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«La soledad del nadador»: un rescate necesario

«La soledad del nadador»: un rescate necesario
Grupo editorial Peisa

La soledad del nadador (Peisa, 1996), del escritor peruano Abelardo Sánchez León, cumple tres décadas. Ocasión para hacer justicia a una de las mejores novelas peruanas de los años noventa; apenas por detrás de las monumentales obras de Miguel Gutierrez (La violencia del tiempo, 1991) y Edgardo Rivera Martinez (País de Jauja, 1995). Por eso sorprende encontrar como única referencia del libro una breve entrevista al autor en la revista Quehacer.1 Una posible explicación es la preferencia de la crítica de la época por levantar a la nueva camada de escritores que comenzaba a destacar por esos años,2 pero la joven y prometedora producción literaria difícilmente mostraba, en ese momento, la calidad narrativa de autores como Sánchez León. Lo que hace incomprensible la orfandad de reseñas sobre esta excelente novela.

En lo formal, el estilo narrativo de La soledad del nadador es impecable. La novela de Balo Sánchez León se inscribe en los cánones del boom latinoamericano con una frescura y fluidez que moderniza, acompasa y endulza la lectura. La alternancia entre la primera y la tercera persona abre paso a múltiples voces y perspectivas sobre un mismo acontecimiento o situación, como una suerte de caleidoscopio de experiencias compartidas con interpretaciones diversas. Con este recurso Sánchez León genera diálogos –ajedrecísticos– entre el protagonista y los personajes de su entorno íntimo, dando forma a un complejo drama e identidad personal estilísticamente trabajadas.

El contexto de la novela gira en torno a la adultez mayor de Benjamín Hassler, nadador peruano que participó en las Olimpiadas de Berlín en 1936, que no pudo terminar el torneo porque la delegación peruana decidió retirarse en protesta por la anulación del partido que la selección de fútbol le ganó a Austria. Hecho que marcó profundamente al joven Hassler. A tal punto que dedicó su vida a competir en cuanto certamen de natación pudo, dentro y fuera del país, hasta sus últimos días (el relato llega hasta los ochenta años). Su única motivación era ocupar eternamente ese podio que la prepotencia nazi –y un sentido incomprendido de dignidad nacional– le negaron en el prime de su carrera deportiva. Torneos que obtenía sin mayor esfuerzo, pero cuya importancia (la que reciben los campeonatos de masters) jamás equivaldría a los esquivos laureles olímpicos.

Ese es el marco. Sobre él se articulan dos ejes centrales: las relaciones de pareja que mantuvo simultáneamente Hassler con diversas mujeres, y la imposibilidad de comprometerse con nadie y con nada que no sea nadar obsesivamente en una piscina. Y a través de estos dos ejes transversales –las relaciones conyugales y las competencias amateurs– la historia de Hassler nos confronta a dos encrucijadas que enfrentamos, con suerte y buenos vientos, todos los seres humanos.

Por un lado, el inevitable tránsito hacia la denominada tercera edad. El advenimiento de la vejez y sus achaques, que no es otro que el epílogo de la vida terrenal. El deterioro progresivo del cuerpo y la mente, que en el caso de Hassler es lento y menos evidente por su particular condición de atleta, pero que finalmente es. Un tránsito que lo asume con pesar, sin resignación, doliente por una cultura que relega todo aquello que no transpire juventud y vitalidad (“Los viejos fallecen antes de morir físicamente. La sociedad les quita el derecho a la vida, excluyéndolos de las pasiones, de la posibilidad de enamorarse o tirarse una mujer o sentir alegría por estar en la vida un día más”).

La segunda encrucijada reposa en la paradójica convivencia entre la ética individual (en este caso de Hassler) y la moral colectiva. ¿Qué determina que ciñamos nuestras vidas a los valores tradicionales y convencionales? O, por el contrario, ¿qué impide que demos rienda suelta a nuestros deseos más primarios? ¿Qué optemos por los placeres que ofrece una sexualidad abierta o polígama? En la novela el protagonista opta claramente por la segunda opción. Sin titubeos. Decisiones que obviamente encuentran amparo y viabilidad material en su solvencia económica. Pero que despiertan sentimientos encontrados en su entorno inmediato; entorno que lo quiere, pese a todo, y cuya aceptación es justificada certeramente por su última amante: “(…) eres el único hombre que conozco que cree profundamente en el egoísmo de la individualidad”. En ese sentido, la historia que nos cuenta Sánchez León es la del deseo individual y personalísimo (en el terreno sexual) del protagonista. En tensión, es natural, con la censura social y moral de su época, pero que sin embargo encuentra resquicios en parte de su círculo para desplegarse a placer.

Curiosamente, el aspecto que resulta quizá más díficil de afrontar en tránsito a la vejez, el de las relaciones sexuales (“La vejez ensucia todos los objetos, los banaliza, y las mujeres son objetos demasiado ligeros para que los acaricie un viejo”), no es un problema mayor para Hassler. Por el contrario: pese a su edad, nuestro protagonista es un espécimen atípico que aún despierta interés, y deseo, en parejas menores incluso por décadas. Esta posibilidad, vinculada a una trabajada potencia física, colisiona con su incapacidad para propiciar relaciones duraderas (que lo acompañen y contengan en las postrimerías de su vida), llevándolo a una existencia vacía que lo interpela de manera punzante en esta última etapa.

Dos elementos adicionales a destacar. La soledad del nadador no llega a ser una novela social, en la acepción clásica de la definición. Pero Sánchez León (a fin de cuentas, sociólogo de formación) se las arregla para brindarnos un relato costumbrista del racismo y clasismo característico de las clases altas y medias limeñas del siglo veinte. Con ciertos guiños que evocan al joven Bryce Echenique de Un mundo para Julius, y con un lenguaje que emula por momentos el sarcamo de la China Tudela, Balo elabora un estilo propio que le alcanza para retratar con agudeza y humor al sustrato de peruanos y peruanas que migró a Miami para escapar de la hiperinflación y del terrorismo de fin de siglo. Este subconjunto de “nuevos ricos” mira con desdén a sus connacionales, a los que considera atrapados en ese desahuciado país de cholos y ambulantes. Pero, sobre todo, recoge con precisión algunas de las ideas emblemáticas del horizonte cultural limeño de la época. Algunas claramente machistas, que naturalizan el adulterio masculino (“Todos los hombres tienen otra mujer”) y estigmatizan a la mujer (“Porque mi madre, como todas las mujeres, tiene el olfato desarrollado”). También encontramos algunas ilustrativas de la resignación idiosincrática con que justificamos el fracaso y el logro no consumado (“A los peruanos les encanta soñar con la posibilidad no plasmada, con el gol que no metimos o con la pendejada nazi que nos atropelló”), propias del destino ineludible que traza caminos inexorables (“La vida es la vida y las cosas suceden fuera de la voluntad de las personas”).

La historia tiene, también, como subtexto psicoanalítico, un relato de rupturas generacionales que traen a colación el peso de las herencias genéticas y vivenciales; por ejemplo, entre padres e hijos. ¿Qué tan determinantes pueden llegar a ser y qué hace que en algunos casos estas transferencias se den y en otros no? Una parte importante de la novela es narrada desde la visión y oralidad del hijo de Hassler. Un hijo único que no realizó el deseo de su padre de continuar con la tradición deportiva de la natación, pero que alcanzó el éxito en un nicho ajeno a los intereses de su progenitor. Esto generó una honda desilusión en Hassler; similar a la que tuvo su padre cuando éste le comunicó su deseo de abandonar su plaza de funcionario bancario para dedicarse a su única y gran pasión: la natación. Por cierto, el deporte más solitario de los conocidos.

La soledad del nadador es, a mi entender, un relato sobre la confrontación del personaje con sus propios límites y frustraciones. A través de la figura de Benjamín Hassler, Abelardo Sánchez León construye un personaje que reniega del amor, de la edad, de la derrota histórica, pero que asume la libertad de sobreponer su deseo a una vida de soledad sin atenuantes. Sin sentimentalismo ni concesiones morales, la novela pone a contraluz la resignación por el logro no obtenido (“la balada del gol perdido”), el miedo a la vejez y las formas legitimadas del egoísmo masculino en una sociedad que lo tolera con complicidad e indiferencia. Treinta años después de su publicación, La soledad del nadador conserva una vigencia inquietante y confirma a Sánchez León como un narrador que supo leer, con ironía y lucidez, las corrientes profundas de una subjetividad y de un país condenado a nadar, muchas veces, contra sí mismo.

La soledad del nadador (Lima, 1996) de Abelardo Sánchez León. Serie del río hablador. Peisa.

Footnotes

  1. Silva Santiesteban, Rocío. La soledad del nadador. Una entrevista con Abelardo Sánchez León. Quehacer 103. Septiembre-octubre 1996.

  2. Vega, Selenco. ¿Cuál narrativa de los noventa?. Quehacer 122. Enero-febrero, 2000.

«La soledad del nadador»: un rescate necesario | Enrique Fernández Maldonado