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Crisis y resistencia del periodismo en el Perú

Crisis y resistencia del periodismo en el Perú

En tiempo de elecciones la prensa peruana muestra el fustán. Este proceso electoral no fue la excepción. La prensa tradicional omitió varias preguntas urgentes a la entonces candidata Keiko Fujimori, por ejemplo, sobre su responsabilidad en el gobierno parlamentario que ejerce desde el 2018. Fue responsable de las denuncias inventadas y el terruqueo del candidato Alfonso López-Chau Nava, en la primera vuelta y alentó el cargamontón de titulares contra el candidato Roberto Sánchez durante la segunda para restarle votos, sembrando el miedo con Antauro Humala.

No se trata de una percepción. En su informe final sobre la segunda vuelta electoral en el país, la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea señaló claramente el sesgo negativo de la prensa privada contra Roberto Sánchez y Juntos por el Perú, mientras que la cobertura sobre Keiko Fujimori y Fuerza Popular fue neutral o positiva. Esta observación es una señal más de la persistencia de vínculos clientelares entre poder político-económico y los medios tradicionales. Todo esto en medio de una crisis de confianza en los medios tradicionales, que ha hecho que las audiencias viren su atención a medios alternativos en internet y redes sociales, aunque no siempre en estos espacios la información cuente con la intermediación de un periodista.

Vamos por partes. La crisis del periodismo no sólo es estructural, también es económica. El gremio enfrenta una precarización continua de su trabajo, a lo que hay que sumar la creciente hostilidad hacia el periodismo independiente y un vacío informativo que los medios alternativos intentan llenar sin resolver el problema de fondo.

Clientelismo mediático y su impacto en la opinión pública

Atrás quedaron las torres de billetes que Vladimiro Montesinos, asesor del dictador Alberto Fujimori, entregaba a los broadcaster en la salita del SIN, para torcer su línea editorial. Hoy esas líneas editoriales se articulan con las posiciones conservadoras en lo político y económico de los nuevos dueños de los medios tradicionales, sus agendas empresariales y sus estrategias para limpiarse de investigaciones fiscales. Erasmo Wong, dueño de Willax, y Jimmy Pflücker, dueño de Panamericana, están investigados por lavado de activos. Las coberturas amables con el poder de turno, la pérdida de la función fiscalizadora, la homogeneización del discurso en portadas y editoriales, e incluso la poca seriedad en algunos de sus contenidos, cercanos frecuentemente a la desinformación, se explican por sus intereses.

Un reciente estudio impulsado por la Fundación Gabo y liderado en Perú por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, revela que 52% de los ingresos de los medios de comunicación en el país provienen de contenidos patrocinados o publirreportajes y 33% de creación de contenidos para sus clientes. Sólo el 16 % proviene de la pauta publicitaria estatal. ¿Cómo influye este tipo de financiamiento en la línea editorial de los medios? Es riesgoso especular, pero guardar silencio ante temas incómodos, reducir equipos de investigación, tener un elenco estable de analistas de una misma línea política —como vemos en Correo, Canal N, América, RPP, Expreso, y otros— puede dar pistas para ensayar una respuesta.

Los medios de comunicación también forman sentidos en la ciudadanía; allí está el mayor peligro. Enmarcan las noticias e impregnan un sesgo en su línea editorial, influyendo en la opinión pública. Terruquear a manifestantes de una protesta, por ejemplo, además de ligereza, es una práctica de intolerancia y tergiversación. La repetición de ese discurso, con el antecedente histórico que nos precede, provoca en la audiencia una deshumanización selectiva de los movilizados, aumentando la estigmatización de un sector y reduciendo su empatía ante hechos trágicos, como las masacres en el sur. Estas narrativas alimentan discursos antidemocráticos, que en el contexto que vivimos, ahondan las múltiples grietas que tenemos como país.

Los noticieros matutinos de la televisión hegemónica, presentan generalmente hechos sin contexto, repitiendo imágenes como shorts de redes sociales. Recuerdo en un noticiero de Latina la escena de un conductor de moto y su acompañante cayendo en un forado cubierto por agua en lo que sólo parecía un simple charco; en la narración se indicaba el lugar del hecho, y se hacía un relato del video en bucle, pero no se hablaba de la responsabilidad del gobierno local ni la seguridad de sus administrados, tampoco se mencionaba si las personas salieron heridas, ni qué tipo de atención médica tuvieron. La banalidad absoluta como hecho noticioso.

Ya no hay portadas de la prensa chicha de los 90, con mujeres semidesnudas en poses sugerentes junto a las fotos gore y sin blur de noticias policiales e insultos a los opositores para afectar su capital político, para sustraernos de la realidad o trasladarnos a una paralela. Ahora tenemos noticias que rozan con el meme, portadas lambisconas, destacados o titulares cargados de prejuicios en portada —como aquel «Radicales politizan la fiesta de la Virgen de la Candelaria» de 2024, de Perú21—, junto a un desarrollo maniqueo de la información. No sé si por esto se paga o si es apenas una muestra de la deformación total de la profesión.

Persecución y precarización

Durante su primer mensaje a la Nación, Keiko Fujimori, señaló que ratificaba su compromiso con las libertades de expresión y prensa, cuando dos días antes los periodistas fueron impedidos de ingresar en el hemiciclo durante la elección de la primera Mesa Directiva de un Senado con un alto número de parlamentarios de Fuerza Popular. Cómo hablar de libertad de prensa, cuando semanas atrás el Congreso aprobó un informe que recomendaba denunciar al periodista Gustavo Gorriti por los presuntos delitos de cohecho, tráfico de influencias y obstrucción a la justicia por la cobertura de IDL sobre el caso Odebrecht, con una mayoría de votos favorables provenientes del partido naranja.

En el último informe de Reporteros Sin Fronteras, en la evaluación de libertad de prensa, Perú cayó del puesto 130 (2025) al 144 entre 180 países. Este deterioro, descrito en el reporte, incluye el aumento del uso de fuerza policial contra los reporteros durante las protestas, el hostigamiento contra periodistas independientes, la difícil aplicación de la Ley de Transparencia y Acceso a la Información por la debilidad institucional, así como el posible efecto inhibitorio sobre el periodismo independiente que puede tener la reforma de la Ley de la Agencia Peruana de Cooperación Internacional.

Los casos de Gorriti, Clara Elvira Ospina y Rosa María Palacios, son una muestra del hostigamiento a varios periodistas por realizar su trabajo u opinar. Durante el último año y medio hemos visto persecución judicial, campañas de desprestigio, ciber acoso organizado e incluso el lanzamiento de bolsas de caca contra ellos. Sin embargo, la peor parte se la llevan los periodistas regionales. En el 2025 fueron asesinados cuatro por hacer su trabajo, sin que se hayan resuelto sus casos. Añádase la precarización de sus ingresos, un tema espinoso del que se habla poco.

La investigación Desiertos de Noticias Locales revela serios problemas en los ecosistemas informativos regionales: «35,2% de las 245 provincias estudiadas en el Perú son desiertos y 30,7% semidesiertos; es decir que, tres cuartas partes del territorio nacional tienen un ecosistema negativo y débil para la producción del contenido periodístico local, y existe una fuerte concentración de medios en la capital». Y este no es el dato más desolador del estudio: «Solo una minoría de medios incorpora a los periodistas en sus planillas con contratos indefinidos (113) o por tiempo determinado (183), que incluyen beneficios sociales y de salud. La mayoría reporta que la vinculación con los periodistas es de tipo independiente (535), seguida por modalidades de pago por pauta publicitaria (311) o por número de informaciones cubiertas (151)». El informe también menciona que existe una cantidad significativa que trabaja voluntariamente sin remuneración. El panorama para las mujeres y hombres de prensa es yermo. Además de lidiar con la imposición de la línea editorial —aunque muchos comparten los designios de sus medios, Augusto Thorndike o Diana Seminario, por ejemplo—, también enfrentan la persecución del poder y salarios de miseria.

Los medios alternativos

Con la pandemia hubo un auge de los medios digitales. Uno de los más exitosos ha sido La Encerrona, aunque su público es mayoritariamente capitalino. Algunos medios tradicionales, entendiendo el cambio de era y habituándose a las nuevas formas de consumo de las audiencias, han apostado por lo digital, como La República.

La mayoría de estos nuevos medios alternativos se concentra en Lima. No sólo se trata de la emisión de un programa en Youtube, sino que se han hecho apuestas mayores por fundar canales de streaming, como El Foco. En las regiones las apuestas por estos canales son casi nulas; la inversión se ha centrado en la creación de medios digitales, que usan redes sociales, como Facebook, para transmitir información multimodal (.pdf, videos, podcast, infografías, etc.). La radio sigue siendo uno de los medios más populares en las regiones, y el salto digital se ha dado al convertir sus cabinas en pequeños estudios, que también transmiten en redes sociales, ensayando un lenguaje híbrido que se va ajustando a la demanda de las audiencias.

El nuevo ecosistema mediático está en construcción. Con la nueva ley de cooperación, algunas iniciativas perdieron presupuesto para sus coberturas y están optando por el modelo de negocio de los influencer: crear comunidad, un sistema de membresías para sostener sus ingresos y la infraestructura que los mantiene en el aire.

Si bien estos nuevos medios constituyen una ventana de información alternativa para un público que ya perdió la fe en los medios tradicionales o simplemente tiene otras formas de consumo, también enfrentan precariedad económica, riesgo de polarización, falta de sostenibilidad a largo plazo y persecución. El informe anual de la Asociación Nacional de Periodistas del Perú documentó 458 ataques contra la libertad de prensa el año 2025, de los cuales 219 fueron al periodismo digital.

Tres ejes, un destino

Los tres ejes que describen la debacle y la resistencia del periodismo en el país, son manifestaciones de una misma crisis de intermediación entre poder y ciudadanía. Si bien los medios tradicionales están perdiendo audiencias y algunos están al borde de la quiebra, continúan estableciendo la agenda en el país, al menos así lo interpreta la clase política que se siente más cómoda con su tibia interpelación. El estudio Digital News Report 2025, del Instituto Reuters y la Universidad de Oxford, reporta que en el país «el consumo de fuentes tradicionales de noticias, como la televisión y la prensa escrita, sigue disminuyendo, mientras el uso de las redes sociales (64%) es alto en comparación con los estándares internacionales…y un 33% usa el tik tok para informarse». Con este diagnóstico, les queda muy poco tiempo de existencia, sino se transforman.

¿Cómo el periodismo ético y de rigor puede enfrentar este contexto desafiante? Para empezar, se necesitaría, por ejemplo, un marco legal laboral más robusto para el ejercicio de la profesión; mayor transparencia, control y descentralización en la pauta estatal y de los partidos. De parte de las audiencias, una mayor alfabetización mediática, conocer quiénes son los dueños de los medios y qué intereses expresa su línea informativa. También ayudaría que conozcan cómo identificar fuentes noticiosas confiables y pagar por ellas. Finalmente, de parte de los periodistas, sin ánimo de generalizar, una reflexión sobre cómo ejercen su profesión y si en realidad están conectando con la demanda democrática de sus audiencias.

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