Encuestitis

El último proceso electoral ha vuelto a poner en el centro de la discusión a las encuestas. En este artículo queremos analizar el papel que normalmente se les ha asignado a estas mediciones en nuestro país, no sólo durante las campañas electorales, sino también el mismo día de las elecciones. Empezaremos por este segundo punto, en la medida en que pueden incidir en la credibilidad del proceso y, por tanto, en algo central para una democracia: el traspaso ordenado del poder.
El 71,9 % de los peruanos 1 cree que las elecciones presidenciales no fueron limpias. Esto es una mala noticia para nuestra democracia. Innegablemente, en ello ha incidido la mala performance de las instituciones electorales, pero también las limitaciones de nuestro sistema.
El ganador es…
Es realmente desastroso observar cómo, una y otra vez, dependemos de lo que digan la boca de urna o el conteo rápido realizado por las encuestadoras para avizorar cuál será el resultado final de los comicios. ¿Es esto lo mejor para nuestra precaria institucionalidad? ¿Debemos resignarnos a no poder contar con un sistema que dé los resultados con prontitud, esto es, el mismo día de las elecciones? La respuesta es un categórico no.
No necesitamos compararnos con países del primer mundo para comprender que la forma en que se realiza el conteo el día de las elecciones en nuestro país debe ser diferente. El domingo 21 de junio de 2026, el mismo día en que se realizó la segunda vuelta en Colombia, la Registraduría Nacional de ese país comenzó a emitir boletines a las 6 de la tarde con los resultados de los comicios, continuando con la práctica que permite que los colombianos conozcan los resultados la misma noche de las elecciones. El día 24 de junio, el Consejo Nacional Electoral (CNE) confirmó los resultados de su conteo preliminar, señalando la victoria de Abelardo de la Espriella. La diferencia es obvia.
En Perú se sigue permitiendo la realización de encuestas a boca de urna, técnica que ha sido prohibida en otros países por su vulnerabilidad y escasa confiabilidad. Se pone en un segundo plano el hecho de que se trata de un muestreo no probabilístico y que, por tanto, la diferencia entre las opciones debe ser muy amplia para que se pueda hablar de un claro ganador. Las autoridades han dejado de lado cualquier reglamentación sobre la forma en que deben ser tratados los resultados obtenidos a través de esta técnica, en caso de un empate estadístico. Si ella no permite indicar quién gana, ¿cómo es que se puede publicar un ranking de resultados, con porcentajes exactos, y que los medios comiencen a analizarlos como indicadores ciertos de una tendencia? La razón es obvia: se trata de no romper la sensación de verdad absoluta de las cifras, dándoles a los medios —los contratantes—, y a las encuestadoras —las contratadas—, un rol que no les corresponde.
El conteo rápido se supone que debe dar más certezas porque, en este caso, se trata de una muestra de actas. La necesidad de contar con entidades como Transparencia nació de la gran desconfianza generada por el gobierno de Alberto Fujimori, en las épocas del famoso “papelito manda”2. Veintiséis años después, seguimos necesitando estas mediciones. Y, lo que es peor, lejos de ayudar a aclarar las dudas, se convierten en parte de la controversia.
A estas alturas queda claro que a las encuestadoras no les corresponde decir quién gana o no un proceso electoral. Existe un escrutinio oficial, existen autoridades que deben resolver las impugnaciones y, en su momento, dar a conocer al ganador. Ni a ellas ni a los medios que las contratan se les debe permitir actuar con independencia cuando la autoridad electoral enfrenta una situación como la que se dio el día de la primera vuelta en nuestro país. No puede quedar a su libre juicio si publican o no datos. Lamentablemente, no se ha escuchado ninguna propuesta clara para modificar esta situación, por lo que seguiremos repitiéndola hasta el cansancio con la anuencia de autoridades que están lejos de querer asumir sus responsabilidades, no en el sentido de supervisar, sino en el de cumplir cabalmente con su misión o parte de ella: proporcionar elecciones confiables, lo que significa también dar cifras de forma oportuna.
¿Generadoras de tendencias?
El papel de las encuestas durante el proceso electoral, es decir, durante la campaña, no es menos importante que el del trabajo que realizan el día de las elecciones. La publicación continua de cifras, de la mano de los distintos medios de comunicación, inunda las conversaciones de esos meses y ayuda, teóricamente, a los electores que quieren votar por alguien con posibilidades de ganar —el llamado voto útil—, o a los indecisos a inclinarse por el ganador, sea quien fuere. Es importante distinguir entre la encuesta publicada y la que hacen los políticos para su consumo interno. En Perú, la mayor parte de las campañas están preocupadas por contratar encuestas que se publiquen. Más que preguntar por la metodología, se preocupan por saber dónde aparecerán los resultados. Ello como si tuvieran la certeza de que van a salir en un buen lugar y de que eso los llevará al triunfo.
La falta de preparación de nuestros políticos es tal, que siguen sin entender la importancia de las mediciones para desarrollar una estrategia, espacio en el que la pregunta sobre intención de voto está lejos de ser la más importante. Esto resulta aún más relevante en un país como el nuestro, donde existe una alta indiferencia hacia la política, baja credibilidad en las instituciones, alta movilidad de la intención de voto y poca formación política.
Un seguimiento de los resultados de las encuestas publicadas durante el pasado proceso electoral debería ayudarnos a entender cuál fue la estrategia que usó cada uno de los candidatos, por lo menos la de quienes quedaron en los primeros lugares. Mediciones adecuadas nos permiten identificar hitos, motivaciones y tendencias, pero también aquello a lo que apeló cada candidato. Lo que vemos, si hacemos este ejercicio, son líneas más parecidas a las de un sismógrafo que a tendencias, incluso en los trackings que se dieron a conocer de manera extraoficial3.
Lo que tuvimos fueron candidatos que administraron ocurrencias antes que crear agenda. Así, aparecieron estrellas fugaces o líderes de las encuestas que, pese a mantenerse durante meses en esa posición, no lograron atraer más votantes. Keiko Fujimori pasó a segunda vuelta con apenas 2 876 678 votos y Roberto Sánchez lo hizo con 2 015 416; vale decir, con cifras que antes de la pandemia habrían sido irrisorias y que, además, resultan más que modestas si se comparan con los más de 27 millones de peruanos hábiles para votar. Keiko Fujimori no pudo convertirse en el clásico ejemplo del voto al ganador, ni sus oponentes lograron anticipar un escenario de segunda vuelta. La razón, para muchos, fue la falta de recursos; sin embargo, considerando el reducido número de votos necesario para pasar a segunda vuelta, deberíamos entender que faltó capacidad para comprender el escenario político.
Siguiendo la lógica de los medios, antes que la del análisis, las encuestas fueron usadas para observar subidas y bajadas inexistentes o microscópicas, dado el margen de error. Volvemos a toparnos con la necesidad de asignarles a los resultados de los sondeos un carácter definitivo o predictivo del que carecen. Nos olvidamos que las muestras requieren ser más grandes y dispersas o que se necesita conocer el nivel de solidez de algunas respuestas. Lo que parece importar es la predicción y no la comprensión del momento y la situación.
Lo que resulta un poco más discutible es si las encuestas publicadas pueden llevar a que se desechen algunas opciones o que se tomen en cuenta otras. Como todo lo que entra al debate público, los sondeos de opinión tienen un impacto en la ciudadanía y en el llamado círculo rojo de los países, más aún cuando no se les asigna el papel que realmente tienen. Sin embargo, debe reconocerse que la experiencia ha demostrado que los candidatos deben estar en capacidad de aprovechar sus cinco minutos de gloria o de generar eventos que los pongan en el centro de la atención pública.
Debemos dejar de ver a las encuestas como creadoras de realidades o como profecías autocumplidas, para verlas en su debida dimensión, ésto es como formas de acceder al conocimiento de la opinión pública, algo que se viene dejando de lado ante la falta de investigaciones más profundas. A estas alturas queda claro que la forma en que se presentan los datos de las encuestas debe mejorar, no tanto en cuanto a prohibir su difusión, sino en relación a cómo se presenta la información obtenida. Aunque ello nos lleva a mirar más a los medios. Pero ¿quién le pone el cascabel al gato?
Footnotes
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De acuerdo con la encuesta realizada por Imasen en julio de este año. ↩
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La frase “papelito manda” la decía José Portillo Campbell, quien se desempeñó como el primer jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) entre 1995 y 2000, durante el gobierno de Alberto Fujimori. ↩
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El tracking poll es una técnica que permite medir el impacto de las acciones de una campaña en el rush final. No está diseñado para predecir la intención de voto. ↩
