América Latina en 2026: desafíos existenciales en un mundo en recomposición

Pocas veces en la historia podemos ser testigos de los profundos movimientos tectónicos que están transformando la geopolítica mundial de manera irreversible. La agresión ilegal y unilateral de Washington y Tel Aviv contra Teherán, está obteniendo efectos contrarios a los objetivos inicialmente buscados, un golpe militar decapitador y un sometimiento político en corto plazo. Aunque aún nos movemos en medio de la niebla de la guerra, EE.UU. la está perdiendo y, mientras el conflicto escale y se prolongue, más costoso y doloroso le será encontrar una rampa de salida aceptable. La poderosa maquinaria de propaganda que, desde el primer día, anunciaba que los EE.UU. ya ganó la guerra, no puede esconder el desconcierto y la sorpresa que ha causado en los estrategas del Pentágono la desafiante respuesta de Irán, en el terreno militar y económico, al cerrar el estrecho de Ormuz.
Basta recorrer las arrogantes e incoherentes declaraciones del Presidente Trump que la primera semana rechazaba la colaboración de sus aliados de la OTAN porque ya había ganado la guerra, para desdecirse a la semana siguiente y suplicarles que lo apoyen a restablecer el paso marítimo en el Estrecho y seguidamente amenazarlos con abandonar la OTAN por su negativa en bloque a intervenir en esta guerra que no consideran suya, declarando finalmente de manera desdeñosa, que la apertura del mismo no es su problema y que EE.UU. puede vivir sin la energía del Medio Oriente. Estos vaivenes y contradicciones sacan a la luz una sensación de desesperación y no hay una clara estrategia y, menos la logística, para la guerra prolongada y de desgaste a la que Irán los está desafiando. A menos de un mes de iniciado este violento conflicto, el Pentágono está solicitando al Congreso 200 mil millones de dólares para continuarlo.
El errático y arrogante comportamiento norteamericano está profundizando su aislamiento diplomático a nivel mundial y acelerando la descomposición de su hegemonía global. Asistimos, en vivo y directo, al ingreso doloroso de EE.UU. a su real condición de superpotencia regional, en un mundo que, de manera convulsionada, está gestando un nuevo orden multipolar. Esta guerra en el Medio Oriente es una que, por sus múltiples consecuencias geopolíticas globales, está rediseñando el mundo de mañana. Las bombas están destruyendo vidas humanas, bases militares e importante infraestructura energética vital para la economía mundial, pero también, la arquitectura financiera, política y militar del viejo orden unipolar bajo la hegemonía norteamericana. Ante nuestras narices se está resquebrajando la OTAN que, según el presidente Macron, estaba hace años en “muerte cerebral”. Contemplamos impávidos cómo se está esfumando literalmente el petrodólar, uno de los pilares de la arquitectura financiera mundial y sostén de la enorme deuda pública de EE.UU. que ya bordea los 40 billones de dólares, así como los riesgos de un crash económico mundial. El poderío militar americano, puesto ya en jaque en Ucrania, está sufriendo una nueva humillación que desnuda sus límites y debilidades, poniendo en cuestión todo el sistema de seguridad de las petro monarquías del Golfo, la sostenibilidad del expansionismo genocida de Israel, debilitando seriamente su fuerza de disuasión ante el ascenso chino.
Sea cual fuere el escenario final de este conflicto, dejará severas e irreversibles consecuencias económicas que se sentirán por años. Trump y EE.UU. enfrentarán complejos desafíos: a nivel interno una segura derrota electoral en noviembre con la fractura del movimiento "Make America Great Again" (MAGA), a nivel internacional, la pérdida irreversible de su liderazgo mundial. De otra parte, veremos ax los BRICS y las fuerzas de la multipolaridad, salir claramente fortalecidas. Rusia, al dispararse los precios del petróleo a más de 100 dólares el barril, aparece como beneficiario económico en lo inmediato, viéndose favorecida por el paso del conflicto ucraniano a segundo plano. China refuerza su imagen de actor internacional responsable y previsible, enfocado en promover un desarrollo económico y comercial de beneficio mutuo; por encima de todo, ante el marasmo social de la dependencia en los combustibles fósiles provocados por este conflicto, liderará la imperiosa necesidad de acelerar la transición energética mundial hacia energías limpias y renovables.
Ante estos profundos cambios en la recomposición del panorama internacional, que abren una gran ventana a una nueva era de un mundo multipolar post occidental, ¿cuál es la situación de nuestra región?
2026 un año de definiciones determinantes
Antes de la agresión de EE.UU. e Israel a Irán, nuestra región había ingresado en un período de reconfiguración geopolítica impuesta por las nuevas políticas de Seguridad Nacional y de Defensa Nacional que se explicitan en la nueva doctrina ‘Donroe’. Un proyecto de recolonización de América Latina que busca convertirla en una suerte de ‘isla de unipolaridad’, en medio de las tendencias mundiales a la multipolaridad. Con el pretexto de amenazas externas, principalmente de China, el problema migratorio y la presencia del narcotráfico en la región, EE.UU. pretende afianzar un predominio económico, diplomático y militar exclusivo, desde el cual resistir y retrasar su declive como potencia global. A pesar de los grandes desafíos que lo apremian con el conflicto en el Medio Oriente, la atención de Washington sobre nuestra región no ha disminuido un ápice. Pruebas de ello son la celebración a mediados de marzo, de la Coalición Anti-Carteles de las Américas y de la Cumbre Escudo de las Américas, ambas presentadas como “alianzas militares” para la reforzar la seguridad de la región bajo su liderazgo, así como sus reiteradas declaraciones sobre la pronta recuperación de Cuba a la órbita del imperio.
Su repliegue sobre nuestra región como su prioridad estratégica, tal como ha sido establecida en su doctrina ‘Donroe’, se verá incrementada y reforzada tras los fiascos militares en Ucrania e Irán. Su progresiva metamorfosis, de superpotencia global a superpotencia regional, hace de nuestra región su tabla de salvación para asegurarse de fuentes de energía, recursos naturales y mercados indispensables para su sobrevivencia y reconversión industrial. Desde su discurso inaugural a inicios de 2025, Trump desveló sus ambiciones territoriales sobre Groenlandia, Canadá y Panamá. Desde entonces asistimos al incremento de su injerencia política en contiendas electorales, al sistemático uso de ejecuciones extrajudiciales impunes en el Caribe, a la agresión violenta contra la soberanía de Venezuela y desde inicios de este año, al asedio medieval genocida contra Cuba. Asistimos a un proyecto sistemático de recolonización brutal y durable de la región para encadenarnos a los destinos de su decadencia imperial y bloquear cualquier posibilidad de que América Latina pueda ingresar de manera soberana en la gestación de un nuevo orden mundial multipolar.
La mayoría de las élites políticas en nuestra región, han optado por cooperar y someterse, ante este descarado proceso. Fue vergonzoso verlos aplaudir el discurso de Trump en el Doral Hotel de Miami, al mismo tiempo que éste los menosprecia e insulta a los hispanohablantes al vociferar groseramente “no voy a aprender su maldito idioma, no tengo tiempo”. Lo más significativo fue verlos firmar dócilmente, acuerdos de ‘cooperación y seguridad’, que abren las puertas al Comando Sur para la ocupación militar y la recolonización progresiva de nuestro continente. Son más que evidentes los riesgos y peligros en que nos comprometen nuestras élites al firmarlos, cuando por boca del mismo Kissinger estamos advertidos: “ser enemigo de los Estados Unidos es peligroso, pero ser su amigo es fatal”. Es por ello una aberración presentar la instalación de una base militar extranjera en nuestro país, como en cualquier otro en nuestra región, como una decisión técnica destinada a salvaguardar intereses nacionales.
El 2026 se perfila, como un punto de inflexión decisivo para una América Latina, dividida y fragmentada, que se arriesga a perder la oportunidad histórica de construir un polo propio en el nuevo orden multipolar porque los escenarios de integración regional necesarios parecen más lejanos que nunca, cuando más los necesitamos. La ofensiva militar, económica y diplomática de Trump es para ocupar, en términos prácticos, su tradicional patio trasero con la complicidad de fuerzas políticas conservadoras internas, revitalizadas por el apoyo externo, que vislumbra la oportunidad de revertir y obstruir toda posibilidad de proyectos de desarrollo nacional-populares e institucionalizar, más aún, el saqueo estructurado de nuestros recursos naturales.
Las futuras elecciones presidenciales, Colombia en mayo y Brasil en octubre, son decisivas para el futuro de la región. Ambos países, con México, representan el 66% del PIB de nuestra región, y el 59% de la población latinoamericana. Su captura por las fuerzas conservadores favorables al proyecto de Trump, sería un golpe fatídico para el destino soberano de América Latina. En Colombia, Iván Cepeda encabeza las encuestas para la primera vuelta, pero se prevé una muy disputada segunda ronda contra una derecha que cuenta con el apoyo externo de los EE.UU. Pese al rechazo mayoritario de la población ecuatoriana en un referéndum, Washington ha logrado su objetivo de reabrir la base militar de Manta, ahora en manos del Comando Sur, desde la cual, con la complacencia del presidente Noboa, se lanzan operativos militares antidrogas que han sobrepasado sus fronteras y han provocado tensión diplomática con Bogotá. En Brasil, el presidente Lula es favorito en la primera ronda, pero las encuestas anuncian una segunda muy cerrada en contra de Bolsonaro Jr. EE.UU. amenaza con declarar al PCC y al Comando Vermelho, dos organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico, organizaciones terroristas, para cuestionar la política antidrogas de Brasilia y justificar su injerencia en ese escenario electoral. Paralelamente, Washington ha incrementado su presencia militar en el Paraguay con la firma de un acuerdo SOFA, que otorga inmunidad diplomática a sus soldados, estableciendo el marco legal para la presencia permanente del ejército de EE.UU. en territorio guaraní.
En esta recomposición geopolítica global a la que asistimos, el problema principal no es que tengamos que alinearnos con China o Estados Unidos. La cuestión central es, si América Latina tiene derecho a existir como conjunto de naciones soberanas capaces de diversificar sus relaciones internacionales sin sufrir coerción y definir su propio modelo de desarrollo, sin sanciones y chantajes externos. La respuesta dependerá de que los pueblos de la región podamos, finalmente, superar la fragmentación y construir una unidad de propósito y acción que trascienda las coyunturas electorales y los intereses partidistas inmediatos. De lo contrario, nuestras aspiraciones a una verdadera independencia y al desarrollo anhelado por nuestros pueblos seguirá postergado hasta un lejano e incierto futuro.
