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Internacional

Poder, megalomanía y la geopolítica del fútbol

Poder, megalomanía y la geopolítica del fútbol
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«Hoy, me siento catarí. Hoy, me siento árabe. Hoy, me siento africano. Hoy, me siento… gay. Hoy, me siento discapacitado». Esas fueron las primeras palabras de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, el 19 de noviembre de 2022, en Doha, Qatar, frente a un nutrido grupo de periodistas en la conferencia de prensa previa a la inauguración de la Copa del Mundo que se disputó en ese país. El suizo arrancó así su defensa cerrada del derecho de los cataríes de organizar el evento deportivo más popular (y lucrativo) del mundo, ante las justificadas críticas de diversos actores de la sociedad civil, y de algunas federaciones de fútbol, por las obscenas violaciones de derechos humanos que Qatar había cometido en la organización del certamen, y por la postura de dicho gobierno frente a temas como el derecho a existir de la comunidad LGTBIQ+.

Han pasado casi cuatro años desde aquella bochornosa aparición. Cuatro años en los que solo se ha confirmado el descenso al delirio y la megalomanía patológica de un personaje que parece reunir varias características de los políticos que hoy gobiernan algunos de los países más poderosos del mundo, despreciando la verdad y la democracia. Porque para entender lo que está pasando hoy en el mundo del fútbol, debe quedar claro algo muy importante: Gianni Infantino es un político, la FIFA es una organización política y el deporte más popular del mundo es la arena —o la excusa, o el medio— ideal para hacer política.

El ascenso de Infantino

El abogado nacido en Suiza se encuentra relacionado al mundo del fútbol oficialmente desde el 2000, cuando comenzó a trabajar en temas legales en la UEFA, el órgano rector de dicho deporte en Europa. Desde entonces, su ascenso ha sido meteórico: fue secretario general de esa organización entre 2009 y 2016, año en el que se convirtió en presidente de la FIFA, en el Congreso Extraordinario convocado tras la renuncia de su antecesor, Sepp Blatter, en el 2015, por las acusaciones de corrupción a 14 directivos de la organización en el marco del FIFA Gate.

Infantino, en principio, tomó las riendas de la organización con un objetivo claro: limpiar su imagen frente al mundo, volverla más transparente, integrando a todas las federaciones y democratizando el deporte a nivel mundial. Eso, por supuesto, no sucedió del todo, y podría decirse, en realidad, que pasó todo lo contrario. El todavía presidente de la FIFA ha construido redes de poder en las más altas esferas, codeándose con algunos de los presidentes más poderosos y polémicos —Vladimir Putin, Donald Trump, entre otros— y abrazando el petróleo del golfo Pérsico. Ahí, en Qatar, se llevó a cabo el Mundial del 2022, tras el certamen organizado por Rusia y antes del de Estados Unidos, México y Canadá.

Infantino se ha esforzado en cultivar públicamente relaciones personales con estos políticos por un motivo muy claro: entendió que la FIFA es una organización política y que, sin el apoyo de los políticos, su margen de maniobra es demasiado estrecho. De hecho, su relación con Trump es particularmente relevante dado que fue la Fiscalía de los Estados Unidos la que acusó a los directivos de la FIFA en el 2015, por lo que la adjudicación del país norteamericano como anfitrión del mundial en el 2026 podría interpretarse como una suerte de agradecimiento por haberle permitido escalar al lugar que ocupa actualmente. Esta es una versión que circula hace años en los medios que investigan los casos de corrupción de la FIFA y que parece confirmarse con cada paso que han dado Infantino y sus aliados.

Fríamente calculado

En este contexto, uno de los grandes beneficiarios del retorno al poder de Trump en el 2024 fue, por supuesto, Infantino. Consciente de la naturaleza ególatra del presidente de los Estados Unidos, el suizo siempre ha estado ahí para recordarle lo brillante que es. En diciembre del 2025, a Gianni no le pareció suficiente que María Corina Machado le ‘donara’ al norteamericano su Premio Nobel de la Paz —tras sendas pataletas públicas—, por lo que decidió inventar un premio llamado Premio de la Paz de la FIFA que tenía, evidentemente, nombre propio.

No se trataba meramente de un gesto político: Infantino ha demostrado, a lo largo de su mandato en la FIFA, que cada movimiento tiene un propósito, que cada premio, cada suma de dinero, cada decisión tienen una consecuencia; y que, en la medida de lo posible, al final del día sea él quien salga beneficiado. Es por eso que, aparte de lisonjear constantemente a Trump y demás, también ha sabido ganarse el cariño de miembros asociados a la FIFA con promesas sencillas: vota por mí y ampliaré los cupos al mundial, con lo que ganarás más dinero y notoriedad. Una vieja fórmula que no falla: plata por votos.

Consciente de que el dinero es un recurso finito, Infantino entendió que debía asegurarse el petróleo del Golfo Pérsico. Entabló entonces una relación bastante cercana con el jeque Hamad bin Khalifa bin Ahmed Al-Thani, presidente de la Asociación de Fútbol de Qatar y ministro de Deportes y Juventud, a quien recompensó con el Mundial del 2022. También se aseguró de mantener el flujo activo con la adjudicación de la organización del Mundial del 2034 a Arabia Saudita, a pesar de la oposición de otras federaciones de la Confederación Asiática de Fútbol y de la Confederación de Fútbol de Oceanía, ya que eran las únicas dos asociaciones que podían organizar el torneo dada la política de rotación de la FIFA.

Mundial 2026: el descenso a la locura

Por todo lo explicado anteriormente, el Mundial 2026 podría haber sido el punto de quiebre definitivo en la carrera de Infantino: su llegada a la cima, lo que le permitiría ejercer un poder casi total en la FIFA e incluso más allá. El Mundial de Clubes Estados Unidos 2025 fue su laboratorio de ensayo: Trump entregó el trofeo a los campeones, y se le vio feliz, cada vez más cómodo con la presencia adulatoria del suizo, y enganchado con un deporte del que ha confesado y demostrado no entender casi nada.

Si bien el Mundial 2026 se jugó también en Canadá y México, el anfitrión central fue siempre Estados Unidos. El dinero está ahí, en el país que monetiza cada segundo de transmisión —de ahí ese invento llamado ‘pausa de hidratación’, que solo servía para generar tres minutos más de valiosa publicidad televisiva— la FIFA de Infantino. La organización no consideró relevante que el país organizador estuviera en guerra con uno de los participantes —Irán, cuyos jugadores tenían que abandonar el territorio estadounidense ni bien terminaban los partidos—; o que las ridículas políticas migratorias impidieran, entre otras cosas, que el mejor árbitro de África —el somalí Omar Artan—, no recibiera una visa para trabajar en el certamen. «Las políticas de cada país no dependen de la FIFA», espetó, casi indignado, Infantino.

Finalmente, y como sucedió también en Qatar y en Rusia, los goles y la emoción del evento deportivo más importante del mundo terminaron desplazando a las polémicas. Los reporteros destacados en el continente norteamericano, finalmente se volcaron a cubrir historias emotivas como la clasificación a segunda ronda de Cabo Verde, el desempeño de Curazao, o sorpresas deportivas como la eliminación de Alemania a manos de Paraguay. Todo lo negativo parecía quedar en el pasado… hasta que Gianni y Donald volvieron a hacer de las suyas.

En el partido de dieciseisavos de final entre Estados Unidos y Bosnia Herzegovina, el árbitro brasileño Raphael Klaus expulsó al goleador local Folarin Balogun, tras un pisotón a un rival. La roja fue quizás algo rigurosa, pero la decisión se ajustaba al reglamento. Aun así, los norteamericanos clasificaron a octavos, donde enfrentarían a Bélgica sin su delantero estrella, algo con lo que no estuvo de acuerdo Donald Trump, lo que no sería relevante si no viviéramos en la absurda realidad que han construido quienes ostentan el poder actualmente.

Tras las protestas de Trump —que admitió haber contactado a la FIFA para que revisen la decisión de Klaus—, la Comisión Disciplinaria de la FIFA suspendió la medida y permitió que Balogun jugara contra Bélgica. A pesar de que los locales fueron goleados, el presidente de los Estados Unidos demostró el poder que ejercía sobre su gran aliado, Gianni Infantino, quien insistió —para sorpresa de nadie—, que la decisión de la Comisión fue absolutamente independiente y que ni él ni Trump tuvieron nada que ver. El premio de la paz no había sido gratuito, ni tampoco las varias apariciones zalameras del suizo junto a uno de los hombres más poderosos del mundo.

El perdón a Balogun podría haber sido la gota que rebalsara el vaso, pero todavía faltaba un paso más, el del sinceramiento total de las intenciones de la FIFA, el del descenso final y definitivo a la locura de Gianni Infantino. Semanas después de la final de la Copa del Mundo, que, mal que bien, fue sumamente exitosa, el suizo intentó dar la estocada final. El periodista Martyn Ziegler, jefe de la sección de Deportes de The Times, de Inglaterra, accedió a información a la que ni los asesores más cercanos a Infantino habían accedido: la FIFA tenía la intención de vender el 20% de los derechos comerciales del Mundial a inversores privados.

Más allá de lo inédito y peligroso de intentar privatizar el torneo, lo que terminó de encender las alarmas —y de confirmar que la relación entre Estados Unidos e Infantino es absolutamente estrecha—, es que una de las empresas asociada al proyecto era Thrive Capital, propiedad de Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, el yerno de Trump. La otra era el banco JP Morgan, el más grande del país norteamericano. La participación de estas compañías hubiera permitido, según la FIFA, otorgar 20 millones de dólares a cada federación. Nuevamente, la vieja fórmula: dinero a cambio de apoyo.

Sin embargo, la respuesta de la mayoría de confederaciones fue negativa. La primera en reaccionar fue la UEFA, que amenazó con boicotear el próximo torneo de establecerse este nuevo modelo. Sin países europeos, no hay mundial posible. Se sumaron, luego, la Confederación Asiática de Fútbol —liderada por el bahreiní Salman bin Ibrahim Al-Jalifa— y la CONCACAF, con lo que el proyecto era insostenible, aún con el apoyo de la Confederación Africana de Fútbol (CAF) y la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol), interesadas en recibir el dinero prometido.

El último manotazo de ahogado de Infantino, según ha reportado The Times, fue ofrecer la final del Mundial 2030 a Marruecos, en principio para seguir contando con el apoyo de la CAF, algo que ha negado la FIFA. En el último comunicado de la organización, en el que retiró oficialmente la propuesta que se filtró días atrás, aceptó sus errores y reiteró su apoyo a Infantino, pero lanzó una amenaza: «la FIFA ya no tolerará ningún ataque contra su integridad, su buena gobernanza y el debido proceso, y tomará todas las medidas necesarias para proteger y salvaguardar su nombre y su reputación».

Lo cierto es que Infantino podría tener los días contados. Su principal error no ha sido necesariamente politizar la FIFA; finalmente, el fútbol y la política siempre han tenido una relación estrecha. El gran problema de su gobierno ha sido su forma de relacionarse con los poderosos, desde Trump hasta Putin, pasando por los jeques del golfo Pérsico, pervirtiendo algunos de los principios más básicos del deporte, que el mundo ama. Su adulación, tan grotesca como pública, a personajes acusados de todo tipo de crímenes, así como su ambición lo han terminado colocando al borde de la cornisa.

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