Keiko Fujimori y el precio del orden

Las dos manos alzan delicadamente el sombrero de pana con moño y cinta azul, que caen de lado. Keiko se lo acomoda con gracia, sonríe coqueta, susurra algo sobre el hermoso bordado. Luego se coloca otro, rosado, cinta y lazo de rigor, elegantes. Keiko se los prueba uno a uno, nombrando personas, pueblos, empresas de donde obtuvo tanto regalo. Usa referencias del mundo digital: está haciendo un live, un unboxing. Mira la cámara convertida en espejo, se mira en ella. Gira pequeños ángulos del rostro, reduce la boca. Cambia de sombrero y cambia de gesto. Keiko Fujimori inaugura este agosto dos lugares al mismo tiempo:influencer en Tik Tok y presidenta del Perú.
La iniciativa ha sido más celebrada que criticada o analizada en la gran prensa. De alguna manera aprendimos a convivir con la política mezclada con la farándula. Pero vamos, con Keiko Fujimori hay algo distinto. Su imagen ha estado inevitablemente asociada a una historia pesada de autoritarismo, corrupción, violaciones de derechos humanos, cárcel, derrotas electorales, fraudismo y negación de los enfrentamientos entre los principales poderes del Estado, del que por cierto, todo el mundo, incluyendo el Congreso pasado, es testigo. Hoy, desde la cámara frontal de su celular, habla con voz melodiosa, casi susurrante. Una versión nueva, muy ligera, distinta a la política dura e impenitente que conocemos.
Una herencia ya cobrada
En marzo del 2025, en esta misma revista, exploré cuánto de Keiko podía comprenderse en una historia familiar, fusionada inevitablemente con la historia del Perú. Era una adolescente de 19 años cuando su padre la puso en el lugar de su madre. Pasó a ser primera dama, con todo lo simbólico que eso implica. Años después, ella misma se queda sola en Palacio cuando Fujimori huye a Japón y renuncia por fax. Keiko decidió quedarse para ‘limpiar’ el apellido Fujimori, yendo incluso contra lo que quería su familia, cuenta en varias ocasiones su hermana Sachi. Por cada derrota electoral, un sentimiento de agravio crecía en ella. Todos recordamos el balconazo de 2016 cuando dijo «Decían y especulaban: ¡está deprimida!», y añadió en voz muy alta y tono burlón «¿Depresión? ¡No me conocen! ¡Jamás! ¡Eso es para los perdedores y yo no me siento perdedora!». Luego, en 2021 juró que había ganado, pero le habían ‘robado los votos’, historia fraudista que sostuvo hasta muy recientemente.
La psicoanalista brasileña Maria Rita Kehl tiene una distinción bastante útil para entender cómo el sentimiento de derrota se convierte en resentimiento. La persona que pierde no acepta reconocerse como derrotada, prefiere identificarse como una víctima, inocente por supuesto, de un vencedor que se percibe como ‘el culpable’. Pero ¿culpable de qué? de agraviarla, de dejarla en estado de indefensión. El contrincante y la esfera de sus votantes no eligen o vencen políticamente, sino que la ofenden, la humillan. Se vuelven usurpadores de un lugar que ‘le pertenece’. Es plausible que el agravio y el resentimiento sean claves para entender la carrera política de Keiko Fujimori, estructurada, entre otras cosas, en torno a la reivindicación del buen nombre. Sin embargo, la propia Kehl advierte que, aunque atravesado por fuerzas inconscientes, un fenómeno político debe conservar su especificidad política. Mi artículo anterior se preguntaba por la supervivencia de Keiko. Un año después sobrevivió y ganó.
La idea de este artículo no es encontrar al padre o a la hija en cada decisión presidencial de Keiko Fujimori. Sería minorizarla, negarle su propia historia y, en definitiva, la responsabilidad que tiene sobre el destino del país. Alberto Fujimori ha muerto y Keiko finalmente ocupa el lugar que tanto buscó. Más útil que preguntarnos por lo que heredó del padre es qué hará con la herencia ya cobrada. La impugnación tendría que ser, entonces, ética y política. Keiko como persona no es la Keiko como figura política, tampoco es su padre ni mucho menos es el fujimorismo como fenómeno social. Son objetos relacionados, pero no idénticos.
El día en que Keiko dejó de ser el peligro mayor
En los últimos diez años Perú ha atravesado una secuencia de graves y feroces crisis superpuestas: Keiko pierde el 2016 y un año después el Congreso vaca a Kuczynski. Luego vacan a Vizcarra, imponen a Merino y dos jóvenes mueren en las protestas. Sagasti administra una breve transición. En 2021 Castillo le arrebata la victoria a Keiko y, teniendo una gran oportunidad, se rodea de gente incapaz de tomarle la temperatura al país. Su intento de quebrar el orden constitucional nos deja la tragedia que fueron Boluarte y las masacres de fines del 2022 e inicios del 2023. Durante Boluarte, y con un Congreso donde coincidieron Fuerza Popular, Perú Libre y otras fuerzas, se aprobaron leyes cuestionadas por debilitar la lucha contra el crimen organizado, mientras se expandían la extorsión y el sicariato. Así hemos vivido los peruanos: entre la impunidad, el colapso de los servicios, la libertad del crimen organizado y la indolencia de la clase política. Como insistió tanto el profesor Nelson Manrique, en el Perú la vida no vale nada.
Lo menos que puede decirse es que, luego de tan prolongada desprotección, imprevisibilidad y pérdida de confianza en las instituciones, hay marcas profundas de daño en el tejido social. Se observan en la desconfianza y el desprecio cotidianos, la debilidad de las organizaciones y las protestas, la verticalidad de los vínculos y el autoritarismo, normalizado incluso en espacios progresistas o en las señales de indiferencia que contrarrestan las de resistencia. Esta es una mirada que intenta agarrar la densidad sin perder la perspectiva, como solía pedir el padre Gustavo Gutiérrez. Sin banalizar el esfuerzo y las batallas de la población y la sociedad civil, y muy a pesar de ciertos idearios izquierdistas, hay que reconocer que el orden y la previsibilidad se volvieron bienes políticos.
Los datos parecen acompañar esta lectura. Hablando de percepciones, en febrero 2025 Ipsos registró 92% de desconfianza hacia el Congreso, 83% hacia el Ministerio del Interior, 78% hacia la Fiscalía y 70% hacia la Policía. El 45% dijo, además, que la corrupción en las instituciones de seguridad y justicia era la principal razón para el aumento de la criminalidad. En mayo de este año, el IEP preguntó por los sentimientos que quedaban después de las elecciones: 23% expresó malestar, 14% percepción de fraude y desconfianza, 9% incertidumbre o angustia, y apenas 7% esperanza o expectativas positivas. La palabra más frecuente fue decepción (16%). El miedo apenas alcanzó un 2%. Un año antes, según IEP, el miedo era de 7% y predominaban más la tristeza (16%) y la incertidumbre (13%). Patricia Zárate describió este movimiento como una caída de la esperanza hacia la decepción. No fuimos para mejor.
Miedo y previsibilidad
José Carlos Agüero ha destacado el miedo como una clave para leer el triunfo de Keiko Fujimori.1 No se trataría de un miedo coyuntural, sino de una experiencia sedimentada en una larga historia de violencia, precariedad, autoritarismo y desprotección, que las nuevas derechas han usado a su favor. Desde este ángulo, incluso una opción reconocida como peligrosa puede resultar preferible cuando otros peligros se viven como mayores: el regreso del caos, la pérdida del mínimo orden existente o, simplemente, perder lo poco que se tiene. Las tesis de Agüero son fuertes y es cierto que los afectos pueden organizar acciones políticas. Sin embargo, como muestra el IEP, el clima emocional es más amplio.
El miedo no elimina el juicio de realidad ni el pensamiento. Afecta, más bien, la manera en que se jerarquizan los peligros. No decide por sí mismo a quién elegir, pero interviene al decidir qué amenaza es más urgente y qué riesgos podemos tolerar. Así, se puede temer al fujimorismo, pero temerle más a la inseguridad ciudadana; desconfiar de Keiko, pero todavía más de una alternativa desconocida. Por descarte, por astucia, por la maquinaria de los ‘poderes fácticos’, incluso por la convergencia de los errores de la oposición, Keiko Fujimori se volvió la política más constante y estable de nuestro escenario multicrisis. Cuando la gente fue a elegir, la eligió a ella. Pero el paisaje afectivo que quedó no fue solo miedo. Hubo tristeza, decepción, incertidumbre, fastidio… ¿Hacia Keiko? ¿Hacia las elecciones? ¿Hacia la política, el país, el futuro? La encuesta no lo dice, y que no lo sepamos es parte del problema.
Lo que sí sabemos es que, en medio de esa incertidumbre, Keiko ofrecía algo políticamente valioso: era profundamente conocida. Y es aquí donde el psicoanálisis sabe algo de cómo lo conocido no necesita ser amado para resultar menos angustiante que lo imprevisible. La familiaridad no produce necesariamente confianza o afectos positivos, pero sí reduce la incertidumbre. Lo que alguna vez fue intolerable pudo tolerarse frente a algo vivido como peor, aquello para lo que todavía no tenemos representación.
Al fin y al cabo, el temor de un transportista extorsionado o de la chica que regresa sola y de noche, luego de estudiar, no son miedos que necesiten ser interpretados. Las amenazas a la vida en Perú son muy reales y la gente exige soluciones formuladas en términos muy concretos. En febrero de 2025, Ipsos advirtió que 62% prefería un Estado muy duro contra el delito, a pesar de que inocentes fuesen víctimas de esa dureza. Solo 27% esperaba, en primer lugar, que se respetaran los derechos humanos. El miedo puede ser legítimo, no necesariamente las respuestas políticas construidas en su nombre. El lenguaje de la justicia social o los derechos puede sonar abstracto si no consigue traducirse también en protección concreta. El orden parece haber pesado más que las promesas de cambio o de justicia. Una realidad ineludible de concebir, pero a qué orden y a qué precio.
El precio del orden
En la escena de los sombreros, Keiko se entretiene en comparaciones de colores y telas. Miles mandan corazoncitos. Es la misma mujer que acaba de entregarle la seguridad y el orden interno a las Fuerzas Armadas. Más que llamarla frívola o ‘doble cara’, es posible que no exista contradicción alguna en sus diversos rostros. El efecto de extrañeza puede resultar de una política que combina un juego de cercanías y distancias: exhibe una aparente intimidad mientras ejerce, con aparente firmeza, un exceso de autoridad. Hay domesticidad en lo cotidiano y domesticación en lo coercitivo. Lo interesante no es ese doblete, sino lo eficaz que resulta.
La pregunta por los límites aparece mejor en otra escena, cuando Juan Carlos Tafur le preguntó, en vivo, qué haría si alguna de sus hijas quedase embarazada producto de un abuso sexual. Keiko respondió que ya lo había conversado con ellas y que no las haría abortar. Días después, su hija mayor declaró públicamente que ella sí creía en el aborto y reivindicó su autonomía para decidir. La tentación de interpretar nos puede llevar a preguntarnos si Keiko repetía con su hija algo de su propia historia, silenciar su voz y usarla como utilería de foto. Pero no hay interpretación transgeneracional posible desde afuera. La pregunta política resulta más útil: ¿qué hace Keiko con quien discrepa? ¿Qué lugar tiene la presidenta para quienes estamos al otro lado de sus convicciones?
Silvia Bleichmar sitúa el fundamento de la ética en una operación elemental pero exigente: reconocer al otro como semejante y como alteridad, alguien diferente de mí, cuyo sufrimiento impone un límite a mi capacidad de dañarlo. Desde allí, más que preguntarnos cómo es Keiko, importa qué hará con quien opine distinto. Si seguiremos siendo ciudadanos, si nos verá como adversarios o nos transformará en enemigos. En esa respuesta podría estar el precio del orden.
¿Qué tuvo que ocurrirle al Perú para que Fujimori dejara de representar el peligro mayor y empezara, para suficientes personas, a representar la protección frente a peligros peores? Explicarlo por un posible contubernio entre medios de comunicación, el empresariado y operadores fujimoristas, o recurrir a la sabida crítica a la falta de educación y de pensamiento crítico, resulta insuficiente para alcanzar el fondo de las cosas. Quizás toque, desde el progresismo y las izquierdas, tomar alguna distancia de nosotros mismos.
Footnotes
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Aguero, José Carlos. «La suma de todos los miedos». El País, junio de 2026. ↩
