Bienvenidos al pasado: el giro a la derecha en Colombia

Una diferencia menor al 1% del total de votos válidos depositados en las urnas permitió a Abelardo de la Espriella (ADLE), abogado penalista y exitoso empresario, ganar la elección presidencial en Colombia el pasado 21 de junio, derrotando al candidato del Pacto Histórico Iván Cepeda. Así, Colombia se sumó a los países que han elegido gobernantes de extrema derecha en el último lustro, confirmando el sesgo ultraconservador que se propaga a nivel mundial y, en particular, en América Latina.
La escasa diferencia de votos entre los candidatos revela la polarización política que vive el país, signo de la incapacidad de los colombianos para reconocerse como sociedad diversa y llegar a acuerdos que les permitan sobrevivir como comunidad política. Esta polarización, en un país signado durante décadas por la violencia, no parece tener pronta solución. Por el contrario, el triunfo de ADLE parece haberla profundizado, como sugiere el debate sobre decisiones recientes del presidente electo en asuntos como la elección de sus ministros, la eventual toma de posesión del cargo en una guarnición militar y las amenazas contra quienes no comparten su proyecto político, entre otros.
La alta votación por ADLE evidencia dos contornos de la política colombiana, no exclusivos del país, pero que parecen afianzarse en años recientes. De un lado, el rechazo a los partidos en el poder, independientemente de su color político. Ocurrió en cierto modo con el triunfo de Gustavo Petro y se repitió con el resultado de las elecciones del 21 de junio. Esto ha abierto la puerta a outsiders como De la Espriella, quien rechazó de plano el apoyo de los partidos, así muchos dirigentes políticos lo hayan respaldado. Del otro, la disposición de un segmento importante de la ciudadanía a aceptar gobiernos autoritarios si ofrecen soluciones a sus problemas. El ciudadano raso espera que la democracia muestre resultados. Cuando ello no ocurre la desconfianza en las instituciones democráticas crece, al mismo ritmo que la disposición a aceptar regímenes autocráticos.
Varios factores concurrieron en el triunfo de ADLE. Cuatro de ellos tuvieron gran influencia: el contexto internacional, el papel del gobierno Petro, los errores de Cepeda y los énfasis de la propuesta de ADLE.
El auge de las derechas
El triunfo de ADLE encaja perfectamente en la tendencia global de dominio de liderazgos con sesgo populista y posturas anti establecimiento que ha venido copando el escenario político mundial. América Latina no ha sido la excepción. Hoy, los gobiernos de izquierda en Brasil, México y Uruguay son más la excepción que la regla.
No es una derecha homogénea, sino llena de matices. Sin embargo, comparten por lo menos cuatro rasgos, fácilmente identificables: la implantación de un neoliberalismo radical que privilegia el mercado como principal —y casi único— asignador de recursos; la batalla cultural contra la inmigración, las llamadas ideologías de género y la reivindicación de la diversidad social; la estigmatización de todo lo que huela a socialismo o comunismo; por último, un autoritarismo extremo, alimentado por narrativas punitivas en aras del orden y la seguridad. Se perfilan así las que algunos han llamado las democracias ‘iliberales’, en las que los procedimientos formales se respetan, pero los derechos humanos y las libertades son relegados a un plano marginal.
De la Espriella comparte las apuestas de la derecha global, especialmente de los sectores más radicales, lo que explica el apoyo que, por ejemplo, Donald Trump y Santiago Abascal, líder de la extrema derecha española, brindaron a su campaña electoral.
El factor Petro
El gobierno de Gustavo Petro tuvo que ver con el triunfo de ADLE. Petro propuso una ruta de cambio que muchos colombianos anhelaban de tiempo atrás, que no habían podido concretar debido al fuerte control del Estado y de la sociedad por parte las élites que gobernaron el país desde mediados del siglo XIX. Petro recogió las banderas de los sectores inconformes, remozadas durante las movilizaciones sociales del 2019 y el 2021, a las que sumó las principales propuestas de una izquierda que había ganado sintonía en varios sectores del país. Se concretó así un ‘giro a favor del cambio’ en apuestas como la democracia multicolor, las reformas sociales, la transición energética justa y la paz total, todas ellas enfocadas en convertir a Colombia en ‘potencia mundial de la vida’.
El mandato de Petro mostró logros que no pueden ser desconocidos: amplió el espectro de voces en la deliberación pública, convirtió las demandas de los excluidos en elemento capital de la nueva agenda pública, redujo significativamente los niveles de pobreza y, en menor proporción, de desigualdad social; coronó algunas reformas, como la tributaria, la laboral y la pensional, avanzó en la entrega de tierras a campesinos y planteó líneas novedosas en política internacional.
Sin embargo, las grandes promesas de cambio no pudieron concretarse, no solo por errores en el manejo de las relaciones políticas por parte del Presidente, sino también por la férrea oposición de los partidos de derecha a las reformas del gobierno. Al final, el balance de resultados de la gestión no es el mejor: reformas aplazadas, desequilibrio fiscal, crisis del sector salud, poco avance en la ruta de la transición energética justa, incremento de los cultivos de coca y de la minería ilegal, y, sobre todo, la percepción ciudadana de altos niveles de inseguridad, asociados al relativo fracaso de la política de paz total.
Hay que señalar también que el estilo de gestión del Presidente le hizo poco favor a su gobierno. Petro prefirió la confrontación al acuerdo político, la alta movilidad de funcionarios a la estabilidad del equipo de gobierno, la movilización popular a la negociación política, el lenguaje agresivo a la conciliación. El país conoció las luchas internas en el gobierno, los escándalos de corrupción, el cambio incesante de ministros y altos funcionarios, y la incorporación en posiciones claves del gobierno de personas cuyas hojas de vida no eran compatibles con la apuesta de cambio.
Un importante segmento de la población, cansada de estas maneras y de seguir esperando soluciones a sus problemas, perdió la confianza en el gobierno e inclinó sus preferencias por quien propuso un vuelco radical en el manejo del país.
Cepeda: los errores de campaña
Cepeda es un político honesto, con una excelente trayectoria como parlamentario, líder de debates claves en favor de la paz, de las víctimas del conflicto armado y de los Derechos Humanos, así como promotor de uno de los juicios más sonados en el país contra el ex presidente Álvaro Uribe Vélez. Sin duda era un buen candidato para recoger las banderas del Pacto Histórico y proyectar el gobierno de izquierda en el siguiente cuatrienio.
Sin embargo, él y su equipo cometieron errores de campaña, tanto de fondo como de forma, que le costaron la derrota. Cepeda se declaró heredero del petrismo y, en consecuencia, debió asumir los costos de ese legado, con toda la carga negativa que el gobierno dejó en la opinión pública, a pesar de sus logros y aciertos. Planteó línea de continuidad con las reformas de la administración saliente —lo cual es perfectamente válido—, pero no supo desligarse de la figura del presidente, plantear críticas a los errores cometidos ni soluciones innovadoras más allá de la declaración de continuidad. Utilizó un discurso ortodoxo, apegado a los cánones de la izquierda, sin lograr precisar contenidos que calaran hondo en los electores. Cepeda estuvo muy comprometido con la apuesta por la paz total, lo que, al final, se convirtió en un boomerang para su campaña, dadas los magros resultados de dicha política.
También hubo fallas de forma. Cepeda llenó las plazas públicas en sus giras de campaña, pero su figura poco carismática le impidió atraer nuevos votantes. Llevaba escritos sus discursos, lo que restó espontaneidad a sus intervenciones y cercanía con la gente. No aceptó debates con los demás candidatos y, aunque manifestó voluntad para debatir con ADLE en la segunda ronda, ello nunca ocurrió. El manejo de redes sociales y la llegada a ciertos públicos que sumaran votos fueron pobres al comienzo de la campaña. Luego de los resultados de la primera vuelta, esa falla fue parcialmente corregida mediante un uso más pertinente de las redes. Ello le permitió ganar adeptos en los días previos a la elección.
Cepeda logró una votación récord para la izquierda, pero no consiguió las adhesiones necesarias para triunfar, amén de que varios sectores de la clase media urbana y del centro político, que en el pasado pudieron ser afectos la izquierda, optaron por votar a ADLE, más como un voto contra Petro que como preferencia por el candidato de la derecha.
ADLE: la ‘patria milagro’
ADLE aprovechó el descontento de una parte de la sociedad, así como los errores de la campaña del Pacto Histórico. Trasladó un mensaje centrado en la recuperación del orden y la seguridad, creó el movimiento «Defensores de la Patria» y movió lemas como “Patria, orden y libertad’, ‘Sin miedo y sin amarras’, ‘Firmeza y prosperidad’, ‘Recuperar el rumbo’, todos ellos enfocados en la construcción de la que llamó la ‘patria milagro’.
Ubicado en las antípodas del gobierno del cambio, ADLE centró sus propuestas en cuatro frentes estratégicos: i) la implementación de una política de seguridad estricta, de mano dura, intolerante con la delincuencia y la criminalidad, con fuerte respaldo a la fuerza pública y la construcción de cárceles de máxima seguridad (modelo Bukele); ii) el apoyo al sector privado y a la inversión extranjera, mediante políticas de desregulación, reducción de impuestos y otros incentivos fiscales; iii) el fortalecimiento de la alianza con los Estados Unidos y de las relaciones con Israel, así como la ruptura de relaciones con países como Cuba y Nicaragua; iv) una reducción del tamaño del Estado mediante la fusión y la supresión de entidades públicas, la reducción del gasto público y la disminución de la burocracia.
Estas propuestas, especialmente la primera, calaron fuerte en parte del electorado que quería regresar a la ‘normalidad’, supuestamente interrumpida por Petro. Pero, la aceptación de ADLE también se debió a su forma de hacer política. Actuó como un showman, como hombre de acción capaz de tomar decisiones, fuertemente religioso (a pesar de haber sido en el pasado ateo confeso), directo y polémico en sus conceptos y conectado con los territorios, especialmente aquellos golpeados por la delincuencia. Invirtió grandes sumas de dinero en redes sociales y llegó a segmentos que tradicionalmente eran indiferentes a la política.
Las encuestas previeron, luego del resultado de la primera vuelta, un triunfo holgado de ADLE, lo que no ocurrió. La denuncia del pasado oscuro del candidato y de su doble nacionalidad, así como el relanzamiento de la campaña de Cepeda para la segunda vuelta, acortaron la distancia, pero no lo suficiente como para que este último llegara al Palacio de Nariño.
Bienvenidos al pasado
‘Bienvenidos al futuro’. Con esa frase César Gaviria cerró su discurso de posesión como presidente de Colombia, el 7 de agosto de 1990. Treinta y seis años después, la posesión de ADLE como primer mandatario significará un regreso al pasado. Se iniciará una oscura noche, muy parecida a la que vivió Colombia en 2002, cuando asumió el cargo Álvaro Uribe Vélez, pero más sombría aún, si se tienen en cuenta los anuncios hechos por De la Espriella y sus ministros. Volverá el discurso religioso más tradicional a la cúpula del Estado y, probablemente, las conquistas sociales de los últimos años serán fuertemente atacadas.
ADLE ha logrado el apoyo inicial de los partidos del bloque de derecha (Centro Democrático, Cambio Radical, Partido de la Unidad Nacional, Partido Conservador, Salvación Nacional y partidos cristianos). Son apoyos circunstanciales que pueden romperse en cualquier momento. ADLE no la tendrá fácil, no sólo por la fragilidad de esos apoyos, sino porque habrá una oposición de la izquierda y de algunos partidos de centro que intentarán frenar la arremetida de la nueva derecha y su intento de perpetuarse en el poder. Además, los sectores sociales que apoyaron a Cepeda saldrán en defensa de sus conquistas y se movilizarán para impedir que ADLE arrase con los avances del actual gobierno. La tensión social y política será el ambiente en el que Colombia vivirá en los próximos cuatro años.
