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Sobre "La máquina de hacer poesía"

Sobre "La máquina de hacer poesía"
La Balanza Taller Editorial

A mi abuelito Gilo, en su taller.

Nos hemos acostumbrado a pensar la poesía como un rapto místico donde el vate es tocado por las musas en la absoluta soledad de su inspiración. Sin embargo, antes de eso, el poema es metal, tinta, barniz, aceite, papel, cola y el sudor del operario que pone su trabajo en el proceso de edición. Dicha dimensión material constituye eje de estudio en La máquina de hacer poesía. Imprenta, producción y reproducción de poesía en el Perú del siglo XX de Luis Alberto Castillo, quien con esta segunda edición nos recuerda que un arte alcanza su madurez cuando reflexiona sobre sus propios medios de producción. Así, mientras que con este libro la poesía peruana logra una autoconciencia reflexiva, con esta edición el autor alcanza una madurez personal, ya que tiene la ventaja de presentarse ampliada, prácticamente con el doble de páginas con respecto a la primera edición, además de una bibliografía cabalmente actualizada. Posee una estética muy material: uno siente que el tema estudiado se manifiesta en una forma que ha sido desbordada, con márgenes cortos, una diagramación que no da respiro y una carátula que invade la vista cual código de programación.

Siendo editor de libros y revistas, Castillo habla con el oficio de conocer la máquina por dentro y la autoridad del historiador de guerra que no necesita manuales para saber del olor de la pólvora. Su intención es estudiar “la relación orgánica que existe entre los medios de (re) producción del texto y el quehacer poético”, debido a que “la gran cantidad de condicionamientos que han impuesto históricamente a la escritura –tanto a nivel formal como socioeconómico– han sido principio y límite del desarrollo de una nueva sensibilidad con relación al lenguaje” (p. 21). Como se dice en filosofía, Castillo realiza un estudio de carácter pre-copernicano: reflexiona sobre lo fabricado siempre a través de su proceso mismo de elaboración, donde las máquinas producen no solo textos, sino también conciencias y sensibilidades.

Dividida en seis capítulos, La máquina de hacer poesía recorre los hitos tecnológicos de nuestra imprenta y su repercusión en la palabra escrita. Así, en las primeras tres secciones, asistimos a la relación íntima de una máquina “minúscula” en la familia González Prada–De Verneuil, a la contracara de la modernización peruana en las cárceles y cómo dan testimonio Trilce y otros libros, y de qué forma una Nebiolo funciona en el proyecto mariateguista como estrategia socialista con publicaciones y revistas de vanguardia. También, el libro de Castillo nos enseña, en los siguientes dos apartados, que la máquina puede hacer el amor tanto como la guerra, ya en una actitud preciosista como la de Sologuren y La Rama Florida, o ya en la iracunda intervención pública de los Hora Zero y su enjuiciamiento de la tradición poética. En el último capítulo, el autor muestra que, tras perderse la épica colectiva de la publicación desde los ochenta y noventa, la máquina puede estar con un pie en el momento menos político de nuestro siglo y con otro en el de mayor experimentación del lenguaje. El libro cierra con un epílogo de reconocimiento de omisiones, balance y recuento. Es un amplio camino la maquinización de la imprenta nacional en el último siglo y su vínculo con la creación poética: si la modernidad peruana estalló como una granada, con la segunda edición de su libro, Luis Alberto Castillo ha trazado el movimiento de las esquirlas.

Uno termina el ensayo con la sensación de haberse acercado de manera radicalmente nueva a los poetas que siempre había leído, que la materialidad de su palabra excede la misma forma gráfica y que su relación con los medios de reproducción no es fortuita pues estos exceden la mera herramienta de difusión para construir un espacio donde se juegan posicionamientos, sensibilidades e idearios. Llegamos, así, a la virtud más resaltable del libro: aborda un asunto ya manido pero desde una dimensión insospechada. Con una óptica inédita en los estudios, el ensayo reafirma su tesis de que un pensamiento o un arte, en este caso la poesía peruana del s. XX, no nace de una invención ex nihilo, sino que siempre es una creatio ex materia. Echa luces sobre lo que la obviedad invisibiliza: lo más inmediato de la creación poética, su materialidad, constituye su condición ineludible.

No obstante, el libro posee también puntos que deben discutirse. La distribución entre los capítulos es desigual, haciendo que, por ejemplo, el primer capítulo sobre González Prada palidezca con respecto a los que prosiguen. A pesar de trabajar con ripios, Castillo traza un bonito contrapunto a la imagen incendiaria y sibarita que tenemos de El Apóstol de la Muerte (p. ej., la sinestesia provocada por echar esencias de violeta en las hojas de impresión, p. 33). Es cierto que el retrato que realiza compensa el poco espacio dedicado; con todo, si se insiste en la distribución, aflora un asunto aporético en el ensayo, especialmente en el cuarto capítulo, que es el que da nombre al libro. De entrada, da la impresión de que la balanza está inclinada a favor del proyecto de Sologuren y que la mención del proyecto de Scorza sirviera apenas de antesala para ensalzar el trabajo artesanal de La Rama Florida. La crítica de Castillo está legítimamente documentada (el director de Populibros no se caracterizó precisamente por su rigurosidad como editor), aunque no es lo único que se podría resaltar al respecto. Manuel Scorza fue un equilibrista del mercado; entendiendo la publicidad de manera avanzada a su época, vio al libro como artefacto de difusión antes que de prolijidad. Si bien no buscó disrumpir los medios de reproducción, Populibros los intervino en un intento de reapropiación materialista. Las condiciones materiales del arte también son las pugnas dentro de los escenarios económicos que lo abarcan; por ello, es metodológicamente antitético con el leitmotiv de la investigación ver Populibros desde el ojo negativo del producto, a la par que se comprometió con leer las condiciones materiales en clave marxista (anunciada desde el epígrafe, p. 15, y reiterada ocasionalmente, v. g., pp. 39, 69, 113, etc.) Manuel Scorza fue pionero en la intervención de dichos medios, sus estrategias de marketing utilizaban las colecciones con un afán de cobrar rápido para poder invertir de nuevo el dinero para seguir ampliando la edición. En vez de la pulcritud monacal de un Sologuren, tuvo la estrategia de asaltar frontalmente el mercado a través de la serialización. A decir verdad, el juicio crítico de Castillo sobre el proyecto de Scorza no es incorrecto, pero sí injusto.

Es entendible que use a Populibros como un pivote que le permita explicar ampliamente la propuesta de Javier Sologuren; lo que, por demás, realiza con gran profundidad. Esta estrategia le permite contrastar, en el quinto capítulo, con la beligerancia de Hora Zero y su uso y reapropiación del mimeógrafo para que la difusión atice la confrontación al establishment literario. Este apartado, tal vez uno de los más logrados junto con el de Mariátegui y el de Sologuren, echa luces sobre un asunto nuevo en el movimiento setentero: entender la máquina de reproducción como un aparato de guerra que permite sitiar la ciudad librera (magnífica metáfora del libro, pp. 167-168). De otro lado, tal vez en este capítulo también hubo temas que excedieron la misma sección; nombrarlo como “La máquina de guerra” es sumamente aleccionador para el horizonte de estudio, pero los asuntos tratados de la segunda mitad del apartado escapan al título. Nuevamente, incluso solo pudiendo trabajar con hilachas en esta historia, los experimentos de César Toro Montalvo, Omar Aramayo u otros, bien pueden haber reclamado su propio espacio en el libro y no servir como apéndices de la maquinaria bélica horazeriana.

En suma, estas críticas al libro no deslegitiman su tesis in nuce, solo hacemos lo que todo lector ávido haría: exigirle más, para que lleve hasta las últimas consecuencias sus propios postulados de lectura de la poesía peruana. Esta será la labor de las investigaciones venideras o, acaso, de una tercera edición del libro; pues, con su estimulante investigación, Luis Alberto Castillo ha encontrado un nervio oculto que articulaba la producción literaria desde las sombras. Hizo con la historia de la poesía peruana lo que en estadística se llama una recta de regresión: ante una nube de hitos, revistas efímeras y publicaciones marginales que aparentaban flotar sin conexión en el caos del siglo XX, bosquejó las coordenadas que promedian y otorgan sentido a ese movimiento. El autor ve tras la página editada y, a contrario de los típicos estudios literarios que analizan la poesía como producto, se preocupa por cómo se constituye ese aire que disfrutamos entre los versos. De esta manera, abre la puerta para entender todo lo que en los últimos años se está viviendo en la edición nacional: propuestas artesanales, ferias alternativas, revistas sobre la edición y la materialidad, experimentos de la forma, etc. Su declarado “interés genealógico” (p. 272) tiene asidero, sienta las bases y allana el terreno para toda investigación que quiera tomar la posta. Sin duda, queda la tarea de ampliar y discutir lo que Luis Alberto Castillo inaugura con esta segunda edición de La máquina de hacer poesía.

La máquina de hacer poesía. Imprenta, producción y reproducción de poesía en el Perú del siglo XX. Luis Alberto Castillo. Lima, La Balanza Taller Editorial, 2° edición, 2025, 285 pp.

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