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Cultura

Cuando la historia cambió

Cuando la historia cambió
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Carlo Ginzburg falleció el 17 de junio de este año en Bolonia, Italia, a los 87 años. No fue simplemente un historiador importante porque, parafraseando a Paul Veyne cuando se refirió a Michel Foucault, revolucionó la manera como se escribe la Historia.1 Su muerte, sin duda, hizo rememorar una etapa fundamental en la historiografía contemporánea que transformó el estudio de la cultura popular y las voces marginales.

Debe tenerse cuidado con esta última afirmación. Cuando Ginzburg, junto a Edoardo Grendi y Giovanni Levi, entre otros, definían los contornos de lo que sería conocido como microhistoria, término que no le agradaba, no eran los únicos preocupados por los “de abajo”, ese amplio espacio social que difícilmente aparecía en la producción histórica, porque su propia condición social hacía que no registraran su experiencia en las fuentes que normalmente usan los historiadores. Por ejemplo, los historiadores marxistas ingleses, al menos desde los años 20 del siglo pasado, definieron sus respectivas obras dando cabida a las clases populares, para insertarlas como protagonistas de los grandes procesos sociales y políticos.

Vinculados al Partido Comunista de Gran Bretaña, Eric Hobsbawm, Christopher Hill, Rodney Hilton, entre otros, consolidaron un núcleo de historiadores marxistas que combinaron militancia política con investigación académica, rescatando las experiencias de los sectores subalternos. En 1956, tras la invasión soviética a Hungría, muchos abandonaron el PCGB, pero mantuvieron la tradición marxista crítica en los ámbitos académicos, entre ellos E. P. Thompson, cuyo The Making of the English Working Class,2 sería una referencia central sobre cómo construir una historia de los sectores dominados. Luego, en 1976, Raphael Samuel impulsaría el History Workshop, desde el cual, junto a Sheila Rowbotham, Robin Blackburn, Anna Davin, Jerry White y Alun Howkins, entre los más visibles, construirían un nuevo y más amplio sentido de lo ‘popular’.

Pero, el giro de Ginzburg fue, visto a la distancia, cualitativamente mayor. Su problema no radicó en cómo cambiar de sujeto en la reconstrucción histórica, ni cómo insertar el protagonista popular en estructuras narrativas preconcebidas. Fue más allá: cómo diseñar un artefacto metodológico que permitiera rescatar la experiencia de los subalternos, que casi nunca dejan huella directa en los archivos.

Su método indiciario, inspirado no en evidencias, tal como las concebían los cánones de la investigación histórica, sino en rastros y huellas mínimas desde las cuales se podían reconstruir contextos históricos, nace precisamente de esa tensión: los perseguidos, los campesinos, los herejes, las brujas, los marginados no escribieron tratados ni dejaron memorias, pero sí aparecen en los rastros mínimos que otros —jueces, inquisidores, notarios— registraron.

Como el mismo Ginzburg señalaría,3 se debía poner en consideración la noción de prueba, porque “para muchos historiadores… está pasada de moda; así como la verdad, a la cual está ligada por un vínculo (y por lo tanto no necesario) muy fuerte”. No debería restársele importancia, afirmaba, porque estas nociones -prueba y verdad- eran partes constitutivas del oficio del historiador. Aunque, “ello no implica obviamente, que fenómenos inexistentes o documentos falsificados sean históricamente poco relevantes”.

El gran pánico de 1789, materia del extraordinario estudio de Georges Lefebvre,4 lo propone como ejemplo, para argumentar que la inexistencia de los grupos de bandidos hace más significativo, por ser más profundo y revelador, el terror de los campesinos franceses en el verano de ese año. Y es aquí —cuando un hecho histórico no corresponde necesariamente a elementos tangibles, sino que está regido por otros órdenes de cosas, llámense fantasías, imaginación, inconsciente, etc.—, cuando Ginzburg nos remite a Marc Bloch.

Siempre que pudo dijo que su vida intelectual y la elaboración de su método histórico, fueron marcadas por tres figuras: Erich Auerbach, Aby Warburg y Marc Bloch. Auerbach 5 le aportó la noción de figura y la lectura filológica como vía para conectar hechos históricos con sentidos trascendentes. La figura le permite delimitar un espacio civilizatorio donde lo histórico y lo mítico se entrelazan. Así, veremos cómo retoma esta idea en Historia Nocturna para mostrar cómo los relatos de brujería y las visiones nocturnas son huellas históricas que se cargan de significados míticos en un amplísimo espacio civilizatorio.

De otro lado, el concepto de Nachleben der Antike (la supervivencia de las formas antiguas) de Aby Warburg 6 le sirvió para rastrear la persistencia de símbolos y gestos arcaicos en culturas posteriores. El sabbat, las metamorfosis animales o los vuelos nocturnos, son rastros de tradiciones arcaicas que reaparecen en la Europa medieval y moderna; y Ginzburg lee esas supervivencias como un archivo cultural compartido, que conecta lo local con una constelación más amplia. Sin duda, fue Marc Bloch el de mayor impacto en su obra. Sobre ello, un paréntesis. Por unos días, Ginzburg no pudo atestiguar un hecho trascendente. El 23 de junio de 2026, seis días después del deceso de Ginzburg, los restos simbólicos de Marc Bloch fueron trasladados al Panteón de París, en un homenaje nacional presidido por Emmanuel Macron. Aunque la familia se opuso a mover sus restos reales, se depositaron objetos simbólicos en un cenotafio, junto al de su esposa Simonne Bloch, como reconocimiento a su legado intelectual y su sacrificio en la Resistencia. Retomemos el argumento. En noviembre de 2014, Ginzburg fue invitado por la Escuela de Historia de la Nacional y Autónoma Universidad de San Carlos de Guatemala, a dar la conferencia inaugural de la Cátedra Marc Bloch. Allí manifestó que su deuda intelectual respecto a Bloch, había comenzado cuando era un simple estudiante, en los años 50 del siglo pasado, especialmente con la lectura de Los reyes taumaturgos. 7

En efecto, los comentarios de Ginzburg a la obra de Bloch parecen abarcar prácticamente todos los trabajos que publicó, pero tuvo especial predilección por Los reyes taumaturgos, dejando expuestas las razones cuando hace el Prefacio de la edición en italiano, en 1973.8 Allí señalaba como las falsas narraciones habían sido capaces de movilizar multitudes, preguntándose —como lo hizo Bloch en su momento— ¿cómo nacen? ¿de qué elementos obtienen su sustancia? ¿cómo se propagan y ganan amplitud a medida que pasan de boca en boca o de escrito en escrito?

En 1924, año de publicación de Los reyes taumaturgos, Bloch había encontrado esa historia ‘más profunda’, la que podría resolver las dudas sobre el grado de certidumbre de la investigación histórica. Puntualizaba, “… cuidémonos de imitar a estos doctores mal advertidos: antes de investigar cómo curaban los reyes, no dejemos de preguntarnos si curaban realmente.” En efecto, los ‘príncipes médicos’ no eran impostores, jamás le devolvieron a nadie la salud. El verdadero problema será, dijo Bloch, “comprender cómo, puesto que no curaban, se pudo llegar a creer en su poder taumatúrgico”. Aún más, “nadie habría pensado en proclamar el milagro si de antemano no se estuviese habituado a esperar de los reyes precisamente milagros”. 9

Footnotes

  1. Paul Veyne (1984): Cómo se escribe la historia. Foucault revoluciona la historia. Madrid: Alianza Editorial. ↩

  2. E. P. Thompson (1963): The Making of the English Working Class. London: Victor Gollancz Ltd. ↩

  3. Carlo Ginzburg (1993): El juez y el historiador. Consideraciones al margen del proceso Sofri. Madrid: Anaya y Mario Muchnik. ↩

  4. Goerges Lefebvre (1986): El gran pánico de 1789. Barcelona: Paidós. ↩

  5. Erich Auerbach (1998): Figura. Madrid: Mínima Trotta. ↩

  6. Aby Warburg (2005): El renacimiento del paganismo. Madrid: Alianza Editorial. ↩

  7. Carlo Ginzburg: “Revelaciones involuntarias. Leer la historia a contrapelo”. En Carlo Ginzburg (2016): Cinco reflexiones sobre Marc Bloch. Bogotá: Ediciones desde abajo. ↩

  8. Carlo Ginzburg: “Prólogo a la edición italiana de Los reyes taumaturgos”. En Carlo Ginzburg (2016): op. cit. Bogotá: Ediciones desde abajo. ↩

  9. Marc Bloch (1988): Los reyes taumaturgos. México D.F.: FCE. ↩

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