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Errancia y memoria en “El más crudo invierno. Notas a un poema de Blanca Varela”

Errancia y memoria en “El más crudo invierno. Notas a un poema de Blanca Varela”

No voy a hacer un análisis sobre El más crudo invierno. Notas a un poema de Blanca Varela, plantear una hipótesis, ahondar en sus temas recurrentes, contarles sobre su estructura, señalar qué tensiones mantiene abiertas, etc. No voy a hablar sobre el grato asombro que me produjo descubrir, un día, que este libro era un libro de un poeta sobre un poema de una poeta. Voy a preferir, como Blanca Varela, «la desvergüenza y la desnudez»1 y decir que este es un libro que indaga sobre el cambio de estado del lenguaje, sobre el poema que es y no es al mismo tiempo, y que desarma y vacía la idea de que «no hay poema sin imagen». Pienso, también, que podría ser un ‘no libro’: una intervención al poema como generador de pensamiento, una idea no definitiva, una pregunta que oscila.

Si salieron ayer por la mañana,2 habrán notado que hacía un viento inusual. Muy poco se le atribuye al viento, muy poco se habla de él, a excepción de «Es el viento», canción de Nino Bravo. Quizá sea porque no es tan simbólico como el fuego, el agua o la tierra, que, además, se pueden ver y palpar. Lo que me gusta del viento es que nos damos cuenta de que «hace viento» porque percibimos que algo nos tienta, aunque no lo podamos ver. Como canta Nino Bravo: «Si no estoy junto a ti / Pero crees sentir / Que acarician tus manos (...) / Si tu escuchas mi voz / Mis palabras de amor / Y no estoy a tu lado / No te asustes mi amor / Te lo voy a explicar (...) / Es el viento que soy yo».

Un viento fuerte, por ejemplo, puede volver nuestro andar un poco inestable porque tiene dirección y velocidad. Pero que sea calmo o fuerte no interesa: el viento siempre tiene dirección, y es su dirección la que nos indica de dónde proviene, no hacia dónde va. Las aves usan el viento para ahorrar energía, planear mejor y viajar más rápido, aunque las tormentas fuertes a veces las desvían de sus rutas.

Y esto último es lo que consigue Mario Montalbetti con El más crudo invierno. Notas a un poema de Blanca Varela y lo que, antes de él, consiguió Blanca Varela con el poema «Mi cabeza», que da lugar a esta publicación. Es decir, Montalbetti no hace este libro para señalarnos el punto de llegada del poema de Varela. Lo que hace es indagar sobre su dirección. O, mejor dicho, nos coloca ante una tormenta fuerte: nos desvía de la llegada, porque la llegada no es lo importante aquí. Durante la lectura de El más crudo invierno, somos como aves que avanzan, junto con otras, en la misma dirección del viento, pero no llegamos al mismo destino. La tormenta fuerte como desvío. La travesía como el origen donde ocurren cosas, como señala el bello epígrafe de Paul Muldoon que abre el libro y dice que todo el viento ocurre ahí donde hay árboles. La dirección desconocida como errancia. Nótese que uso símiles para no verme tentada por el delirio interpretativo del que habla Varela en una cita recogida en el libro, en la que señala que ha dejado de usar «muchas metáforas» en su poesía, porque se ha dado cuenta de que ya no le interesa esa forma de expresión, sino que ahora prefiere «la desvergüenza y la desnudez». Es decir, prefiere ser literal.

Si el verso número 6 —«la no mía cabeza»— del poema de Varela, que ocupa la mayor parte de la discusión del libro, interrumpe el significado, no lo deja concluir, apoyándose en un arcaísmo agramatical en negativo, la indagación que hace Montalbetti también se resiste a «simbolizar» qué es esa «no mía cabeza» y las otras cabezas que aparecen en el poema en cuestión. La operación que hace Varela en este verso impide que lo interpretemos, generando una alteración en la estructura del lenguaje (una tormenta fuerte) que rompe reglas gramaticales y temporales, para que no sepamos hacia dónde va. Y lo hace con «el dedo de la nieve» de El falso teclado,3 el dedo que congela e imposibilita que le demos un significado exacto a lo que dice. Estamos frente a la Varela que nos enfrenta a la incertidumbre y a la errancia, y nos aparta del deseo de control absoluto sobre la verdad. ¿No es esto último lo que ha llevado a que se impongan formas únicas de pensamiento?

Por ejemplo, si digo «el tiempo es oro», quiero decir que el tiempo es valioso y no debería desperdiciarse. El sentido es exacto. Pero, si digo «el no mío tiempo es oro», estaría proponiendo una interrupción del sentido. ¿Qué sería ese «no mío tiempo»? No lo sabemos, porque he forzado arbitrariamente la frase para intentar hacerme entender.

En todo caso, podría tratarse de algo que no puedo demostrar mediante una respuesta correcta. Quizá el desinterés jerárquico de lo agramatical en mi ejemplo me permita tomar una dirección poco convencional en otro momento.

«Un poema es como arrugar papel», apunta Montalbetti casi al final del texto, para señalar que el poema de Varela cambia de estado en la última estrofa, cuando dice «mi cabeza en el más crudo invierno». Ocurre lo mismo con «mi cabeza», que es la primera de las tres cabezas que se despliegan en el poema. Lo que nos dice, concretamente, Montalbetti es que Varela enfría el poema con el uso de «el más crudo invierno». Y, cuando dice enfría, está siendo literal. Se está pegando a la letra y no a la imagen.

Me hice la siguiente pregunta: ¿Lo que cambia de estado sigue siendo lo mismo o es otro? En Poesía y errancia, Alicia Genovese, escribe:

«La errancia empuja hacia un lugar capaz de crear otros vínculos con el tiempo presente pero también con el pasado. La memoria que devuelve hacia el pasado también se depura en la capacidad de situar la evocación frente a los cambios de perspectiva del presente».

Si el poema cambia de estado físico, sigue siendo un poema, dice Montalbetti. Y ese cambio es posible gracias a la memoria. «Sin memoria no hay posibilidad de alterar el estado del lenguaje, de estrujarlo, doblarlo, romperlo», agrega. Pienso que la memoria es lo que nos hace hablarle a la realidad, a nuestro presente. Pienso en una memoria que no es definitiva, que va y viene, que no está “atrás” de manera lineal, sino que es porosa, sonora y fluctuante.

Ahora, en esta travesía, es importante acercarnos al libro como lectores-investigadores, que nos hagamos preguntas en lugar de correr durante la lectura con el objetivo de develar la verdad sobre el poema de Varela. Preguntar es tomar la iniciativa de hablarle a la realidad y a la memoria. ¿Qué quiso decir Blanca Varela en este poema? ¿Por qué usó una frase trillada como «el más crudo invierno» y un arcaísmo agramatical en negativo en un mismo poema? ¿Son estas decisiones, mecanismos empleados por la poeta o expresan un simple disgusto por lo figurado? Eso es, probablemente, lo que se preguntó Montalbetti, y el resultado es este hermoso y valioso texto, que hace lo contrario de lo que se espera de una publicación de este tipo.

Footnotes

  1. La expresión es de Blanca Varela y la cita completa aparece recogida en El más crudo invierno. Notas a un poema de Blanca Varela. Personaje Secundario, 2026. Allí, Montalbetti escribe: «Es tiempo de la desvergüenza y la desnudez; otra palabra para lo mismo es, repito, literalidad» (p. 15). ↩

  2. Me refiero al 31 de julio del 2026, un día antes de la presentación del libro en FIEBRE. Previamente, el SENAMHI había emitido una alerta por el incremento de vientos de hasta 40 km/h del 30 de julio al 1 de agosto. ↩

  3. Véase el poema «El falso teclado», de Blanca Varela, incluido en el libro del mismo título. ↩

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