Más vale zombi conocido que vivo por conocer
A propósito de las elecciones regionales de octubre

Ir a elecciones regionales que cubren todo el territorio nacional, a un poco más de dos meses de asumir la presidencia de la República, es una gran oportunidad para afianzar el poder obtenido, dada la capacidad de negociación que se tiene desde el sillón presidencial, mucho más si sabemos que el Ejecutivo controla el presupuesto de las 25 regiones del Perú. Además, la ciudadanía no se ha librado totalmente de los efectos de la campaña electoral, que ha sido exitosa en el caso de la señora Fujimori. Eso también es viento que sopla a su favor.
¿Por qué entonces nada de lo descrito se nota en la campaña electoral para hacerse de las gobernaciones regionales? ¿Por qué se prefiere dar consejos de belleza a fortalecer la presencia de Fuerza Popular en costa, sierra y selva o, por lo menos apuntalar candidaturas que sean afines? ¿Por qué nada nos recuerda a un Alan García asegurando el triunfo de Jorge del Castillo para la alcaldía de Lima? ¿O a Absalón Vásquez —hoy senador por las triquiñuelas que Renovación Popular aprendió del fujimorismo—, desplegando ingentes recursos para asegurar alcaldías y gobiernos regionales que apoyen la dictadura de Fujimori y Montesinos? ¿Le falta madurar políticamente a la ‘chica’ o son las condiciones objetivas y subjetivas las que han hecho que se ponga casi de costadito en este proceso electoral?
Veamos las condiciones objetivas primero. La señora Fujimori ganó, es la triunfadora y por ello la presidenta; pero ganó a las justas y eso la hace llegar al poder con mucha menos fortaleza de la que habría deseado. A Fuerza Popular, le falta fuerza y a juzgar por su gabinete, esa es sólo una de sus muchas carencias. Ganó en segunda vuelta, llegando a ella con una exigua votación (17,2% de los votos válidamente emitidos en la primera ronda). De hecho, solo pasó por el fraude legal que hizo el Congreso al cambiar la Constitución y las normas electorales para que abunden las candidaturas y sea posible llegar a segunda vuelta con un apoyo ridículo de la ciudadanía (10,53% para Fujimori y 7,37% para Sánchez si calculamos en base al total). Recordemos, además, que en la primera vuelta solo ganó en 10 regiones y en la segunda en 9. Si analizamos territorialmente la votación, en lugar de a través del número de votos, tiene el apoyo de un porcentaje notablemente pequeño del suelo nacional (36% de las regiones).
Si nos fijamos en el ánimo de los votantes, ni siquiera quienes se sentían cercanos ideológicamente a la señora Fujimori, como la gente que votó por Renovación Popular, se sumaron a Fuerza Popular con entusiasmo. Por el contrario, fue evidente su desgano, y por momentos hasta parecía que tenían dudas al respecto. Muchos otros marcaron la K tapándose la nariz y no menos electores lo hicieron porque era el ‘mal menor’. Entonces, la señora Fujimori se hizo del triunfo con el apoyo real de los pocos que votaron por ella en la primera vuelta.
¿Estas condiciones, objetivas y subjetivas, son razones suficientes para no poner esfuerzos en las elecciones regionales? ¿O por el contrario, son razones para intentar cambiar la correlación de fuerzas en las regiones, aprovechando todo lo que implica controlar los poderes Ejecutivo y Legislativo?
Lo mismo se puede decir de Juntos por el Perú. Quedó a unos miles de votos de ganar la presidencia. De hecho, fueron los votos del extranjero, mal custodiados, los que evitaron su triunfo. Es decir, ganó en el Perú de esas 25 regiones que ahora están en juego. Una derrota de esas características, deja amplio margen para trabajar políticamente en los territorios. Por qué entonces el partido de Roberto Sánchez no da señales de aspirar a tener gobernadores de su partido, por lo menos en las regiones donde ganó en la primera (11) o en la segunda vuelta (16).
Si hacemos el mismo análisis que para Fuerza Popular, observamos que su pase a segunda vuelta fue con una votación vergonzosa para cualquier agrupación política que quiera ser hegemónica en el país (12 %). Por lo demás, en la segunda vuelta no consiguió apoyo real, porque fue el rechazo al fujimorismo lo que llevó a respaldar a alguien que se pretendía continuación del gobierno de Pedro Castillo, percibido como desastroso, en términos ideológicos y de gestión.
Como en el caso de Keiko Fujimori, esto no puede ser razón suficiente para el inmovilismo político; por el contrario, tendrían que aprovechar la inercia de la campaña de segunda vuelta, el sinsabor de los resultados y la innegable necesidad de que la vocación autoritaria, inherente al fujimorismo, tuviera un contrapeso.
En ambos casos, una alternativa era hacer alianzas con otros partidos o movimientos regionales para aumentar la posibilidad de hacerse del control de los gobiernos regionales. Después de todo, fueron varios los partidos políticos que públicamente ofrecieron su apoyo a Fuerza Popular o Juntos por el Perú en la segunda vuelta. Ya se tenía entonces un acercamiento, como para que sin mayor inconveniente, se conformaran alianzas distribuyendo los puestos de gobernador, vicegobernador y consejeros regionales.
¿Por qué entonces no se ha dado ese proceso? ¿Por qué se ha preferido lo más difícil y menos conveniente a lo más fácil y beneficioso?
Creemos que la respuesta se encuentra en la primera vuelta electoral. Con las reglas de juego hechas para beneficiar a los partidos políticos que conformaban el Congreso en ese momento, hubo 35 planchas presidenciales (por el retiro de una debido a la trágica muerte de su candidato a la presidencia) con el sueño de sacarse la lotería electoral, buscando por tanto operadores en cada una de las regiones, provincias y distritos del país, para el apoyo a sus campañas, aportando económicamente, consiguiendo alianzas con distintas organizaciones o con supuestos caudales electorales. La presidencia se gana con 50 mil votos de diferencia, así que no había ofrecimiento que se pudiera despreciar.
A cambio de ese apoyo, ¿qué podían dar los 35 candidatos que ya tenían conformadas sus listas para las cámaras de diputados y senadores? La respuesta: candidaturas a alcaldías y gobiernos regionales. Con todas las candidaturas ofrecidas por tantas agrupaciones distintas, la posibilidad de una alianza se hace imposible. Esa es la razón por la que no hay coordinación alguna entre los candidatos de la misma agrupación; finalmente son candidaturas independientes, obtenidas en negociaciones particulares y sostenidas por ambiciones que por ningún motivo se van a deponer. Esta misma modalidad es la que emplearon los ‘dueños’ de los movimientos regionales. con lo que se cerró por completo la posibilidad de un diálogo político.
Lo dicho es también la razón por la que han aparecido candidatos por ciertos partidos políticos, que no es posible imaginar, ya no por una identificación ideológica, sino, siquiera, por una simpatía mínima. Gente de derecha en agrupaciones que dicen ser de izquierda y viceversa. O gente que hace cuatro años postuló por la agrupación que ahora ataca con toda su fuerza o gente que postula por el partido político que siempre detestó o del que se retiró con un adiós que resultó ser apenas un hasta luego.
Estamos pues ante un escenario muy similar al de la primera vuelta presidencial. Muchas candidaturas y resulta posible ganar con una votación mínima, cercana al 5%. No han faltado las agrupaciones que han reclutado a ex autoridades que hasta hace poco estuvieron en la cárcel, con prisión suspendida o con infinidad de cuestionamientos por sus desastrosas gestiones, con la esperanza de que al ser conocidos un porcentaje aunque sea mínimo de la ciudadanía, vote por ellos. Más vale zombi conocido que vivo (avivato) por conocer, pareciera que fuera el ema de campaña.
Es también patética la postulación por esos partidos políticos que fueron fulminados en las elecciones presidenciales. ¿Qué hace que personajes de cierto prestigio se presenten como candidatos de esas agrupaciones que la ciudadanía enterró con alrededor del 1% de los votos? Obviamente, acuerdos que se hicieron, con cálculos errados, antes de esas elecciones y que no hay forma de deshacer.
Regresamos entonces al mamarracho de la primera vuelta, muy bien planificado por quienes se beneficiaron de él, de forma tal que no se trata de una vuelta al pasado, sino del trazado de un futuro paupérrimo, políticamente hablando. Este retroceso va a marcar nuestro futuro con un sistema político degradado al máximo, en el que las movidas políticas se darán luego de conocidos los resultados de las elecciones regionales; en la mayoría de los casos, no importará por cuál partido postuló la ya autoridad, sino a cuál se integró luego de ganar. Y ese comportamiento después se irá extendiendo a ambas cámaras del Congreso, para que la señora Fujimori gobierne honrando su apellido.
