Notas a «Los palos son así», de Daniel Sánchez Ortiz

En el periodismo deportivo peruano, la voz de Daniel Peredo (1969-2018) se convirtió en una suerte de retórica capaz de fundar una épica allí donde la realidad solo podía ofrecer derrotas. Los atributos de su oratoria no radicaban pues en el dato frívolo, sino en una modulación dramática que transformaba el transcurrir del partido en una suerte de relato heroico, entendiendo, acaso mejor que nadie, que en el fútbol como en la literatura, el lenguaje no refleja, sino refracta. Los palos son así (2025) de Daniel Sánchez Ortiz, segundo título de la colección Serie Abierta de La Balanza Taller Editorial, recoge esa misma inquietud formal, pero para radiografiar el lado oculto de aquellos sucesos, de donde se extrae el instante de esa otra historia colectiva de lo que pudo haber sido.
A su manera, este artefacto constituye un camino para transitar el fallo y la estadística como algo que forma parte de ‘eso’ que podemos llamar ‘poema’. El autor ensaya aquí la operación de examinar no ya el fútbol como tema sobre el cual poetizar, sino la mecánica del juego como el espacio donde interactúan diversos elementos que dotan a los textos de un carácter ‘poético’. Antes de pasar con eso, el conjunto se abre bajo una premisa central: «Un tiro al palo no se considera como remate a puerta de acuerdo con las estadísticas. Estas lo incluyen en el irrelevante recuento de tiros desviados. Porque, en realidad, en el fútbol el arco es otra cosa».
Es así como se hace presente la paradoja a la que Sánchez apela. El poste, en este caso, se configura como la manifestación física de un límite: el punto exacto donde la expectativa del gol choca con el afuera. Esta condición anuncia, en líneas generales, la estructura del libro: el palo actúa como el umbral donde la retórica del relator se ve interrumpida. Peredo ejecuta la narración sobre la inminencia del gol; Sánchez Ortiz, en cambio, corresponde esa imagen con el instante en que esa inminencia se torna hacia el silencio del dato: «se acerca / en 25 minutos Ramón», que transforma la interacción convencional del relator-comentarista en un diálogo incompleto. Esta condición del desvío y la expectativa frustrada también influirá en la experiencia misma del espectador, para quien el acontecimiento moldea, a su vez, el imaginario del grupo: «ésta / en el arco peruano / entra» o «el travesaño ha salvado a Perú».
Es precisamente en esta parte donde toman cuerpo las ideas de Lakoff y Johnson sobre las metáforas que forman parte de la vida cotidiana, donde es posible pensar al relato deportivo como un tipo de registro que puede moldear eso que podríamos denominar ‘identidad colectiva’. Si, por ejemplo, la sociedad estadounidense edifica sus nociones de mundo sobre lo bélico o lo financiero, el imaginario nacional halla en el fútbol una caja de resonancia donde van alternándose traumas y victorias. Los episodios que este libro enmarca no solo ponen de manifiesto ese vínculo entre lenguaje y sociedad, sino que, además, se inscriben en uno de los momentos más trascendentales a nivel de impacto de lo que podríamos denominar nuestra historia cultural reciente: el retorno a la Copa del Mundo de la selección peruana tras treinta y seis años de ausencia.
Para entender ese carácter grandilocuente que se le da a esta ‘hazaña’, resulta útil la perspectiva benjaminiana desde donde la locución deportiva, en su condición de discurso de masas, desborda su función informativa o de entretenimiento para adquirir un valor añadido o ‘de culto’ que articula y moviliza el imaginario social. Ante esto, lo que hace Sánchez Ortiz es aislar ese instante de suspensión colectiva, despojándolo de sus elementos constitutivos: la estridencia de la tribuna, el nombre de quien narra, el resultado de los partidos, el lugar y la fecha, acompañando más bien el registro oral con los fotogramas que congelan segundo a segundo cada uno de estos momentos del relato. Está claro que el interés del autor no reside en representar aquí una historia del triunfo o la derrota, ni en agotar la anécdota del episodio, sino se busca identificar esa gramática simbólica que activa ese ‘espacio-umbral’ del palo como elemento formal que irrumpe en la lógica del juego.
Al respecto, vale detenerse en los procedimientos formales que aparecen desplegados en la obra: la transcripción y el desmontaje de la narración. Al omitir los elementos referenciales mencionados atrás, Sánchez ejecuta una operación en donde toma las transmisiones grabadas de Peredo y las somete a una rigurosa distribución y disposición espacial que altera su recepción original. Lo que en la televisión funcionaba como un flujo de información en tiempo real, ligado a la velocidad del juego y vinculado a la oralidad, en la página esto se reorganiza y se muestra como una estructura sintáctica fijada en la operan otro tipo de reglas.
En la reorganización del texto, la propuesta del autor también resulta destacable. Lo que en un principio simula una distribución cercana al verso libre es, en realidad, la apropiación de la retórica y las convenciones de otro discurso. Al omitir cualquier mención explícita de referencia, la publicación despoja a estas expresiones del lugar en que se desenvuelven originalmente y las desplaza en su sentido, convirtiendo el partido de fútbol en un ejercicio poético-documental. Las anáforas y las estructuras rítmicas de la locución ya no funcionan en la página como las marcas de estilo de un individuo, sino como una lengua común que se actualiza y se ejecuta en el acto de lectura. Esta disposición espacial no renuncia, por tanto, a fijar un momento específico; por el contrario, muestra el instante exacto del impacto contra el poste. Al hacerlo, instala en el centro de su propuesta —en la tensión misma entre imagen y palabra— la paradoja material de aquello que rodea a lo que pudo haber sido.
Los palos son así trasciende ese momento colectivo, para instaurarse en otro espacio que no es más el del partido de fútbol, sino la exploración de los límites en que el palo adquiere un carácter de vacío, de ahí que el juego tipográfico en la página muestre el blanco como esa superficie en la que se suspenden o fijan las palabras, homologando de algún modo ese instante de suspenso. En un tiempo en el que todo debe ser medible y traducible al resultado, este artefacto nos empuja a mirar por fuera del dato estadístico para pensar en esa interrupción —la suspensión de todo desenlace— donde verdaderamente se configura nuestra experiencia.
Los palos son así (Lima, 2025) de Daniel Sánchez Ortiz. Colección Serie Abierta. La Balanza Taller Editorial.
