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Sobre el Mariátegui de José Aricó

Sobre el Mariátegui de José Aricó
@lom_ediciones

En 1929, la polémica de José Carlos Mariátegui con la Komintern cifró una tensión constante del pensamiento político. A saber, la existente entre la realidad y las ideas. En el fondo, lo que Mariátegui defendió fue la irreductibilidad de la primera a las segundas. Las ideas no trascienden la realidad. Tampoco la preceden, la crean ni la explican. Por lo tanto, “marxismo” y “revolución” no significan nada de antemano. Mucho menos en Perú, donde ambas se enfrentan a una situación de extrañamiento frente a una realidad que les es ajena ¿Qué significa, entonces, el marxismo en Perú? ¿Puede existir un marxismo peruano?

El reciente libro de Yuri Gómez vuelve sobre estas cuestiones y a la polémica que las gatilló. O mejor, lo hace indirectamente a través de uno de sus principales intérpretes. El nombre de José Aricó puede sonar lejano para quienes nos formamos en la belle époque neoliberal. En Perú, al menos, no figuraba en la currícula, como tampoco el mismo Mariátegui, ni otros pensadores de esta parte del mundo. Estas ausencias distan de ser un hecho fortuito. Nacido en 1931, atravesó sus años formativos en la Argentina de la década infame y el ascenso del peronismo. Su vida estuvo marcada por el choque entre fascismo y comunismo, el que definió la llamada era de los extremos, según la expresión de Eric Hobsbawm. Como el grueso de jóvenes, Aricó abrazó el horizonte revolucionario. Pero llegó un momento en que comunismo y revolución dejaron de ser sinónimos.

Hacia los años sesenta, el entrampamiento del eje soviético lo condujo a acercarse a otras fuentes ajenas a la doctrina oficial. Se volvió un asiduo lector de Gramsci, pues encontró en él un camino para resolver un problema que el PCA falló en atender: la dirección política de las clases trabajadoras. En octubre de 1945, las multitudinarias manifestaciones por la libertad de Juan Domingo Perón, mostraron el arraigo alcanzado por el Partido Laboralista en el movimiento popular. Nuevamente, el desencuentro entre la realidad y las ideas. El marxismo no era la opción del proletariado. La revolución no era inminente.

Aricó se acercó a Mariátegui con el objetivo de resolver el desafío teórico-político que el peronismo sacó a relucir. Si marxismo y clases trabajadoras eran términos intercambiables ¿por qué fue Perón y no el PCA el que se hizo de su liderazgo? Las reflexiones de Gramsci sobre el risorgimento y la cuestión meridional, le abrieron el panorama. Pero la obra del Amauta le permitió ubicar su análisis en coordenadas más próximas. De allí, la centralidad de los sucesos del 29. En la postura de Mariátegui, Aricó identificó una ruta para resolver el problema de la revolución en esta parte del mundo. Aunque centrada en el caso peruano, ella entrañó un modo de razonar que Aricó consideró extrapolable al puñado de países agrupados bajo el rótulo de “América Latina”. Mariátegui postuló la necesidad de una alternativa emancipatoria, forjada de acuerdo a la singularidad del desarrollo capitalista en Perú. El fracaso del comunismo argentino era visto como producto de una “falla de origen” rastreable en el marxismo doctrinal de la III Internacional. La imposibilidad del PCA para suturar la fisura existente entre partido y clase, tenía así, raíces históricas. El retorno a Mariátegui se presentaba como uno a aquel otro marxismo que pudo ser y no fue. Y con ello, a un método de análisis de la realidad que, recusando el acartonado inmanentismo de la era Stalin, atiende a las complejidades de lo social para rastrear en ellas las potencialidades inscritas en la trama de la historia.

El encuentro, como se titula el volumen, postula una tesis fuerte. A saber, la resolución del mentado impasse a través de la lectura de Aricó sobre el Amauta. El libro, empero, no busca centrarse ni en la obra de Aricó, ni en sus varios escritos al respecto. El protagonismo lo tiene una entrevista inédita que el argentino brindó a Sinesio López y a los hermanos Alberto y Francisco Adrianzén en 1979. Estamos, pues, ante un rescate editorial que condensa los principales planteamientos de Aricó sobre el marxismo de Mariátegui. El libro lo hace a través de seis textos, que funcionan a su vez de complemento y guía de lectura. Esta última función la cumplen, principalmente, los trabajos de Martín Cortés y Yuri Gómez. Ambos proponen distintas entradas al trabajo de Aricó y su lugar en el reposicionamiento de Mariátegui en el pensamiento social contemporáneo. Los otros textos presentan comentarios más puntuales sobre su proyecto, visto de manera general, ahondando en las varias facetas de su quehacer intelectual. En el caso de Alberto Flores Galindo y Francesco Stucchi, el foco está en el reconocimiento del talante renovador de Aricó. El cordobés es presentado como una figura audaz que recupera para sí la vena iconoclasta y creativa, atribuida a Mariátegui. Eugenia Huerta y Alberto Adrianzén refrendan lo dicho e inciden en su relevancia para la circulación y difusión del pensamiento marxista en la región. Los juicios adelantados por Flores Galindo y Stucchi sobre su operación analítica se prolongan a su rol como editor, traductor y animador cultural. El balance es el mismo. Aricó es un parteaguas, una figura que zanja varias tensiones internas en la tradición revolucionaria.

Ocurre, sin embargo, que el tono apologético tiende a soslayar sus limitaciones. Sin dejar de reconocer los méritos de Aricó, cabría preguntarse si dio una resolución efectiva a las cuestiones antes planteadas. Es que el marxismo no sólo no ha dejado de ser la opción del proletariado, sino que los experimentos nacional-populares, en mayor o menor medida basados en sus planteos, no han conducido a la revolución esperada. En realidad, las clases trabajadoras latinoamericanas se muestran hoy más cerca de las extremas derechas en ascenso. Y allí donde persisten las simpatías por determinadas plataformas del campo progresista, éstas se encuentran en franco declive, cuando no totalmente agotadas. Visto así, el encuentro postulado por Gómez no sería tal y, por el contrario, el divorcio entre marxismo y proletariado seguiría siendo una constante en el continente. En tanto los problemas advertidos por el cordobés mantienen su vigencia, convendría someter su obra a una lectura crítica, ausente en el volumen. Como es evidente, la envergadura de dicha tarea excede los propósitos inmediatos de esta reseña pero dejaré planteadas algunas ideas. Una de ellas tiene que ver con el modo en que Aricó lee a Mariátegui, partiendo de un recorte biográfico, cuanto menos cuestionable. El de Aricó es un Mariátegui principalmente construido sobre el arco que va de los 7 ensayos a la polémica con la Komintern. Al “peruanizar”, “latinoamericanizar” al Amauta, perdemos de vista la complejidad con la que éste abordó la tensión entre lo nacional y lo internacional.

Como anota Aricó, Mariátegui acertó al reconocer en la cuestión nacional la base para una política revolucionaria en Perú. De allí su renuencia a seguir lo dictaminado por el Kremlin y, en consecuencia, la razón por la que apostó por un partido socialista y no comunista. El cordobés rescató para sí dicha constatación y la convirtió en el eje de su propuesta analítica. Es un Mariátegui al que le reconoce un leninismo distinto al marxismo-leninismo de la III Internacional. En sintonía con el líder bolchevique, el Amauta vio en la nación el locus de la lucha de clases, el espacio en el que la forma asumida por las contradicciones del capital, establece las condiciones para la revolución social. No obstante, es preciso recordar que Mariátegui reconocía, ante todo, que el capitalismo no podía ser superado dentro de los marcos nacionales. Y el Mariátegui de Aricó, el Mariátegui nacional-popular, supone la afirmación estatal, por el cual impulsar las tareas democráticas en la construcción del socialismo. Surge entonces la pregunta ¿es posible la revolución en un solo país? Aunque no lo encontramos explícito, ni en el libro de Gómez ni en la obra de Aricó, mi impresión es que lo que en Mariátegui es táctico, en Aricó deviene estratégico. Por ello es que el Mariátegui de Aricó requiere ser confrontado con la obra total del Amauta. A fin de cuentas, lo que buscó José Carlos fue ubicar al Perú en la ola revolucionaria mundial que siguió a la crisis civilizatoria de la Gran Guerra. Indudablemente, ello exigía pensar la política de acuerdo a los aspectos concretos de la realidad peruana, pero sabiendo que el horizonte era internacional, en virtud de la mundialización del capital.

Termino con lo siguiente. Una de las principales lecciones de Aricó fue mostrar que el marxismo debía hacerse nacional para arraigarse en las masas. Y en ello lo acompañaron también otras figuras como Alberto Flores Galindo, Carlos Franco, Óscar Terán y Bolívar Echeverría. En ese sentido, podemos decir que propició el encuentro indicado por Gómez. Sin embargo, considerando que lo nacional-popular no es en sí mismo una corriente anti capitalista, quedan aún aspectos que zanjar. Lo cierto es que, dada la peculiaridad de nuestra experiencia histórica, no podemos renunciar a ella sin más. En Perú, los sucesos del 2021 mostraron su potencia articuladora del campo plebeyo. Lejos de constituir un capricho intelectual, volver sobre estas cuestiones es una urgencia y una necesidad. El riesgo, como siempre, radica en provincializar el análisis, como es usual en nosotros. En esta crisis mundial, no podemos darnos el lujo de pensar a escala nacional o latinoamericana. Quizá por ello convenga no apostar tanto por un marxismo peruano, sino por un marxismo en el Perú o, tal vez, un marxismo a secas que, partiendo de Mariátegui, saque lecciones propias para el presente.

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