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In memoriam

Hernando, in memoriam

Hernando, in memoriam

Conocí a Hernando Burgos el día que llegué a Desco, 20 de mayo de 1999, porque buscaban un redactor para Quehacer. Mi amigo de San Marcos, José Carlos Requena, dejaba ese puesto y me avisó que necesitaban un reemplazo. Me recibieron Hernando, que entonces era el editor, y Juan Cancho Larco, y conversamos en un cubículo dentro de la oficina de la revista, que era como el privado de Cancho, atiborrado de papeles y que albergaba además el histórico archivo fotográfico.

Mi primera impresión de Hernando fue la de un tipo serio, aunque amable, lapiceros en el bolsillo de la camisa, mirada fija, una pinta a lo Roy Scheider en Tiburón. Hacia el final de la entrevista me preguntó qué estaba leyendo. Por aquella época leía autores del realismo sucio norteamericano, como Raymond Carver y Richard Ford. No le convenció mi respuesta y me preguntó: ¿has leído a Arguedas? Sólo Los ríos profundos, le respondí; y sonrió, con una discreta complacencia. En ese momento, se sintieron unos golpes en la puerta, que luego se abrió de golpe: eran Alberto Adrianzén y Abelardo Sánchez León empujándose como dos niños. Desconcertado, lo miré a Cancho, que a su vez miró al techo, como diciendo: acostúmbrate, chico.

Tenían planeado publicar un reportaje sobre la piratería de libros y esa sería mi prueba de fuego. Yo acababa de terminar la universidad y más allá de algunas colaboraciones esporádicas, no tenía mucha experiencia. Pero en un trabajo de equipo, Hernando y Cancho me orientaron con el enfoque, la búsqueda de información, la selección de entrevistados y la planificación del trabajo de campo. La redacción del reportaje la trabajé directamente con Hernando que, con sus consejos, comentarios y correcciones tomó forma para la edición final, la selección de fotos y la diagramación. Poco tiempo después de publicado, el reportaje ganó un concurso de periodismo que organizaron la Embajada de Estados Unidos e Indecopi. Cuando fuimos a la ceremonia de premiación, Hernando tenía una sonrisa de oreja a oreja.

Compartimos un poco más de dos años de trabajo de redacción en Quehacer, planificando los números, pidiendo, revisando y editando los artículos de los colaboradores, en cierres de edición, aunque también en relajados almuerzos de equipo, casi siempre después de publicada una edición de la revista, cuando Hernando estaba más distendido, bromista, alegre, conversador. Sin embargo, era muy discreto con su vida personal, no era fácil conocerlo en un ámbito más íntimo. Sí supe que había estudiado sociología en San Marcos —de ahí que nos unía algo en común— militado en Vanguardia Revolucionaria primero, y en el Partido Unificado Mariateguista después, y también que había hecho periodismo en la revista Marka, en El Diario de Marka, a comienzos de los años 80, y en la revista Amauta. Hernando era un hombre, como decía Mariátegui, con una filiación y una fe, con un compromiso político e ideológico incólume con la izquierda y los ideales socialistas.

También tenía una tenaz vocación docente. Cuando trabajamos juntos en Quehacer había empezado a enseñar estadística en la Universidad de Lima. En alguna oportunidad, como preparando sus clases, intentó explicarme la prueba del chi cuadrado de Pearson, pero era inútil, no era lo mío: Hernando araba en el mar. Años después llevé un curso de estadística en el posgrado de sociales de San Marcos, con Rafael Roncagliolo, y recordé todo lo que no pude aprender con Hernando.

Creo que una de las últimas comisiones que hicimos juntos fue una entrevista al antropólogo Stéfano Varese, que estaba de paso por Lima, junto con el maestro Rodrigo Montoya. Muchos años después de publicada, esa entrevista fue citada por la ensayista argentina Beatriz Sarlo, en su libro Viajes. De la Amazonia a las Malvinas, un testimonio entre la narración y el ensayo sobre el itinerario de la autora por diversos países de Sudamérica a fines de los años sesenta del siglo XX. No sé si Hernando supo de esta noticia, pero estoy seguro que de ser así hubiera sonreído de oreja a oreja, de puro gusto.

Me conmovió saber de la muerte de Hernando. No tenía noticias de él desde hacía muchos años, pero guardo no solo buenos recuerdos del trabajo conjunto sino también una gratitud por su generosidad y su incesante apuesta por un ideal para que el Perú sea menos desigual con los más pobres, más solidario, más democrático, más decente.