la barbarie, Sarlo, en su autobiografía, reflexionó sobre su rol como intelectual pública en dictadura, democracia, y frente a la banalización del discurso, trazando su trayectoria sin complacencia ni auto celebración, sino como una tarea crítica, algo palpable desde el título mismo de sus memorias.

Cuando reordena su infancia, resumiéndola en la frase “aprendí todo lo que se les ocurrió enseñarme”, afirma tajantemente “Yo imaginaba entender lo que no entendía”, planteando la duda de que, a lo mejor, la lectura era eso, es decir, no entender: “¿cuánto del Ulises, cuánto de Kafka imaginamos en una comprensión tranquilizadora, pero probablemente infiel? ¿Cuántas veces, al releer, descubrimos que la primera lectura fue un tejido de atribuciones y presupuestos inciertos?”

Solo podía aprender lo que no entendía, subrayó, “porque aprender no era capturar un sentido sino buscarlo y, con suerte, encontrarlo mucho después”.

Sobrevino la rebelión perturbadora y la expulsión de la zona de comodidad. Sarlo, desde temprana edad, a los 12 años, quiso “hacerse”, “no fingir sino diseñarme, aunque entonces ignorara el sentido de esa palabra (…) ser diferente”. ¿Cómo lo hizo, intuitivamente? “La niña” -se distancia Sarlo de sí misma- “se portaba como si se sintiera legitimada por un poder que provenía de ella y no de los adultos ni de las reglas. Ensayaba la autonomía”.

Pero, no todo era innato. El primer círculo social, la familia y la clase, actuaban decisivamente sobre la niña que, además, muy pronto debió competir con los medios masivos de comunicación: “Los chicos son extremadamente sensibles a las formas de la cultura industrial, porque ese es su primer territorio educativo”. Las marcas hechas por las lecturas de Bourdieu, como se constata, fueron indelebles.

Sarlo reconoce que la figura paterna y el entorno familiar fueron centrales en su formación inicial, transmitiéndole tanto heridas como estímulos intelectuales. Pero, la clase social también rayó su horizonte: las expectativas, los límites y las posibilidades de movilidad cultural se inscribieron en su experiencia desde la infancia.

De otro lado, desde muy temprano la radio, el cine y luego la televisión comenzaron a disputar el lugar de la familia como formadores de sensibilidad y conocimiento y esta tensión entre tradición familiar y cultura de masas se convirtió en un tema recurrente en su obra: “mi cultura se formó regida por esta ley de los azares, los desencuentros y las casualidades”. 12

Volvamos a la figura paterna. Al convencerse, tiempo después, que nada fue autoproducido espontáneamente, toma conciencia de la relevancia que tuvo su padre. Sarlo lo recuerda como un hombre culto, lector y con sensibilidad política, que le transmitió el amor por los libros y la discusión crítica, pero, al mismo tiempo, reconoce su alcoholismo y fragilidad emocional, que marcaron sus primeros años con dolor y contradicciones. No idealiza ni condena, sólo narra con lucidez la complejidad de esa relación, como parte de su formación ética e intelectual.

Resumiendo, repara que solo fue “una mezcla de voluntad empecinada y show off”. Se reconoce como alguien que persistió contra las dificultades personales y políticas; y fue ese empeño lo que la sostuvo en la escritura, en la docencia y en la vida pública, incluso cuando las condiciones eran adversas. Asimismo, también refiere a su gusto por la exposición intelectual y el debate público, el placer que la embargaba al discutir, polemizar y ocupar un lugar visible en la esfera pública. No lo dice con vergüenza, sino con ironía y lucidez: admite que la construcción de una voz pública siempre tiene algo de puesta en escena.

Footnotes

  1. Sofía Mercader (2024). Punto de Vista: Historia de un proyecto intelectual que marcó tres décadas de la cultura argentina. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

  2. Patricia D´Allemand (2001): Hacia una crítica cultural latinoamericana. Berkeley, CA. Centro de estudios literarios Antonio Cornejo Polar.

  3. Henrique Urbano, comp.; Mirko Lauer, ed. (1991): Modernidad en los Andes. Cusco: CBC. Henrique Urbano, comp. (1992): Tradición y modernidad en los Andes. Cusco: CBC.

  4. Guillermo Nugent (1992): El laberinto de la choledad. Lima: FES. [^5] Carlos Franco (1991): Imágenes de la sociedad peruana: la “otra” modernidad. Lima: CEDEP (1998): Acerca del modo de pensar la democracia en América Latina. Lima:FES

  5. Aníbal Quijano (2019). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Espacio abierto, vol.28 nº1, enero-marzo, pp. 255-301

  6. Matos Mar (1986): Desborde popular y crisis del Estado: el nuevo rostro del Perú en la década de 1980. Lima: IEP.

  7. Beatriz Sarlo: No entender. Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina S.A.

  8. Pierre Nora (2013): Esquisse d´ego-histoire. Suivi de l´historien, le pouvoir et le passé. Paris: Desclée De Brouwer.

  9. Philippe Ariès (1996): Ensayos de la memoria 1943-1983. Bogotá: Editorial Norma.

  10. Hermann Broch (2003): Autobiografía psíquica. Buenos Aires: Losada.

  11. Hermann Broch (2016): Trilogía de Los sonámbulos. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial en España.

  12. Beatriz Sarlo (1988): Una modernidad periférica. Buenos Aires 1920-1930. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión. Beatriz Sarlo (1994): Escenas de la vida posmoderna. Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Buenos Aires: Ariel.

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