La autocensura

A la censura la conocemos bien: en el sector cultural la hemos sufrido en varias oportunidades. Sabemos de dónde viene, por qué se realiza y cuál es el interés para volver invisible aquello que no puede tolerar. La censura es el arma de los fuertes que, a razón de alguna debilidad, necesitan performar su supuesta fortaleza.
Durante la última década, la censura ha venido ocurriendo de diversas maneras en Perú y se ha desplegado sin vergüenza alguna. En un documento de indispensable lectura 1, Guillermo Valdizán ha registrado las permanentes violaciones a los derechos culturales en lo que llama ‘políticas culturales de excepción’: un contexto de vigilancia y control, un momento de permanente represión sobre el sector cultural que no para de multiplicarse.
El documento enumera diversas acciones como destituciones de cargos directivos (en IRTP, en el LUM); elaboración de leyes sin ninguna consulta con los gremios de artistas (como la ley anti-cine de la congresista Adriana Tudela o como la absurda creación de un colegio de artistas profesionales); permanentes acosos a la libertad de creación como los sufridos por Lola Estrada, Chillico, Carlín, Ruth Ingaluque y José Carlos Condori, entre muchos más; cancelación de eventos sin explicación, como el que ocurrió con el dúo José María Arguedas en el Gran Teatro Nacional o como (en uno de los casos más vergonzosos de la historia), a presión del fujimorismo, no se le entregó el premio de la Casa de la Literatura Peruana a Juan Acevedo.
Sin embargo, la situación es mucho más grave que la enumeración de hechos como los anteriores: en un acto de increíble anacronismo con las políticas culturales que hoy se promueven a nivel mundial, la actual gestión de la Municipalidad de Lima dejó sin efecto el programa «Cultura Viva Comunitaria» y todo lo que hoy realiza es impuesto tutelarmente. La aceptación de Alberto Beingolea como Ministro de Cultura no sólo da cuenta, una vez más, de los intereses de los tradicionales políticos peruanos (aceptar cualquier cosa con quien sea), sino del fracaso de quienes nos dedicamos, de una u otra manera, a la gestión cultural y seguimos sin poder hacer más visible la especialización del campo.
En realidad, no son exactamente los conservadores quienes han promovido la censura en Perú sino, curiosamente, los neoliberales criollos. Tal como hace más de cien años lo describió Mariátegui, hoy observamos cómo los liberales terminan siendo absorbidos por los conservadores y no tienen problemas en entrar en su juego autoritario y en un mismo proyecto común. Contra lo que fue una de las mayores conquistas de la humanidad, conservadores y neoliberales han convertido a los Derechos Humanos, en el Perú, en una mala palabra.
¿Por qué ocurre en nuestro país? ¿Por qué un medio como The Economist, es completamente diferente al portal Lampadia? ¿Qué hay en la historia peruana para que algo así pueda existir? ¿Por qué liberales y reaccionarios se han vuelto hermanos en estos tiempos? ¿Se trata de una complicidad racial? ¿Es la pura defensa de una clase social compartida? No lo sabemos, pero lo que resulta claro es que en las últimas décadas lo ocurrido en Perú es una franca recomposición oligárquica, vale decir, la reagrupación de un sector social conservador, que justifica un modelo de país que no quiere cuestionamientos, y ‘terruquea’ todo aquello que lo perturba.
En un muy buen libro (Nueva historia del Perú Republicano. Tomo 6. Lima: Derrama Magisterial, 2021), el historiador Jesús Cosamalón y el sociólogo Francisco Durand han denominado ‘República empresarial’ al momento que vivimos, al que caracterizan como un periodo de absoluta subordinación del Estado a los intereses privados. La ‘República empresarial’ privilegia el individualismo como la única marca de progreso, pues la vida es solamente entendida como una competencia de individualidades atomizadas. Todo lo público es sistemáticamente abandonado y degradado bajo esta lógica feroz de la que en el Perú sobran ejemplos muy concretos. Sin embargo, no son esas las características únicas que la definen. La ‘República empresarial’ se destaca por los altos índices de corrupción que deja en todos los niveles de la vida social y por la producción de una sociedad profundamente deteriorada, sumida en la delincuencia y el crimen.
Como la antigua ‘República Aristocrática’ (1895-1919), descrita antes por Jorge Basadre, la ‘República empresarial’ de hoy (1992-), genera nuevas élites económicas que son funcionales a la reagrupación conservadora que controla las decisiones públicas, más allá de quién gobierne. Curiosamente, esta República no se tiñe de liberalismo sino, más bien, de un patrón colonial (limeño, patriarcal, claramente racista) que continúa estructurando diferentes dimensiones de la sociedad peruana.
Desde ahí, vale decir desde la constatación de ese nuevo bloque hegemónico, me atrevo a decir, que lo que se nos viene en los próximos años, es algo mucho peor que la censura. Me refiero a la autocensura. La autocensura surge del miedo que se le tiene al poder y consiste en una acción voluntaria de silencio y represión. Se expande y se interioriza cuando existe un poder que ha tomado casi todo el control social y que ha llegado, incluso, a controlar las más profundas convicciones personales. Aunque la mitad del país no votó por el fujimorismo, lo cierto es que ellos ya controlaban buena parte de las instituciones del país y controlaban, además, algo peor: un sentido común que ha naturalizado el conservadurismo, el autoritarismo y el individualismo más antisocial, mercantilizado y corrupto.
Muchos hemos sido testigos sobre cómo hoy en las instituciones públicas, y en muchas privadas, se ha prohibido hablar de grupos de poder, de desigualdad social o de relaciones de dominación social. La llamada injusticia social ha quedado olvidada en el vocabulario político e inclusive en el imaginario católico que la propuso a lo largo de todo el siglo XX en varias encíclicas papales. Toda crítica al poder es hoy prohibida y permanentemente excluida de distintos circuitos de la esfera pública. La conquista histórica de la cátedra libre que la Reforma Universitaria latinoamericana produjo en 1911, impulsada por Haya de la Torre, ha quedado en el olvido. En muchas universidades peruanas, los profesores no pueden salirse de lo institucionalmente ‘aprobado’, no pueden decir lo que piensan y la producción de conocimiento se encuentra restringida por los intereses ideológicos de los dueños.
Hoy, en efecto, en las escuelas públicas, los docentes peruanos sienten miedo de abordar muchos temas: no se puede hablar de opciones sexuales, ni de racismo o de hechos que revelen dinámicas centrales del pasado, como la violencia histórica del Estado peruano contra la población, la sistemática explotación que la empresa privada realiza a sus propios trabajadores (respecto a la precarización del trabajo formal y a la permanente pérdida de derechos sociales), así como la destrucción del medio ambiente por mafias ilegales, muchas veces articuladas con las legales. La injerencia empresarial en los contenidos de la educación peruana se hace cada vez más visible, mientras que las comunidades indígenas siguen siendo violentadas en sus derechos territoriales por las grandes corporaciones, además de cosificadas por el Estado en función del turismo más ramplón. En ese contexto, es claro que la autocensura ha comenzado a diseminarse entre nosotros. La autocensura, en efecto, es mucho peor que la censura. Hoy, al decir de Foucault, ya no se hace necesaria la presencia de un poder explícito que se dedique a prohibir lo que decimos y lo que hacemos, porque lo cierto es que ese poder ha quedado ya básicamente internalizado en nosotros mismos, en las instituciones a las que pertenecemos y en el sentido común generalizado. El peor impacto que nos pueden dejar nuestros neoliberales, enajenados por el fujimorismo, es la instauración de esa especie de panóptico interior: una mirada autovigilante que evita nombrar las cosas como son y que despolitiza permanentemente la realidad social.
Frente a la posibilidad del silencio interiorizado, debemos salir del miedo e intentar sustraernos de todo aquello que busca inmovilizarnos. ¿Será la línea dura de Fernando Rospigliosi o Ernesto Álvarez la matriz de todo el quinquenio? ¿Será entonces la autocensura la acción más visible de los tiempos que vienen? ¿Será la autocensura la ‘política cultural’ más efectiva del fujimorismo? Hace unos meses los estudiantes de la Universidad Católica protestaron con fuerza ante una reforma económica a todas luces elitista y excluyente. Estos estudiantes no buscaron su propio interés y lucharon por una causa colectiva que no los afectaba a ellos mismos. Su victoria fue asombrosa y creo que fueron dos los legados que volvieron a poner sobre la mesa: que sin organización colectiva no hay victoria y que ésta solo se consigue con una lucha permanente.
En el actual contexto que vivimos, las instituciones y las plataformas culturales, los artistas, los académicos y los activistas, no podemos ceder al silencio inducido. La autocensura no puede convertirse en el signo de nuestra última derrota. Valeria Román Marroquín escribió hace unos años estos versos, con los cuales concluyo este artículo:
Ana, piensa en la labor que te sujeta
¿En qué piensas cuando
toca lo que toca hacer?
(Ana C. Buena. Lima, La Balanza Taller Editorial, 2021)