El 18 Brumario de Keiko Fujimori
Hacia una crítica de la repetición histórica

La tradición de todas las generaciones muertas gravita como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos. Karl Marx.
“Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Cuando se invoca este adagio, el énfasis suele recaer sobre la importancia del conocimiento histórico. Porque conocer la historia nos permite evitar caer en los mismos errores. De hecho, el adagio se remonta al filósofo español-estadounidense George Santayana, quien advirtió que “quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. La frase, una vez más, funciona como una crítica del olvido, y no sin razón.
En Perú, el problema de la memoria se asocia con el brutal legado de la dictadura de Alberto Fujimori. Sin embargo, dicho énfasis en la memoria, por más importante que sea, tiende a dejar de lado un aspecto crucial del adagio en cuestión; a saber: la posibilidad de la repetición histórica. ¿Puede repetirse la historia? ¿Y qué significado tendría tal repetición? Si la victoria electoral de Keiko Fujimori parece un déjà vu para quienes recuerdan la dictadura de los años noventa, ¿qué implicaría criticar este acontecimiento en términos de una repetición histórica?
I
En su Filosofía de la Historia, Hegel sostiene que, a veces, la historia se repite. Hegel toma como ejemplo el asesinato de César. Tras cruzar el Rubicón, César dio un golpe de Estado, se convirtió en dictador vitalicio y, como tal, puso en cuestión el orden republicano. Para impedir el surgimiento de un imperio, Bruto y Casio asesinaron a César. Sin embargo, esta segunda ‘subversión del Estado’ no pudo evitar aquel desarrollo histórico. Por el contrario, el magnicidio desató una guerra civil que culminaría con la toma de poder de Augusto como emperador de Roma.
Hegel entiende que, con la primera subversión de César, el ocaso de la república se anunciaba ya en el horizonte y la repetición histórica no hizo sino consumar dicha tendencia. Así pues, Hegel (1970, 380) nos recuerda que “Napoleón cayó dos veces, y dos veces se desterró a los Borbones. A través de la repetición, lo que al comienzo aparecía como tan solo fortuito y posible se convierte en algo efectivamente real y confirmado”.
Ahora bien, si la repetición confirma una tendencia histórica, ¿qué tendencia manifiesta el retorno de Fujimori? El padre fue elegido democráticamente, dio un golpe de Estado, cambió la Constitución, capturó las instituciones, institucionalizó la corrupción e instauró un régimen de terror apelando a la amenaza del terrorismo. La hija ha copado el aparato estatal, ha dado varios golpes parlamentarios, ha cambiado la Constitución y, en un contexto de inseguridad ciudadana, ha sido elegida democráticamente.
Según Hegel (1970, 32), la confirmación de una tendencia histórica posee un elemento racional, pero ello se debe a que su filosofía concibe a la historia como el “progreso de la conciencia de la libertad”. En Perú, lo que pareciera vislumbrarse no es el progreso, sino una fatídica regresión a la dictadura de los noventa. ¿Será ésta la consecuencia del retorno de Fujimori?
II
En El 18 Brumario de Louis Bonaparte, Karl Marx analiza el fracaso de la revolución francesa de 1848. Irónicamente, el texto se inaugura con una crítica de la repetición: “En algún lugar, Hegel observa que todos los grandes hechos y personas de la historia mundial acontecen, por así decirlo, dos veces. Se le olvidó agregar: la primera como gran tragedia, la segunda como farsa lumpen”. (Marx 2007, 9)
Tragedia y farsa son las dos categorías con las que Marx cuestionará el optimismo histórico de Hegel. Para Marx, la repetición no confirma una tendencia racional, sino que conlleva, más bien, a la farsa. Si el ascenso de Napoleón fue la tragedia de la revolución de 1789, el de Louis Bonaparte es la farsa de la revolución de 1848. ¿Cabe decir lo mismo sobre la repetición del Fujimorato bajo la figura de Keiko?
A diferencia de la farsa, la tragedia es un género teatral donde dos derechos se enfrentan implacablemente (cf. Brunkhorst 2007). Piénsese en la Antígona de Sófocles, donde Antígona quiere enterrar a su hermano Polinises. Mientras que ella representa el derecho de la familia, su tío Creón, quien prohíbe el entierro de Polinises por haberse sublevado contra Tebas, representa el derecho del Estado. La tragedia consiste en que ambos derechos están justificados, pero de manera parcial y contrapuesta.
Impulsada por la necesidad, Antígona desobedece a Creón, y éste se rehúsa a escuchar razones. Creón encarcela a Antígona y, cuando finalmente quiere retractarse, es demasiado tarde: Antígona se ha ahorcado. El hijo de Creón, novio de Antígona, también se quitará la vida, y la esposa de Creón, devastada por el suicidio de su hijo, seguirá su ejemplo. Por negar el derecho de la familia, Creón terminará por perder la suya. Así, la tragedia se consuma fatídicamente a través de la violencia.
Frente a la amenaza de grupos subversivos que emplearon el terror en nombre de una revolución comunista que reivindicaría al campesinado y a la historia, Fujimori recurrió al legado más brutal del jacobinismo, a saber: la Terreur. Lo trágico del Perú es que no hubo, aquí, ningún progreso. Todo lo contrario: El terrorismo revolucionario dio lugar al terrorismo de Estado — acepción originaria del término— y éste último no negó al anterior, sino que potenció el círculo vicioso de la violencia y la catástrofe.
Advertía Walter Benjamin (1974, 695) que “incluso los muertos no estarán a salvo del enemigo si éste vence. Y este enemigo no ha dejado de vencer”. Mientras los muertos, su sufrimiento y sus testimonios estén a salvo de la farsa fujimorista, bastaría recorrer el Lugar de la Memoria, Tolerancia e Inclusión Social para recordar —de la raíz latina cordis, de corazón—, aquella nuestra tragedia.
III
Si la tragedia consiste en que dos derechos se enfrentan de manera implacable, la farsa se caracteriza más bien por una ausencia de derecho. Louis Bonaparte es un farsante, cuyo ascenso al poder se debe no al mérito propio, sino al peso simbólico de su apellido. De este modo, la repetición constituye una farsa porque pretende escenificar la tragedia del pasado a través de una “comedia en el sentido más ordinario, (…) una mascarada donde los grandes disfraces, palabras y posiciones solo le sirven a la bajeza (Lumperei)más mezquina como máscara”. (MEW 8, 161)
Nótese que Marx caracteriza a la farsa como una “farsa lumpen”. Sin duda, el término alude al “lumpenproletariado”, esto es, a la masa social de mendigos, delincuentes, jornaleros e informales pobres que no están integrados al modo de producción industrial y carecen, por tanto, de conciencia de clase. El lumpenproletariado designa, pues, una “clase peligrosa” (Marx/Engels 2002, 231) que exhibe tendencias reaccionarias.
Para Marx, Louis Bonaparte es el “jefe del lumpenproletariado” (MEW 8, 161), quien logró apoderarse de la maquinaria estatal con la ayuda del ejército. Éste último representa, asimismo, la “flor de ciénaga del lumpenproletariado campesino” (MEW 8, 203), ya que sus bajos rangos provenían sobre todo de la población rural. De hecho, el campesinado apoyó en masse el golpe de Louis Bonaparte en las urnas. Así, el sufragio sirvió para legitimar el autoritarismo desde abajo, y la democracia representativa se trastocó en una farsa lumpen.
En cambio, el campesinado y la población andina en Perú votaron una vez más en masse contra la farsa de Fujimori, cuya victoria electoral se debió mayoritariamente a la alineación – y alienación – de la diáspora, las clases trabajadoras costeñas y la burguesía. Cabe resaltar, sin embargo, que la burguesía peruana es esencialmente una lumpenburguesía. En efecto, el término ‘lumpenburguesía’ designa a la clase capitalista de la periferia, cuya acumulación de riqueza se basa no en el desarrollo de las fuerzas productivas, sino en la superexplotación del trabajo que es característica de una economía primario-exportadora (cf. Frank 1972, Marini 1973).
Apropiándose de las palabras de Marx (2007, 127 s.), se diría que, evidentemente, la lumpenburguesía no tenía otra opción más que elegir a Fujimori. Despotismo o anarquía: la lumpenburguesía votó naturalmente por el despotismo. Como aquel cardenal que, denunciando la depravación ética de los sumos pontífices, sentenció que solamente el diablo en persona podría salvar a la Iglesia, así también la lumpenburguesía peruana clamó que solamente Keiko podía salvar a la sociedad burguesa—como si solamente la ladrona pudiera salvar a la propiedad, la traidora filial a la familia y el desorden al orden.
Lo cierto es que Fuerza Popular, el autoproclamado “partido del orden”, ha legislado en favor del crimen. Así, el orden se ha vuelto un significante vacío que no alberga sino su propia contradicción: el caos –el Kaos– y la anarquía, la ausencia de principios. Víctima de sus actos, el gobierno lumpen de Keiko heredará entonces, no sólo su propia crisis, sino también la crisis de larga duración que instituyó su padre. El fujimorismo se dará cuenta de que era más fácil reinar desde las sombras que gobernar como la cara pública de un Estado en ruinas, asolado por la corrupción sistémica y el desfalco fiscal, por la catástrofe climática y la ausencia de ley, por la inseguridad ciudadana, el descontento popular y una permanente crisis de legitimación.
Reapropiándose una vez más de Marx (MEW 8, 207), uno concluiría que, perseguida por exigencias contradictorias y, al mismo tiempo, como una prestidigitadora, obligada por la necesidad a mantener mediante sorpresas constantes los ojos del público fijos en ella como la sustituta de Alberto, obligada entonces a realizar cada día un golpe de Estado de miniatura, Keiko pone todo el sistema económico burgués en desorden, toca todo aquello que en la Constitución de 1993 parecía intocable, hace que unos sean pacientes con la Constitución, y que otros se pongan ansiosos por establecer una nueva Constitución, engendra la anarquía en nombre del orden, mientras que despoja a toda la máquina del Estado de su halo sagrado, la profana y la vuelve a la vez repugnante y ridícula. Repite el culto de la Santa Túnica de Jesús en el culto de la banda presidencial de Alberto. Pero cuando por fin la banda presidencial caiga sobre el hombro derecho de Keiko, la estatua férrea de Alberto se desplomará desde lo alto de la memoria colectiva del Perú. Tal es la naturaleza de la farsa que representará la repetición histórica del gobierno de Fujimori.
IV
A modo de conclusión, es preciso recordar que la tragedia era justamente trágica porque las acciones de sus personajes portaban, por así decirlo, el sello del destino y la necesidad. Un derecho se contraponía a otro, e incluso la mejor de las voluntades no era capaz de impedir el desenlace implacable del acto en cuestión. Si la tragedia es inevitable, entonces sólo queda la posibilidad de aprender de la experiencia y, sobre todo, de no olvidar.
La farsa, por el contrario, no posee necesidad alguna, de modo que tampoco hay nada que aprender de una farsante. Frente a la pregunta de qué hacer, sólo queda la tarea de desenmascarar a Keiko y de exponerla tal como lo que realmente es: una farsa lumpen. Acaso la máscara y su armatoste empiecen a desmoronarse por sí solos. Bastará entonces un esfuerzo decisivo de nuestros pueblos para dar inicio al largo y sinuoso camino de la reconstrucción peruana y, ojalá, de “nuestra América mestiza” (Martí 2019, 67), una reconstrucción cuya base y espíritu no sean “calco y copia”, sino “creación heroica” (Mariátegui 1928, 3).
Así pues, si la venganza es un plato que se come frío, y si Keiko ha esperado dos décadas para saborear finalmente el plato de la victoria electoral, es muy probable que, entregada a su crapulencia, no sepa reconocer a tiempo el sabor amargo de una victoria pírrica. La historia proclamará entonces: Fujimori cayó dos veces y, a través de la repetición, lo que parecía tan solo fortuito y posible se convirtió por fin en algo efectivamente real y confirmado. El 28 de Julio fue su 18 Brumario.
Bibliografía
Benjamin, W. (1974). Über den Begriff der Geschichte, en: Gesammelte Schriften I, 3, Suhrkamp.
Brunkhorst, H. (2007). Kommentar, en: K. Marx, Der achtzehnte Brumaire des Louis Bonaparte, Suhrkamp.
Frank, A. G. (1972). Lumpenbourgeoisie: Lumpendevelopment. Dependence, Class, and Politics in Latin America, Monthly Review Press.
Hegel, G. W. F. (1970). Vorlesungen über die Philosophie der Geschichte, Suhrkamp.
Mariátegui, J. C. (1928). Aniversario y balance, Amauta 17.
Marini, R. M. (1973). Dialéctica de la dependencia. Ediciones Era.
Martí, J. (2019). Nuestra América. Biblioteca del Congreso de la Nación.
Marx, K. (1960). Der achtzehnte Brumaire des Louis Bonaparte, in: Marx Engels Werke (MEW), Bd. 8, Dietz.
Marx, K. (2007), Der achtzehnte Brumaire des Louis Bonaparte, Suhrkamp.
Marx, K. & Engels, F. (2002). The Communist Manifesto (trans. Samuel Moore), Penguin Books.
