Estados Unidos en Irán: el efecto búmeran de la guerra

Al inicio de la agresión militar de Estados Unidos e Israel contra Irán, el presidente estadunidense Donald Trump declaró que se trataría de una “corta excursión”. Ahora, el impacto en la economía mundial está mostrando un efecto búmeran para Donald Trump, de cara a las elecciones legislativas de medio término que se realizarán en noviembre próximo. Trump no solo tiene el nivel más bajo de respaldo a la gestión de un presidente de ese país, en igual período, en los últimos setenta años, sino que reaparecen las versiones que dicen que esta guerra inconsulta y sin sentido, respondería a la extorsión que le estaría haciendo el presidente Netanyahu, amenazando con revelar escenas archivadas del caso Epstein, para avanzar en su proyecto del Gran Israel.
A pesar de que Trump ha repetido en numerosas oportunidades que las fuerzas aérea y naval de Irán están “totalmente muertas”, que ha quedado “sin líderes” y que se ha destruido la mayoría de sus plataformas de misiles, el país persa sigue lanzándolos hacia Israel y las bases estadounidenses estacionadas en los países vecinos del Golfo Pérsico, lo que está generando una crisis de dimensiones extraordinarias por la caída del flujo turístico en esta región. Si bien estos países son beneficiarios inmediatos del incremento de los precios del petróleo, son también víctimas de la inestabilidad regional. En la medida en que enfrentan dificultades para vender su petróleo y pierden ingresos por turismo, el gobierno estadounidense teme que estos países vendan los bonos del Tesoro norteamericano para disponer de liquidez. Hacerlo, aumentaría la desconfianza creciente que asoma sobre la estabilidad del dólar como activo de reserva mundial y vehículo de intercambio del comercio internacional.
El costo económico y político de esta operación, bautizada con el ridículo nombre de Furia Épica, ha sido letal para Estados Unidos, como veremos a continuación.
La economía mundial
Durante la última Asamblea Anual del FMI y el Banco Mundial, realizada a mediados de abril en Washington, ambos organismos advirtieron que la guerra ha impuesto nuevos riesgos de estanflación (bajo crecimiento, con alta inflación). La directora gerente de la primera institución, Kristalina Georgieva, alerta sobre “perturbaciones significativas” que podrían llevar a una recesión en 2026, si el conflicto se prolonga, afectando especialmente a países con alta deuda. Expresiones similares ha tenido el presidente de BlackRock, el mayor gestor de fondos de inversión del mundo, Larry Fink, quien ha señalado que si el petróleo se estabilizara en los 150 dólares por barril, la economía mundial entrará en una “recesión profunda y prolongada”. Asimismo, el presidente de la Junta Directiva del banco estadounidense JP Morgan, Jamie Dimon, ha señalado que el sector del crédito privado (banca a la sombra) está tomando riesgos excesivos, que podrían estallar bajo la presión de la guerra. En efecto, BlackRock y Blackstone han tenido que aplicar límites (corralitos) a los retiros de sus fondos orientados a inversores minoristas para evitar un retiro forzoso ante la incertidumbre generada por la guerra.
El FMI recortó su previsión de crecimiento mundial para 2026 del 3.3% al 3.1%, advirtiendo que, incluso en el mejor de los escenarios, el daño ya es profundo. Al haberse disparado los precios del petróleo, gas y fertilizantes, la inflación global proyectada se eleva al 4,4%, lo que obligará a los bancos centrales a mantener las tasas de interés elevadas, enfriando aún más la inversión y el consumo. El Banco Mundial ha advertido que el alza en los costos de fertilizantes y energía pone en riesgo la seguridad alimentaria mundial, pudiendo empujar a 45 millones de personas adicionales al hambre.
Si bien la economía estadounidense es resiliente y puede autoabastecerse energéticamente, el FMI destaca que el desequilibrio fiscal y el nivel de endeudamiento de Estados Unidos ha entrado en una fase crítica e insostenible a largo plazo. La institución considera que su mayor problema no es solo el monto total, sino el costo de mantener esa deuda: Estados Unidos está gastando aproximadamente 2,600 millones de dólares diarios, sólo en intereses, superando el gasto en muchos programas sociales claves. Asimismo, ha advertido que los inversores ya no ven los bonos del Tesoro de Estados Unidos como un refugio infalible, lo que reduce la flexibilidad financiera del país y aumenta la vulnerabilidad del dólar. Trump ha señalado repetidamente que la pérdida del estatus del dólar como moneda de reserva mundial, sería equivalente a perder una gran guerra mundial, puesto que la hegemonía del dólar no es solo una ventaja financiera, sino el pilar central de la fuerza y la soberanía estadounidense. Sostiene que si el dólar deja de ser el estándar global, Estados Unidos declinará hasta convertirse en un país del tercer mundo.
Por eso, ya durante su campaña presidencial, propuso imponer aranceles del 100% a cualquier país que abandonara el uso del dólar en su comercio internacional, en clara referencia a los BRICS, que promueven mecanismos independientes del dólar para los vínculos comerciales y las transacciones bancarias. Con toda razón, el presidente sostiene que la moneda es el instrumento más poderoso que tiene Estados Unidos para imponer sanciones y asegurar su influencia política y financiera global, pero con total torpeza, inicia la guerra con Irán socavando aún más la hegemonía del dólar y el sistema de los petrodólares en manos de los países petroleros, especialmente los del Golfo Pérsico. Después de la quiebra del sistema Bretton Woods, estos países se comprometieron a invertir los dólares derivados de la venta de su petróleo en bonos del Tesoro o en cualquier tipo de activos de ese país, a cambio de seguridad. Esa seguridad ha sido vulnerada por Irán como respuesta.
La guerra ha disparado la inflación proyectada en Estados Unidos a 4.2% anual debido al alza en los costos de transporte y los fertilizantes. El consumo, que ya venía afectado por la política arancelaria de Trump, se ha hundido y se ha producido un freno en el crecimiento económico. Antes de la guerra, se proyectaba un crecimiento para 2026 del 2.4%; ahora, los analistas advierten que una escalada prolongada podría reducir esta expansión a menos de la mitad, acercando al país a una recesión. La incertidumbre y los altos costos operativos están frenando la creación de nuevos puestos, y las tasas hipotecarias se han disparado junto con los rendimientos de los bonos, provocando caídas históricas en las ventas de viviendas nuevas (17.6% registrado a inicios de año). Solo el 25% de los ciudadanos aprueba cómo el presidente está manejando el aumento de los precios, luego del inicio de los ataques el 28 de febrero.
El costo político para Trump
La guerra ha empezado a erosionar la base política de Trump, justo antes de las elecciones legislativas de medio término de noviembre. A diferencia de otras guerras, esta no ha generado un cierre de filas tras el presidente. Ex colaboradores cercanos, como el periodista Tucker Carlson y Marjoire Taylor Green, dicen que Trump está loco.
Las encuestas de marzo muestran que solo 27% de los estadounidenses aprueba la campaña militar, y la aprobación a la gestión de Trump ha caído al 36%, la más baja en quince meses de gobierno en los últimos 70 años. El apoyo entre los votantes independientes se ha desplomado al 24% y el de los latinos ha caído al 28%, ambos sectores neurálgicos para ganar cualquier elección en Estados Unidos. Las encuestas de intención de voto para el Congreso reflejan un cambio drástico en estados que antes se consideraban seguros para el Partido Republicano. Así, por primera vez en más de 20 años, la participación demócrata en las primarias de Texas (voto temprano), superó a la republicana por 200 000 votos, con un aumento de 126% respecto a ciclos anteriores. Además, el 24 de marzo, un candidato demócrata ganó una elección especial en el distrito de Palm Beach, que alberga la residencia de Trump, un territorio que el propio presidente ganó cómodamente en 2024.
En este escenario tuvo lugar la multitudinaria marcha, una de las más importantes de la historia de Estados Unidos, organizada por el actor Robert De Niro bajo el lema No Kings (No a los reyes). El lema hace alusión al estilo monárquico de gobernar de Trump: inició una guerra sin aprobación del Congreso y exigió inmunidad total en sus procesos judiciales. La marcha, programada en más de 50 ciudades, logró unir a sectores muy distintos: desde la izquierda progresista hasta la derecha antiguerra de Marjorie Taylor Greene, que tienen como común denominador el rechazar el envío de jóvenes a morir en el extranjero y exigir que los 1 000 millones de dólares diarios que consume la guerra se usen para solucionar problemas internos, como la inflación y la crisis de vivienda en el país. Aunque no fue un objetivo explícito de la marcha, algunos grupos exigieron que la guerra no sea una excusa para dejar de investigar los archivos de Jeffrey Epstein y otros escándalos de corrupción que la guerra ha tapado.
Otro golpe duro derivado de la guerra, ha sido la carta de renuncia del director del Centro Nacional Antiterrorista de Estados Unidos y veterano de guerra en Irak, nombrado por Trump en ese cargo, Joe Kent, el pasado 17 de marzo, que resume el sentir de la mayoría de estadounidenses: “No puedo, en conciencia, apoyar la guerra que se libra en Irán (…). Ese país no representa ninguna amenaza inminente para los Estados Unidos. La inteligencia fue manipulada o malinterpretada para justificar el conflicto. La guerra fue impulsada por la presión del gobierno de Israel y su poderoso grupo de presión en Washington y el conflicto sirve a los intereses israelíes pero no a los del pueblo estadounidense. El público está siendo engañado con la promesa de que esta será una guerra corta y fácil (…) Como veterano que se desplegó en combate 11 veces en una guerra fabricada por Israel, no puedo apoyar que se envíe a la siguiente generación a luchar y morir en una guerra que no beneficia al pueblo de Estados Unidos”.
Este descontento se manifestó también en el intento de asesinato del presidente y de otros miembros de su gabinete que participaban de una cena de corresponsales en el hotel Washington Hilton, el 25 de abril, realizado por un ingeniero y profesor en la ciudad de Los Ángeles, California. Antes de iniciar su cometido, dejó un manifiesto en el que pedía disculpas por sus actos, pero que no había encontrado otra manera de mostrar su inconformidad con la actual administración. En el manifiesto dijo ser ciudadano de los Estados Unidos de América y “lo que hacen mis representantes me afecta (…) Ya no estoy dispuesto a permitir que un pedófilo, violador y traidor manche mis manos con sus crímenes”.
En ese manifiesto criticó al Servicio Secreto pues no había ningún rastro de seguridad en el transporte, ni en el hotel, ni en la reunión, a pesar de que se trasladó desde California con varias armas. Dijo que la seguridad del evento estaba toda afuera, centrada en los manifestantes y los recién llegados, porque, al parecer, a nadie se le ocurrió pensar qué pasaría si alguien se registraba el día anterior. “Este nivel de incompetencia es una locura, y espero sinceramente que se corrija para cuando este país vuelva a tener un liderazgo competente (…) Si fuera un agente iraní, en lugar de un ciudadano estadounidense, podría haber traído una ametralladora y nadie se habría dado cuenta. Una auténtica locura”. Y finalizó diciendo que sentía rabia por todo lo que había hecho esta administración.
Cuando la megalomanía de un líder choca frontalmente con la realidad económica de la ciudadanía y el sentido de autopreservación de sus propias fuerzas armadas, cuando se humilla al adversario, se atiza la violencia y el orden interno se tambalea. Es lo que le está pasando al presidente Trump.
