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Internacional

¿Hacia un equilibrio del terror? El armamentismo europeo a la luz de la guerra

¿Hacia un equilibrio del terror? El armamentismo europeo a la luz de la guerra
European Council on Foreign Relations

Cuando empezamos a recoger información para un artículo sobre el rearme europeo, el presidente Trump y su socio y aliado Benjamin Netanyahu iniciaron, el 28 de febrero pasado, sorpresivos bombardeos sobre Teherán, en medio de las negociaciones en Omán sobre el uranio enriquecido y los misiles balísticos del país del Golfo, que se llevaban adelante entre autoridades iraníes y Washington. A la luz del desarrollo de los acontecimientos y de la duración de un conflicto bélico cuyos iniciadores imaginaban brevísimo por la superioridad militar de Estados Unidos e Israel, las características del presente artículo se han ido modificando.

Lejos de tratarse de una ‘guerrita’ fácilmente manejable, ésta parece predestinada a durar y a convertirse en una catástrofe económica, que muchos especialistas comparan con la crisis del 74. Con un armamento disminuido por los ataques constantes, Teherán no sólo no parece dispuesto a rendirse, sino que utiliza armas menos costosas pero igualmente eficaces para resistir a sus enemigos. Se trata de los drones kamikaze bautizados Shahed, de muy bajo precio y amplio alcance operativo. Cada uno cuesta un aproximado de 50 mil dólares. Para combatirlos, Estados Unidos utiliza misiles Patriot cuyo coste por unidad se eleva a 3 millones de dólares. En seis días, Washington gastó más de 11 300 millones de dólares según cifras del Pentágono. Si a esto sumamos otra “arma secreta”, el estratégico bloqueo del petróleo y del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, Ios persas pueden resistir hasta que la crisis económica provocada empuje a los países occidentales y a las petromonarquías del Golfo Pérsico a exigir una tregua.

Hace poco, la periodista del diario El País, Ángeles Espinoza, largos años corresponsal de ese diario en Teherán, aseguraba que le resultaba incomprensible la imprevisión de la CIA y el Mossad, los servicios de inteligencia de Estados Unidos e Israel respectivamente, sobre la capacidad de resistencia iraní. No se explicaba que hubieran ignorado su estrategia de diversificar los frentes bélicos a toda el área del Medio Oriente. Es decir, de globalizar la guerra.

Poco después del triunfo de la revolución iraní contra el Sha en 1979, El País publicó un artículo (22 de noviembre de 1979) donde se citaba a una fuente próxima al Consejo de la Revolución islámica que decía textualmente: “Nos resultaría muy fácil bloquear el estrecho de Ormuz. Bastaría con hundir cuatro o cinco barcos para que ningún petrolero pudiera salir ni entrar en el Golfo Pérsico. Los problemas de abastecimiento petrolífero serían prácticamente insuperables para el mundo occidental”. Ya entonces el estrecho era para Irán un arma de guerra más y de hecho la utilizó durante el conflicto con Irak (conocido en Irán como “la guerra impuesta”), que duró de 1980 a 1988, a pesar de la superioridad armamentística de Bagdad).

Resulta difícil entender cómo Israel y Estados Unidos han imaginado un escenario tan elemental. Creían que bastaba con asesinar al Ayatola Jamenei y a varias figuras del establishment político y militar para que la población se levante automáticamente contra el régimen. Trump no dudó en evocar una salida a la venezolana en la que Washington decidiera con quien reemplazar a la cúpula descabezada para prevenir un caos peligroso, como el que provocaron tras la caída de Saddam Hussein en Irak. Tan inverosímil parecía, que algunos analistas afirmaron que el verdadero objetivo era bloquear la llegada de hidrocarburos a China, preocupación esencial del Pentágono y la Casa Blanca.

Varias autoridades políticas, incluyendo al ex encargado de la política exterior de la Unión Europea, Josep Borrell, aseguran que habría sido Netanyahu, con el primer bombardeo sobre el centro de Teherán, quien convenció a Trump para desencadenar la guerra el 28/02. Sus servicios de inteligencia le informaron de la reunión en la que se encontraban los objetivos a abatir, incluyendo el líder máximo chií, el Ayatola Alí Jamenei.

Para el primer ministro israelí el problema se sitúa, en realidad, en otra esfera. Israel es el único país del Medio Oriente que posee la bomba atómica, aunque nunca lo ha admitido públicamente, y está decidido a conservar su monopolio nuclear en la región. La presencia de otro Estado con alguna posibilidad de desarrollar este tipo de armamento constituye una obsesión. Irán, a pesar de las asimetrías armamentísticas, con 92 millones de habitantes y un arsenal de misiles de mediano alcance, le resulta inaceptable en el espacio geográfico que pretenden controlar. En el orden interno, esta guerra le permite recuperar el apoyo del electorado israelí ante la proximidad de las elecciones de noviembre próximo y los tres juicios por corrupción que ha logrado retrasar hasta ahora. Netanyahu no ha descartado la posibilidad de volver a presentarse a pesar de ser el político de mayor duración en el cargo (más de 18 años desde 1996, con alternancias). Las encuestas certifican que más del 85 % de los israelíes apoyan la guerra en Irán y en El Líbano, así como la que sostuvieron también en Gaza. De paso, como asegura Aluf Benn, jefe de redacción del diario progresista Ha’Aretz, la supervivencia política del Primer Ministro depende del apoyo en el parlamento (Knesset) de los ‘kahanistas’, herederos del supremacista Meir Kahane, líder del extremismo religioso judío que apuesta al Eretz Israel (el Gran Israel bíblico). Itamar Ben Gvir (Ministro de seguridad Nacional) y Bezalel Smotrich (Ministro de Finanzas) son las cabezas visibles de esta corriente ultra.

La crisis que se avecina

La pregunta es ¿cuánto pueden resistir Occidente, y sobre todo el Asia, de lejos la más afectada por el bloqueo del estrecho de Ormuz y la crisis de los carburantes? Estados Unidos, más allá de las bravuconadas arrogantes de Trump, estaría considerando seriamente dejar la guerra, anunciando haberla ganado. Al parecer, según el New York Times, ya existen presiones en este sentido de buena parte del Partido Republicano, inquieto por los efectos económicos de la guerra y la proximidad de las elecciones de mid term. A esto se agrega que los socios y amigos de Estados Unidos en el Golfo, empezando por Arabia Saudita, se muestran ya profundamente preocupados por la situación.

En Europa el panorama es complejo y alarmante. Las recientes declaraciones de la conservadora Ursula von der Leyen, quien se atrevió -mas allá de sus competencias como presidenta de la Comisión Europea-, a afirmar que el mundo ha cambiado así lo evidencian: “Europa no puede confiar en un sistema basado en reglas como la única forma de defender sus intereses (…) no podemos ser guardianes del viejo orden mundial (…) necesitamos encontrar nuevas formas de cooperar con nuestros socios” (El País. 09 de marzo de 2026)

Esta actitud se interpretó como una carta blanca a los Estados Unidos e Israel en esta guerra. Más allá del cisma y los debates abiertos que estas palabras suscitaron entre los 27 miembros de la UE, vale la pena evocar el contexto armamentista que precede este presente incierto.

El sociólogo español Rubén Juste de Arcos, aseguraba hace justo un año en la revista Contexto y Acción CTXT que el sector de defensa vive su mejor momento desde la II Guerra Mundial, gracias al apoyo de la Comisión Europea y al impulso franco-alemán que encuentra una tabla de salvación al declive de sus economías. Esto explica por qué, desde el inicio de la guerra de Ucrania, se aceptó el incremento exigido por Donald Trump en los presupuestos militares que deben alcanzar el 5% del PIB (con excepción de España, que no sobrepasará el 2%). En marzo 2025, Von der Leyen prometió la movilización de 800 mil millones de Euros; “estamos en una era de rearme y Europa está dispuesta a impulsar masivamente su gasto en Defensa”, dijo. El nuevo plan, “Rearmar Europa”, plantea romper reglas tradicionales de la Unión y, por ejemplo, congelar las reglas de déficit fiscal para autorizar el endeudamiento… si es para gasto militar o la compra mancomunada de material militar. Se trata así de evitar sobrecargar los precios de las adquisiciones y se acuerda efectuar préstamos por valor de 180 mil millones para las mismas. El objetivo “es la obtención de sistemas de defensa aérea y antimisiles, sistemas de artillería, misiles y municiones; drones y sistemas anti drones, pero también para abordar otras necesidades relativas al ciberespacio y la movilidad militar”. Ante esta espiral bélica cabe preguntarse ¿quién se beneficia de esta carrera?

Como es imposible abordar la política armamentista de los 27 países que integran la Unión Europea en este artículo, nos centraremos en la “locomotora europea”, Francia y Alemania.

El 2 de marzo el presidente francés Emanuel Macron anunció que su país aumentará su arsenal nuclear para hacer frente al nuevo contexto geopolítico “lleno de riesgos y amenazas”. Este giro fue presentado como una forma de “disuasión avanzada” y consiste en implicar al resto de aliados europeos para que se puedan beneficiar del paraguas nuclear francés. Cabe recordar que en marzo de 2025 el déficit público de Francia era el 6% de su PIB, mucho más alto que los máximos establecidos por la UE. Con el rearme europeo, Macron confía su futuro al desempeño de la industria gala en el sector del armamento. Tras cuatro años de guerra en Ucrania, su país se ha convertido en el segundo exportador de armas a nivel global, sólo por detrás de Estados Unidos. Cinco de sus empresas se encuentran entre las mayores del mundo (Thalés, Dassault, Naval Group, Safran y CEA).

Alemania también encuentra una salida económica en la guerra. Este país no ha levantado cabeza desde la crisis del COVID-19 y su dependencia del petróleo y gas rusos, ha originado un deterioro importante del nivel de vida alemán, con un porcentaje elevado de la población en situación de pobreza energética (8,2) por encima de Polonia (4,7) o Finlandia 2,6). La crisis de antiguos gigantes de la industria automotriz como Volkswagen, contrasta con el crecimiento de la industria en defensa alemana que ha vendido y sigue vendiendo regularmente armas a Israel. Así, la empresa Rheinmetall AG, especializada en maquinaria industrial y forja de acero, está en conversaciones para adquirir la fábrica de Volkswagen en Osnabrück para la construcción de tanques. A diferencia de las empresas francesas, las alemanas son de capital abierto, con fondos norteamericanos como sus principales accionistas. Esto puede explicar la obsecuencia del Primer Ministro alemán, el conservador Friederich Merz, ante el presidente norteamericano.

Sin duda, por vía directa o indirecta, las empresas norteamericanas han sido las grandes favorecidas en la guerra de Ucrania. En cifras del 2025, su posición en el mercado había crecido del 35 % al 43% del total de exportación de armas. Tras el inicio del ataque a Irán y la prolongación de este conflicto, el presidente Trump anunció que cuadruplicará su producción durante el año en curso.

Resulta evidente que no es el gasto militar lo que diferencia a Europa (sólo detrás de Estados Unidos), sino la autonomía respecto al suministro de bienes militares y la operatividad de los distintos ejércitos de los Estados miembros. Si ha resultado imposible hasta la fecha una unanimidad en la política exterior de la Unión, ¿cómo aspirar a un comando militar único en el caso que se acordara una defensa común?

Inconclusiones

Ante la incertidumbre que la guerra y el desconocimiento de su desenlace abren en la actualidad, resulta difícil imaginar por qué derroteros caminará la producción de armamento en el planeta. El miedo es un motor muy fuerte y la crisis petrolera puede afectar a Europa y Asia principalmente, aunque menos a las grandes empresas petroleras norteamericanas. El gran beneficiado es Rusia, a quien Estados Unidos levantó las sanciones para la venta de carburantes y podrá ampliar sus ingresos y reducir su déficit público. Obviamente también Estados Unidos que dependía sólo en un 8% del petróleo del Golfo en el 2025, porcentaje hoy día menor tras su intervención neocolonial en Venezuela, pero el encarecimiento de la gasolina y la consecuente inflación que sí afectará al bolsillo del elector norteamericano puede determinar un cambio en el equilibrio de fuerzas internas tras las elecciones de mid term. Esperemos que así sea para avizorar algo de luz en el firmamento.

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