18
Cultura

Propaganda y revisionismo

Sobre el filme “La Cantuta, la orden secreta”.

Propaganda y revisionismo

El cine propagandístico no nos permite dar cuenta del pasado, apenas nos ofrece la oportunidad de evocar una realidad que se siente muy presente. Opera una apología obscena y una argumentación ideológica, que busca falsear la historia y someter al control narrativo de las políticas del Estado. Es el poder de reescribir las reglas. Fomenta la impunidad, el morbo del populismo y el oportunismo.

El cine y el uso de la propaganda han estado unidos desde los fundamentos políticos, históricos e ideológicos de su evolución. Cabe recordar a los estudios cinematográficos de la UFA en la Alemania del III Reich, adscritos a los principios nacionalistas, alabando la supremacía biológica y la majadería obscena y grandilocuente del poder con el desafío de lo ario y el culto a lo racial. Películas como El judío Suss o, su más celebrada obra, El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, documentan el auge y el maquiavélico plan de la gestación del poder del nazismo desde las masas, el frenesí y la divinización del líder, que ejemplifican ese efecto nefasto de la apología y el propagandismo desde una sistematización política, punitiva y estatal.

Un caso similar se dio con la mítica Mosfilm, el estudio cinematográfico soviético fundado en 1924, que buscó reescribir la historia desde la perspectiva del estalinismo, con el halo protector del líder revolucionario que se enfrenta a las hordas del fascismo, con un carácter populista y patriótico, de culto narcisista y con la glorificación del realismo socialista de aquellos años. Filmes como La caída de Berlín o El juramento, dan cuenta de las campañas bélicas y el valor indiscutible del temperamento. desde la devoción al nacionalismo y el populismo ramplón, mostrando la fe ciega en el industrialismo soviético y el triunfalismo chovinista.

En épocas de dictadura y uso de la ideología para fines personales y autoritarios, al cine, como a cualquier otra actividad artística, se le censura y se le prohíbe la capacidad de discernir y realizar cualquier acusación contra los crímenes y los abusos a los derechos humanos y contra el régimen democrático, encargando la vigilancia a un ‘ojo absoluto’, que tiene que ver mucho con el concepto del panóptico de Michel Foucault. Vigilancia que puede estar determinada por las funciones burocráticas, castrenses y las funestas gestiones culturales del Estado para clasificar, distribuir, modificar o eliminar la producción artística, cinematográfica en este caso, mediante lo que se denomina una ‘requisa’.

Recientemente vi la película La Cantuta, la orden secreta, del director Alejandro Nieto-Polo, estrenada en un periodo de elecciones polarizadas, que reaviva la fragmentación, tan real y simbólica, sobre el conflicto armado interno. No se trata de criticar las posibilidades ficcionales y alegóricas del filme, sino de abordar su morfología de preservación de la moral, que se mueve entre la función especulativa de la historicidad, el falseamiento de los datos y el acto de borrar la memoria y la dignidad de muchas víctimas, cuya inocencia o culpabilidad la justicia ha demostrado. La propaganda se sirve de eso, para limpiar el nombre y blanquear el abominable rostro de la opresión dictatorial y más aún, los antecedentes judicializados que conocemos sobre el fujimorismo y su gestión contra el terrorismo desde el Grupo Colina.

El personaje tipo es un militar. Es alguien desplazado entre las sombras como un sujeto incomprendido, al margen de la ley, lo que le ampara todos sus abusos, convertido en un mercenario que campea sin piedad, desafiante, con una clara herencia del militar desmovilizado de muchas películas hollywoodenses. Se abunda en el estereotipo del anti héroe perseguido y en la estigmatización cómplice de las víctimas, con una dosis amateur y el uso de registros del cine negro y el reportaje, tan ingenuo como improvisado. Con el aura indigesta de un filme de acción, opera con cinismo una previsible fatalidad.

El relato parte de un hecho real, cuando ‘Souza’ (Jesús Sosa Saavedra), un agente y sicario del Grupo Colina, es entrevistado por la prensa en noviembre del 2007. Se nos cuenta, con el recurso de la delación y el flashback, el accionar criminal del subteniente Sosa Saavedra, alias ‘Kerosene’, quien es reconocido por el tipo de ejecución que realizaba a sus víctimas, específicamente en los casos de Pativilca y La Cantuta. No le importaba si sus víctimas eran inocentes o no. Es un personaje de una siniestra ambigüedad retórica, que oscila entre un bufón estrafalario y un patán de media caña. Es la ‘banalidad del mal’ que caracterizó Arendt, la gestión burocrática de la violencia de Estado en manos de personas mediocres, y sin mérito alguno.

La película comentada resulta un empalagoso pastiche, de un patético amateurismo, con escenas cargadas de ineptitud y una moraleja repleta de torpeza y necedad. No sólo se juega con los datos fehacientes, con lo que realmente sucedió en la matanza de Barrios Altos y La Cantuta, cuando el mismo Estado justificaba el ‘terror por el terror’. También se niega a los deudos de las víctimas, sean del bando ideológico que sean, la posibilidad de contar sus historias. Al ser una obra de ficción no le podemos reclamar veracidad de los fundamentos. Sólo le podemos recriminar la sesgada apología que presenta toda la trama como una ‘ley del talión’ sin pies ni cabeza. El armazón narrativo es anodino, sin ninguna lógica que cohesione ni justifique al antihéroe en su desarrollo.

El cine construye opinión pública, una gestación de ideas y criterios en los espectadores. Así como hay que denunciar el horror y la abominación ideológica del terrorismo en todos sus términos, hay que hacerlo con los ejecutores de la ley y su consciente perversidad al operar desde las sombras. De otro modo, se fomenta esa misma complicidad silenciosa, que no corresponde a valores de verosimilitud y construcción de la ficción, sino que se convierte en una de las armas más peligrosas de la hipocresía y el prejuicio que puede tener una sociedad.
En una era donde abunda la desinformación, la posverdad y el efecto mediático, muchos se torcerán por el lado de la violencia y el señalamiento gratuito del ‘tuco’, del ‘rojo’, del ‘zurdo’, del comunista, sin mediar propuestas, juicios o razonamientos. Quien controle las narrativas culturales y a los agentes ficcionales del país, no sólo intentará usurpar cada contenido de lo que somos, sino que nos empujará a lanzarnos odio, a las falacias en las redes sociales, desplazando el fomento de la justicia y la escucha desde la empatía. Por ese camino sólo nos quedará resignarnos al olvido progresivo y al odio sistemático.

siguiente artículo