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El LUM: nombrar el tiempo vivido

El LUM: nombrar el tiempo vivido

A más de una década de su inauguración, el LUM es el testimonio de una doble memoria. Los materiales que forman la exposición permanente y los recurrentes pedidos para su disolución, presentes desde el inicio de las desganadas gestiones para materializarlo, en el segundo gobierno de Alan García. Dos memorias y dos períodos, desde 1980 hasta los primeros años de la década siguiente y entre el 2012, aproximadamente, hasta la actualidad. Son también dos temperamentos. Es una precisión necesaria para ordenar los razonamientos y sensibilidades en juego cada vez que se producen demandas para di-sol-ver el LUM.

¿Cómo nombrar lo vivido desde 1980?

No es una sorpresa, tampoco un defecto colectivo, que todavía nos cueste encontrar una fórmula que condense la colectividad nacional en la que devinimos en los últimos cincuenta años. Las expresiones más frecuentes del tipo ‘país de todas las sangres’ o ‘¿en qué momento se jodió el Perú?’, por mencionar las más frecuentes y emblemáticas, son bastante anteriores a este medio siglo que nos ocupa. Del torrente de novelas publicadas sobre ‘la guerra’, no recuerdo que haya una frase o episodio que haya calado de manera espontánea en las sensibilidades colectivas. A riesgo de quedar desfasado, considero que los mejores relatos escritos de la violencia de los años ochenta no son de novelistas (el cine es un registro aparte); son los libros, La guerra milenaria de Gustavo Gorriti —una investigación magnífica con un título que es una maldad literaria— y Muerte en el Pentagonito de Ricardo Uceda, son investigaciones periodísticas, lo más opuesto a ‘contar mentiras’. También está el género testimonial, de participantes y familiares, en espera de una síntesis y de un espacio de reunión para confrontar experiencias. El LUM, en mi opinión, es o era ideal para propiciar estos encuentros; una potencialidad muy poco cultivada hasta la fecha.

La triple derrota del gamonalismo

El Perú, a partir de 1980, ya no puede ser entendido de manera preferente a partir de la crítica del gamonalismo y sus variantes. Una cosa es afirmar y aceptar que somos parte de continuidades civilizatorias que se pueden medir por milenios, y otra, vivir el presente como una condena que viene del pasado, lo que en psicoanálisis se llama neurosis de destino, esa compulsión a repetir situaciones penosas. Destaco este aspecto porque fue un recurso para (mal)entender los años más violentos y sobre todo crueles de los años ochenta, el manido recurso a ‘las tradiciones autoritarias’ como señalando que las cosas no podían ser de otra manera.

Visto en perspectiva, el gamonalismo del siglo XX recibió tres derrotas que marcaron su ocaso definitivo: Primero fue la derrota social, el proceso de las migraciones internas del mundo rural al urbano, especialmente en la costa; luego la derrota institucional a través de la Reforma Agraria; finalmente la política, a través del voto universal en 1980.

La dinamita y el ánfora

A veces los cambios más importantes no vienen en forma estridente sino como una paulatina adopción de nuevas costumbres. Pero el acto estridente y el momento silencioso se entrecruzan en el mismo proceso electoral de 1980: la destrucción de las ánforas para las elecciones de ese año en Chuschi, Ayacucho. La promesa épica, de la salvación definitiva, frente a la creación de un nuevo hábito, pacífico y de realización periódica.

No eran unas elecciones cualquiera, era la primera vez que el Estado reconocía el voto universal y secreto , sin restricciones por el grado de instrucción como había sucedido en la constitución anterior y durante la República en general (hubo periodos sin restricción por el acceso a la escritura, pero no eran sufragios secretos). Curiosamente, mientras abundan las investigaciones históricas que detallan los antecedentes de la violencia, las hay mucho menos respecto a las raíces de la representación política democrática. El antecedente más inmediato de esas cruciales elecciones de 1980 fue el Paro Nacional de 1977, que marcó el inicio del fin de la sui generis dictadura militar. El paso siguiente fue la Constituyente de 1978 y luego las elecciones de 1980. La omisión de este proceso, que llevó a las elecciones de 1980, es una omisión significativa en la actual muestra del LUM. La dinamita no se entiende sin el ánfora, y menos aún las consecuencias corrosivas que tuvo el autogolpe de 1992 para nuestra cultura política.

Menos lejanía y más movimiento

¿Qué ha pasado con nuestra vida colectiva desde 1980 hasta ahora? ¿Qué nuevas costumbres, sensibilidades, maneras de pensar y de recordar hemos asimilado? En primer lugar, hay menos lejanía, ya no es tan fácil desentenderse de lo que pasa con los demás; los modos de servidumbre más clásicos, de hacienda, están en vías de extinción. Antes, la barbarie estaba ‘allá lejos’ y en consecuencia importaba poco. Ahora nos tenemos que ocupar de otras vilezas: la trata de personas. A diferencia de otras épocas, la desaparición de personas sí importa. Es un país considerablemente más dinámico que hace medio siglo. Vivimos en un movimiento incesante que tiene un lado muy agotador por la incertidumbre económica y una baja calidad de vida , pero también de retroceso de los privilegios y avances, aún inciertos, de los derechos. La vitalidad de los espacios de opinión pública, poco a poco, diluye el pesimismo cultural que anuncia alegremente que estamos en el peor de los mundos. Los portadores de los discursos más apocalípticos suelen tener condiciones de vida bien poco apocalípticas. Por el contrario, quienes llevan una existencia marcada por el apremio suelen asumir que siempre hay algo que se puede hacer.

La legalidad como demanda social

El dinamismo de la sociedad no tiene una contraparte en el Estado que, en gran medida, sigue ajeno al ritmo de la vida social. Un punto central para entender este desfase es la legalidad. Mi punto de vista es algo contra-intuitivo: la vida social cotidiana demanda una legalidad que el Estado no está en condiciones de generar en la medida adecuada. Cada vez hay más transacciones entre desconocidos donde los supuestos implícitos interpersonales para entenderse ya son insuficientes; también hay conflictos que requieren atención antes que supresión. Las transacciones y conflictos son inherentes a cualquier forma de vida social, pero las maneras de encararlos cambian con el paso del tiempo y con el modo de organización social. La llamada informalidad y la impunidad ante masacres son dos aspectos muy visibles de este rezago del Estado frente a las necesidades del día a día en que vivimos. Hay demandas éticas desde la sociedad ante las cuales el Estado muestra un significativo atraso.

Es difícil saber si hoy ha aumentado la corrupción o si hay una menor complacencia ante los manejos turbios de la cosa pública. No es una cuestión menor. El dato innovador en todo caso es la mayor demanda de legalidad que surge desde la propia vida social. Esto tiene varias implicancias. El orden más eficaz ya no procede del mandón o mandona, como sucedía en los tiempos clásicos del gamonalismo, ahora tenemos una creciente e insatisfecha demanda de legalidad. Puede ser que alguien en un cargo de dirección en el sector privado o público sienta que está en su chacra. Su problema es que los demás, hace tiempo dejaron la chacra en el olvido. Lentamente se abre paso una mayor recepción al mandato de la ley. Esto explica una figura reciente y lamentablemente frecuente en estos años, donde , por ejemplo, el Congreso se dedica a dar leyes a la medida de las necesidades personales de los legisladores. Es inaceptable, pero el dato que importa es que ya es necesario el revestimiento de la ley. Ser mandón o mandona ya no es suficiente. Menos todavía para gobernar un país.

Escritura y cultura de la legalidad

Aquí entra a tallar la cuestión de la educación. El respeto a la ley puede ser entendido como una virtud, pero la ley es una palabra escrita y sí hay una relación entre calidad de la educación y respeto de la legalidad. A la educación se la vincula con la adquisición de conocimientos de la cultura escrita. y ciertamente es una parte importante, si se piensa en el cultivo de posteriores habilidades profesionales. Las evaluaciones de PISA van en esa dirección. Tomar la palabra escrita en serio es también, y sobre todo, fundamental para una cultura de derechos y deberes ante la ley. Eso se aprende desde la escuela, desde la educación pública. No es algo que se pueda acotar en tal o cual asignatura del currículo escolar; es el respeto a la escritura misma, con sus letras y sus números. El Estado peruano tiene aún un largo camino por recorrer en el terreno de la educación, tanto en el cultivo de conocimientos como en el de la formación ciudadana.

Entender por cuenta propia

Acá es donde entra el LUM en escena, Mencionaba que se trata de un espacio con una doble memoria: la que se ve dentro y la que se ve de fuera. Al interior, quien lo visita encuentra una compleja instalación que testimonia los momentos más duros y crueles de los años ochenta. Sendero Luminoso y el MRTA, para efectos prácticos, han desaparecido en la actualidad pero no se ha borrado el rastro de dolor que dejaron, junto con acciones de represalia por parte de agentes del Estado.

En los inicios del proyecto, e incluso en la inauguración, hubo desconfianza sobre la pertinencia del LUM. Hay gente que actualmente denuncia al LUM como si se acabara de inaugurar. Sin embargo hay un factor muy importante que agregar: la legitimidad que el propio público le ha dado durante estos diez años, visitándolo regularmente. Si fuera un espacio sectario o propagandístico simplemente la gente no iría a verlo, hoy día sería un elefante blanco caído en el olvido. No es así, durante los fines de semana, especialmente, la asistencia es constante. Algo habrá ahí que conecta con las sensibilidades ciudadanas de la actualidad. Pasan los años y siguen las visitas, algunas porque quieren entender y recordar lo que vivieron, de cerca o de lejos, esos años de terror y arbitrariedad; otras, pertenecientes a generaciones posteriores a esos años que sólo han escuchado relatos de sus padres o lo que transmiten los medios de comunicación tradicionales. En ambos casos hay un piso común, reconocer que se está ante un momento muy doloroso de nuestra historia reciente y sobre todo, hacerse de una idea por cuenta propia. Cada quien, a solas o en grupo familiar, hace las sumas y restas.

Un olvido a la entrada

Un detalle sombrío para quien visite el LUM en estos días. Verá que la vigilancia del recinto está a cargo de personal pulcramente uniformado de una empresa que se llama Gurkas. Presuntamente en homenaje al batallón de infantería de élite integrado por nepalíes al servicio de Inglaterra que participó en la guerra de las Malvinas en 1982,un episodio contemporáneo a lo que luego la visitante encontrará en la muestra permanente. Como si se olvidara que el Perú estuvo resueltamente al lado de Argentina, en lo político y militar en esa ocasión. Dicho de otro modo, el visitante al LUM es recibido con una muestra de olvido. Es decir, ya desde la entrada a un recinto del Estado peruano aparece un testimonio de la contradicción entre memoria y olvido. Nunca más acertada la expresión ‘el diablo está en los detalles’.

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