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In memoriam

Óscar Ugarteche: la igualdad como forma de vivir

Óscar Ugarteche: la igualdad como forma de vivir
Archivo Quehacer

Hay personas cuya trayectoria profesional puede resumirse en una disciplina. Se dice de ellas que fueron economistas, sociólogos, historiadores o juristas. Con Óscar Ugarteche ocurre exactamente lo contrario. Fue economista, sin duda, y uno de los más brillantes de su generación. Definirlo únicamente de esa manera sería reducir una vida que desbordó permanentemente las fronteras de cualquier especialidad. Óscar fue también un pensador latinoamericanista, un promotor de políticas públicas, un defensor de los derechos humanos, un activista por la igualdad y, sobre todo, un hombre convencido de que el conocimiento sólo tiene sentido cuando contribuye a transformar la sociedad.

En estos días, mientras llegan mensajes de despedida desde universidades, organismos internacionales, centros de investigación y organizaciones sociales de distintos países, resulta evidente que cada persona recuerda a un Óscar distinto. Algunos evocan al economista que renovó el estudio de la deuda externa; otros, al profesor generoso que siempre encontraba tiempo para discutir una nueva idea; muchos lo recuerdan como un luchador infatigable por los derechos civiles; otros, como el amigo cordial y el conversador brillante. Todas esas facetas respondían, en el fondo, a una misma preocupación: combatir las distintas formas de desigualdad y dominación que limitan la libertad de las personas y de los pueblos.

Su historia comenzó mucho antes de convertirse en un referente internacional, en el Colegio Carmelitas de San Antonio. Quienes compartieron aquellos años recuerdan a un estudiante de inteligencia precoz, lector insaciable y curiosidad inagotable. Mientras otros buscaban respuestas, Óscar parecía empeñado en formular nuevas preguntas. Esa curiosidad lo acompañó durante sus estudios universitarios, en su trabajo académico, en los organismos internacionales y en cada proyecto que emprendió durante más de cuatro décadas.

Desde joven comprendió que América Latina enfrentaba problemas que no podían explicarse únicamente desde las fronteras nacionales. La crisis de la deuda externa de los ochenta marcó profundamente a una generación de economistas. Óscar comprendió que el problema no era solamente cuánto debían los países, sino quién escribía las reglas del sistema financiero internacional y a quién benefician. Fue asesor en las negociaciones del Banco Central de Nicaragua sobre la deuda externa, a inicios de la revolución sandinista, y progresivamente llegó a un tema más ambicioso: la necesidad de construir una nueva Arquitectura Financiera Internacional.

Desde fines de los ochenta participó activamente en el Fondo de Deuda y Desarrollo, red que articuló centros, ONG, economistas críticos y revistas académicas. Desde DESCO tuvimos el privilegio de editar tres libros que contaron con su participación: Crisis y deuda andina, Crisis estructural y deuda e Inserción y deuda. Perú 1985-1990: un caso especial. Impulsó LATINDADD, que amplió el debate hacia el desarrollo, la justicia fiscal, el financiamiento internacional y los derechos económicos.

Óscar solía insistir en que el problema nunca había sido únicamente la deuda, sino la arquitectura financiera que la producía. Por eso defendió durante décadas la construcción de reglas internacionales más equilibradas, proponiendo un Código Financiero Internacional y un Tribunal Internacional de Deuda Soberana. Mucho antes de que los llamados fondos buitre adquirieran notoriedad, advertía sobre la ausencia de mecanismos multilaterales adecuados para resolver las crisis de deuda. No era solamente una preocupación académica. Era profundamente ética. Nunca concibió la economía como un ejercicio de neutralidad técnica ni como un conjunto de ecuaciones desligadas de la vida de las personas. Detrás de cada crisis financiera y de cada negociación de deuda, veía familias, trabajadores y países cuyas posibilidades de desarrollo quedaban condicionadas por decisiones tomadas, muchas veces, a miles de kilómetros de distancia. Tampoco aceptaba que las instituciones económicas fueran naturales o inmutables: eran construcciones humanas y, por tanto, podían ser transformadas.

Reducir a Óscar al economista internacional sería una injusticia. Su preocupación por la desigualdad también dirigió su mirada hacia Perú. En una de sus últimas entrevistas afirmó que «Perú es una sociedad de castas; no está cuajada». No era una provocación, sino la conclusión de décadas de reflexión sobre un país que continúa reproduciendo jerarquías heredadas y recreadas por la desigualdad económica, el racismo, la discriminación y la exclusión.

Por eso combatió la desigualdad desde distintos espacios: al denunciar las asimetrías del sistema financiero internacional; al proponer reglas más justas para las economías periféricas; al investigar los delitos económicos y financieros del régimen de Alberto Fujimori, como asesor de la Comisión Investigadora presidida por Javier Diez Canseco; también, al involucrarse personalmente en una de las luchas más difíciles de nuestra sociedad: la defensa de los derechos de las minorías sexuales.

Fue uno de los fundadores del Movimiento Homosexual de Lima, el MHOL, en una época en la que asumir públicamente esa causa significaba enfrentar prejuicios profundamente arraigados. Para Óscar, la defensa de los derechos humanos no constituía un capítulo separado de su trabajo intelectual. Era parte de una misma concepción de la igualdad: una sociedad que discrimina a una parte de sus ciudadanos, difícilmente puede construir instituciones verdaderamente democráticas.

En esa lucha, Fidel Aroche, economista y su compañero de vida, ocupó un lugar fundamental. Compartieron no solo el afecto y una vida en común, también la reflexión sobre la economía, el desarrollo y las desigualdades. Juntos sostuvieron, durante años, la defensa de la igualdad de derechos y la lucha por el reconocimiento del matrimonio igualitario en Perú, convirtiendo su propia historia en un testimonio de dignidad, perseverancia y coherencia entre las ideas defendidas públicamente y la manera de vivirlas.

También tuvo pasión por la literatura. Leía novelas con el mismo entusiasmo con que estudiaba los mercados financieros. Disfrutaba conversando sobre Borges, García Márquez, Vargas Llosa o Arguedas, convencido de que la literatura revelaba dimensiones de una sociedad que ninguna estadística podía mostrar. Podía comenzar una conversación hablando de la crisis financiera y terminar comentando una novela. Nunca aceptó compartimentos estancos entre economía, historia, sociología, literatura y política.

En sus últimos años volvió a adelantarse a los debates. Desde el Grupo de Trabajo de Energía y Desarrollo Sustentable de CLACSO, comenzó a estudiar la transición energética y sus implicancias para América Latina. Comprendió que el cambio de la matriz energética mundial no era solamente tecnológico: era también una transformación geopolítica, financiera y social que modificaría las relaciones entre los países desarrollados y las economías periféricas.

Quienes trabajaron con él recuerdan su enorme generosidad intelectual. Nunca concibió el conocimiento como un patrimonio personal que había que proteger. Disfrutaba compartiendo lecturas, recomendando autores, comentando manuscritos y discutiendo proyectos con estudiantes y jóvenes investigadores. No enseñaba únicamente economía. Enseñaba una manera de pensar: formular preguntas, desconfiar de las respuestas fáciles y mirar siempre un poco más allá de lo evidente.

No deja únicamente libros y artículos. Deja instituciones, redes internacionales de investigación y generaciones de economistas que hoy discuten conceptos que él comenzó a desarrollar, cuando todavía parecían ideas marginales. Pero, quizá, su mayor legado sea otro: nunca aceptó que la desigualdad fuera un hecho natural ni que las relaciones de poder fueran inmutables. Su vida entera fue una invitación a cuestionar las estructuras que producen exclusión, ya aparecieran en la economía internacional, en la sociedad peruana o en la negación de derechos fundamentales. Sin embargo, las ideas tienen una particular manera de sobrevivir a quienes las escriben. Mientras continúe el debate sobre una nueva arquitectura financiera internacional, mientras América Latina busque una inserción más justa en la economía mundial, mientras alguien cuestione las desigualdades que atraviesan nuestras sociedades, mientras una nueva generación se atreva a pensar desde el Sur, sin aceptar pasivamente respuestas construidas en otros lugares, Óscar Ugarteche seguirá presente.

Porque ese fue, probablemente, el rasgo más profundo de su vida intelectual. Nunca estudió el mundo simplemente para describirlo. Lo estudió para cambiarlo. Y pocas aspiraciones pueden ser más nobles que esa.

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