El Perú desde Quehacer

Las revistas cuentan historias, pero también tienen una. Mejor dicho, varias. Como toda historia, se organizan alrededor de momentos icónicos y se lanzan desde el presente; se escoge y se interpreta situaciones en la trayectoria de vida, para resaltar uno o varios aspectos que, por diversos motivos, se quiere que se tomaran en cuenta en un momento determinado, para identificarse y ser identificados de esa manera.
Luego de 35 años de vigencia, en el 2014 la edición impresa de la revista Quehacer dejó de salir, con muchas historias parciales en el camino sin que, hasta el momento, se haya saldado la deuda de una historia propia o, digamos, ‘oficial’. Aun así, no vendrían mal algunas pinceladas de este recorrido, desde los escombros políticos de hoy, desde una izquierda inexistente por irreconocible, desde una sociedad en eterna transición, desde una economía siempre frágil.
En 1979, desco hizo realidad lo que, en palabras de su director de entonces, constituía una antigua aspiración: publicar una revista que reflejase el punto de vista que se construía con sus investigaciones y estudios, para ampliar su alcance y participar de manera más cercana en los debates de entonces. Fue una presentación minimalista —escueta, clara y directa— de Henry Pease, algo rarísimo en un país que suele enredarse en tramas churriguerescas, ya sea para esconder lo que realmente se quiere decir o, simplemente, para no evidenciar que no hay nada que decir.
Y sin mayores transiciones, la revista acometió hacia lo prometido en la única página de saludo que tuvo. Siete artículos, un informe especial, dos avances de investigaciones y una sección de reseñas de libros, en 160 páginas daban forma al anunciado debate de la actualidad, con línea política de izquierda y sin el apuro periodístico de la primicia.
Se había promulgado la Constitución de 1979 y había muerto Haya de la Torre. Las ideas se planteaban en torno a cómo procesar una transición política ‘ordenada’, es decir, guiada por los militares que salían del gobierno, en consenso con los civiles que buscaban volver a tomar la dirección del país. Además, estaban las proyecciones de una economía que venía dando tumbos, pero sin manifestar aún los síntomas que moldearían la ‘década perdida’ en América Latina, ergo, la deuda externa impagable.
Ante ello, el desafío para la izquierda peruana era doble: el rol que debía tener en esta transición política dirigida por la derecha y, de otro lado, si debía perfilar su identidad orientándose decididamente hacia las vías electorales y, para ello, resolviendo cuál sería la mejor manera de organizar y presentar el frente político. Muy pronto debió dar cuenta de dos enormes escollos. Percatarse que la soñada unidad era una tarea que sobrepasaba con creces la voluntad y la increíble e inesperada aparición de un actor político armado. Así, con la transición democrática teníamos la primera agenda que identificaría los años iniciales de la revista.
Si bien las propuestas frentistas y las vinculaciones con el movimiento popular eran las preocupaciones resaltantes, más pronto que tarde, la subversión empezó a adquirir creciente notoriedad. En enero de 1981, en el número 8, cuando la noticia y el análisis eran copados por el conflicto del llamado Falso Paquisha, un artículo firmado por José María Salcedo, abría fuego contra la prensa que fomentaba un ambiente más represivo que debía incluir a toda la izquierda del país, como respuesta a las acciones iniciales de Sendero Luminoso. Fue acompañado de una sucinta cronología que, posteriormente, se haría habitual hasta que a inicios de los años noventa, se transformaría en otra publicación institucional: el reporte especial de violencia.
Fue en el número 16 (abril, 1982), cuando la subversión aparece por primera vez como el tema central de Quehacer. La presentación del director y una crónica de Alfredo Filomeno, la referirán de manera destacada, pero, nuevamente, será José María Salcedo quien presentará un análisis minucioso, preguntándose “¿hasta qué punto las acciones de Sendero Luminoso están acorralando a la izquierda peruana, hasta desconcertarla?” Estaba refiriéndose a los impactos del reciente asalto al CRAS de Huamanga (marzo, 1982), como un punto de inflexión de las acciones senderistas, como reconoceríamos posteriormente. Luego, el director, volverá a tocar el tema de Sendero Luminoso, esta vez para referir los peligros que significaba para el movimiento popular y la incipiente Izquierda Unida.
Será en el número 19, de octubre de 1982, cuando empieza el seguimiento sistemático a las acciones subversivas, cuya carátula —una persona quitándose el pasamontañas— expresaba inequívocamente el sentir del momento. Se insertó un reportaje especial de 40 páginas, elaborado por Federico Velarde y Raúl González, quienes habían sido enviados a Ayacucho con ese propósito. El inmenso valor de lo publicado fue la mirada analítica en el sitio, intercambiando pareceres con los habitantes y las autoridades del lugar, dando como resultado un panorama de la situación que era casi imposible de hallar en otras publicaciones, que extraían conclusiones desde la lejana Lima o hacían ligeras descripciones de los acontecimientos, sin arriesgar una comprensión. El resultado superó las expectativas, porque la revista obtuvo un récord de ventas.
Allí algunos ayacuchanos entrevistados expresaron sus temores al ingreso del ejército, ante la creciente e incontrolable actividad senderista. No estaban desencaminados. Dos meses después sus sospechas se hicieron realidad y la historia de la violencia dio un vuelco radical.
Aunque el número 20 apareció en enero de 1983, Quehacer había entrevistado al entonces ministro de Guerra, general Luis Cisneros Vizquerra, en vísperas de la decisión política tomada por el Congreso para el ingreso de las Fuerzas Armadas a Ayacucho, a fines de diciembre de 1982. El General estaba muy atento a lo que acontecía en esos momentos: “Suelo informarme por los resúmenes que preparan mis asesores, pero en esta oportunidad se me habló tanto del último número de Quehacer, que no tuve más remedio que remitirme a la fuente”. Agregaría a continuación, “se trata de un estudio serio que intenta desnudar, desde su perspectiva, el problema: he ordenado comprar varios ejemplares”. Remataría afirmando, “he contribuido también a que su revista se agote”.
Cisneros expuso claramente su posición que, lamentablemente, fue el inicio de una interminable distorsión o reinterpretación de lo que dijo, ya sea exagerándolo, simplificándolo o adaptándolo a lo que hubiera gustado que dijera. Décadas después, en setiembre del 2007, su hijo, Renato Cisneros, buscará poner las cosas en su lugar. Precisó entonces que el punto neurálgico de dicha entrevista fue cuando su padre señaló:
“… es muy necesario buscar cualquier otro tipo de solución antes de decidirnos por el ingreso de la Fuerza Armada: que ésta sea la última opción que le quede al gobierno para poder restituir el orden en el país. Porque nosotros vamos a asumir el control de la zona y vamos a actuar, nosotros somos profesionales de la guerra y estamos preparados para matar: la guerra es así”.
El interés por el análisis de la violencia no decayó en los números siguientes, aunque fue subsumido por un tema visto como central en desco. Las elecciones municipales programadas para noviembre de 1983 fueron políticamente cruciales para el país y para la izquierda, la que luego del fracaso de 1980 se reagrupó en Izquierda Unida, su frente político históricamente más importante. El inicio del editorial del número 26, diciembre de 1983, firmado por el director, Federico Velarde, fue lacónico y contundente: “el 13 de noviembre el gobierno acciopopulista fue derrotado”.
El triunfante candidato en Lima, Alfonso Barrantes, era acompañado por Henry Pease como teniente alcalde y esto significó que la ya vasta experiencia adquirida entonces por desco en la implementación de proyectos urbanos, tuviera su prueba de fuego al llegar el momento de convertirse en lo que ahora denominamos políticas públicas. Eduardo Ballón, joven, articulista habitual, era ya un referente importante sobre los movimientos populares y formaría parte de este equipo institucional, entre otros.
Los siguientes números de la revista fueron y vinieron sobre estos dos temas, pero en el número 29, de junio de 1984, se incluyó un reportaje, dividido en dos entregas, que sería memorable. José María Salcedo ingresó al hospital siquiátrico Víctor Larco Herrera, simulando ser un paciente. Esta estrategia de inmersión le permitió observar desde dentro la rutina y el trato a los internos, revelando la dramática existencia de las personas que sufrían estos males. El periodista reflexionó sobre cómo la sociedad definía quién estaba “adentro” y quién “afuera” e hizo que su propia presencia, como “falso paciente”, cuestionara la arbitrariedad de esas fronteras.
Salcedo estaba planteando una profunda discusión sobre la exclusión y la desigualdad y esto lo alejó sideralmente del periodismo gonzo; más aún cuando recurrió a las reflexiones de connotados siquiatras -Max Hernández, Baltazar Caravedo, Javier Mariátegui, César Rodríguez Rabanal-, agregando recuadros de exponentes de la antipsiquiatría como David Cooper, Franco Basaglia, Ronald Laing y Thomas Szasz. Un lujo de reportaje.
A la distancia, pareciera que los años felices -habría que definirlo de alguna manera- llegaron hasta aquí. La coyuntura electoral de 1985 será ocasión para presenciar el inicio del agónico desmontaje de la unidad de la izquierda, hasta su canto de cisne que escuchamos en 1990; Sendero, ahora acompañado del MRTA, expandían su lógica del terror por todo el país; y la inefable política económica del primer alanismo nos condujo a insondables abismos nunca transitados, ni antes y, felizmente, tampoco después.
Luego vendrá el fujimorismo, imponiendo la hegemonía del neoliberalismo chicha y salvaje, en la economía y en la política. Si Quehacer había visto la luz como un respaldo a las voces políticas de izquierda y el refuerzo a los movimientos populares, ahora debía hacer el tour de force correspondiente, al desvanecerse sus razones de existencia. Además, el fin de la Guerra Fría cambió el contexto internacional y, con ello, la cooperación internacional para el desarrollo, que dejó de considerar a las ONG como agentes de desarrollo en los territorios donde el Estado no podía llegar, para asumirlas ahora como partners en las políticas públicas. El asunto a resolver era cómo se podría formar parte de las políticas de un gobierno dictatorial y, paralelamente, fomentar la democracia.
En fin, los 90 fueron años de profundos y continuos reajustes. El campo político y social al que pertenecía la revista y desco mismo debían reordenarse continuamente y a la defensiva, buscando aprovechar los mínimos resquicios. Fue cuando sobrevino un hipo del pasado. Terminando el año 1996, cuando nadie suponía que Sendero o el MRTA podían hacer acciones de envergadura, un grupo de éste último asaltó la residencia del embajador japonés, cuando se llevaba a cabo una recepción por el natalicio del Emperador. El número 105 buscó aportar elementos de juicio para el análisis y propuestas de solución del problema suscitado, por “la abierta violación de los derechos humanos básicos de un conjunto de ciudadanos peruanos y extranjeros detenidos allí abusivamente en calidad de rehenes”.
El desenlace sobrevino cuatro meses después, con el asalto militar a las instalaciones tomadas por el MRTA. Pero, la solución a la crisis, como indicaba Alberto Adrianzén en el número 106, no ocultó la descomposición del régimen dictatorial. Para los que ahora celebran sin más esta acción, olvidan convenientemente que en enero de 1997 detienen a Leonor La Rosa, agente del SIE, torturándola para que confesara una filtración de información hacia la prensa; luego, el 23 de marzo, Mariela Barreto, colega de La Rosa, fue degollada y descuartizada. En mayo de ese año, destituyeron a tres magistrados del Tribunal Constitucional peruano, Guillermo Rey Terry, Manuel Aguirre Roca y Delia Revoredo, mediante un juicio político seguido por el Congreso de la República fujimorista, que fue declarado sin efectos jurídicos por la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
La podredumbre ya no podía ocultarse: funcionarios públicos, cercanos al presidente Fujimori, personajes principales del régimen —como el general Hermoza y el asesor Vladimiro Montesinos—, las más importantes instituciones del régimen fujimorista —FF.AA. y servicios de inteligencia— mostraban abiertamente su descomposición.
No era difícil prever el fin. La dictadura se devoró a sí misma, en medio de sus contradicciones, hasta colapsar. Sin embargo, fue seguida de un momento democrático que concitó mucho entusiasmo inicial, pero sin que sus actores principales mostraran las capacidades necesarias como para darle al proceso la solidez que se demandaba. Era lo que había y era menos que poco.
A su vez, empezó a dibujarse en el horizonte un periodo de crecimiento económico que no habíamos tenido nunca —sea por la duración, sea por la intensidad—, que compuso un escenario perturbador: el crecimiento no se transformaba en capital, el capital no tomaba forma en inversión y la inversión no generaba desarrollo. Éramos un país que tuvo recursos como nunca y seguimos siendo pobres, como siempre. Fue el ambiente donde apareció otra de nuestras promesas nacionales, Ollanta Humala, un comandante del ejército, que en un momento galvanizó las dispersas esperanzas de una izquierda que trataba de retomar rumbos. Luego, las frustraciones producidas por el militar, dirigieron las miradas hacia un sacerdote.
Volvamos a Humala. Quehacer 182, apareció luego de su triunfo en segunda vuelta, con el título Qué golazo. La victoria de Ollanta Humala, “tranquilizó a un amplio sector que temía el regreso de la corrupción y la dictadura”. Pero, las cosas no estaban para poner las manos al fuego sin más. La nota inicial, sin firma, pero con el inconfundible estilo de su director, Balo Sánchez León, llevaba como título Mirando el futuro, y por el contenido que seguía, esa mirada se percibía de corto plazo y titubeante. “Humala se ha reunido con la derecha liberal … calmándolos y apaciguando el miedo que ellos mismos generaron a través de los grandes medios”. Preguntaba luego, “¿Humala aprovechará su pragmatismo para crear un aparato orgánico estatal a lo largo de todo el territorio peruano? (…) tendrá que diferenciarse de los gobiernos anteriores y obtener mejores resultados.” Ahora, con Humala en prisión, acompañado de Toledo, Vizcarra y Castillo, por acusaciones de corrupción, sabemos que no fue así.
Y llegó la despedida, en noviembre del 2014. Tranquila y sin estridencias. Vuelta la vista atrás, el último equipo hacedor de la revista concluyó que “Quehacer ha sido inflexible en su vocación: no ha hecho concesiones, no se ha vuelto ligera…” Lo que fue ratificado por su director, “A Quehacer siempre le resultó difícil atrapar el momento en instantánea, vivir la coyuntura a fondo, hacer el seguimiento de la noticia. Su formato y su periodicidad la conducían, más bien, hacia la reflexión y el análisis”.
El reto, tomando la distancia respectiva, no era llegar primero sino saber llegar. En palabras de Molvina Zeballos, entonces presidenta de desco, “en el Perú, país de lo efímero, lo circunstancial y lo liviano, que una revista llegue a cumplir 35 años es una proeza y algo digno de ser festejado”.
