Una conversación con Abelardo 'Balo' Sánchez León

Abelardo José Carlos Sánchez León Ledgard, Balo para sus amigos, nació en Lima en 1947. Estudió Sociología en la Universidad Católica y en 1974 viajó a Francia donde cursó la Maestría en la Universidad Paris X Nanterre.
‘Balo’ es de aquellos que tuvieron a la sociología sólo como una de sus dedicaciones, las otras son la literatura —mundo en el que ha logrado un reconocimiento importante— así como el periodismo y la docencia. No fue extraño entonces que, desde que se incorporó a Desco en el año 1979, combinara el trabajo de investigación con la publicación de libros y artículos, muchos de ellos sobre temas urbanos. Fue jefe de la División de Investigaciones, vicepresidente de DESCO y director de la revista Quehacer hasta el año 2014, en el que ésta dejó de imprimirse, reapareciendo años después de manera virtual.
A lo largo de su vida, ha escrito algunos de los más importantes libros de poesía de los últimos años, memorables crónicas, varias de ellas dedicadas al fútbol, una de sus grandes pasiones, así como distintas novelas. Recientemente ha incursionado en la crítica literaria con su agudo estudio comparativo sobre la obra de Miguel Gutiérrez y Mario Vagas Llosa y otro libro sobre la poesía de los años 60 en Perú. Ejerce la docencia en la Facultad de Comunicaciones de la PUCP, donde es profesor principal y fue coordinador de la especialidad de periodismo y jefe del departamento de la Facultad de Comunicaciones.
La entrevista a Balo que hoy publicamos es también un homenaje a él y a todos los que pasaron por la revista, en especial a aquellos que hoy no están, pero nos siguen alentando.
Eduardo Ballón: En 1979, casi simultáneamente, nacieron dos revistas similares. Quehacer como expresión institucional de desco y Debate, vinculada a Apoyo. Dos publicaciones con dos sensibilidades diferenciadas. Tú participabas en ambas, tenías amigos en los dos espacios, eras una suerte de puente. Hoy ya no existe ese mundo. Empecé a pensar en eso luego de leer tu estupendo libro sobre Vargas Llosa y Gutiérrez. 1 Fines de los setentas, dos mundos, dos revistas que desde miradas diversas tratan de mirar el país. Y casi cincuenta años después, Vargas Llosa y Gutiérrez….
Abelardo [Balo] Sánchez-León: Eran revistas con un proyecto y un propósito. No era solamente sacar una revista, importaba una finalidad. Creo que la de Quehacer, que es una revista institucional, como Debate también, tenía el proyecto que posteriormente expresó Izquierda Unida, un propósito también de gobernabilidad, de llegar al poder por la vía legal y gobernar. Se veía a sí misma como un gabinete en la sombra. Me acuerdo que Henry Pease jugaba con varios nombres que serían ministros en una futura posibilidad de gobierno.
Debate no tiene un origen en la izquierda, no milita en ningún partido, pero tiene el equivalente de Henry en Felipe Ortiz de Zevallos. Su propósito era justamente debatir, no entre ellos, como ocurre hoy con los chats y los grupos de interés donde todos piensan igual, sino con quienes no. Creo que Ortiz de Zevallos pensaba que había una izquierda, que era importante y sólida y no se quería quedar al margen y se podía participar en una conversación necesaria y que me tiene a mí, quizá como bisagra, dices tú, como que está en un lado y en el otro. Hay un concepto que estamos dejando de lado siempre, que es la clase social. Cada vez más, veo yo que la pertenencia a una clase social es un hecho que explica muchas cosas, entre ellas la relación más personal, las intimidades, los enamoramientos, los matrimonios, que se dan con afinidades de una pertenencia social. Y la diferencia social entre los de Debate y los de Quehacer no era tanta. Éramos básicamente limeños, clasemedieros, mestizos o blancos, educados en colegios privados, que vivíamos en los diez o quince barrios más o menos residenciales de la ciudad.
EB: ¿Vargas Llosa y Gutiérrez?
ASL: Mi intuición era que no eran tan diferentes, grosso modo, son de la provincia los dos, llegan a Lima, una ciudad hostil, tanto para Gutiérrez como para Mario Vargas Llosa. Vargas Llosa, que se educa en colegios públicos, acaba en Piura, en un colegio del Estado, el San José; estuvo en el Leoncio Prado, en La Salle, un colegio de clase media. Miguel Gutiérrez estudió con los salesianos, ni siquiera pasó por un colegio público.
La izquierda que frecuenta Miguel Gutiérrez es el centro de Lima, no es el pueblo joven. Miguel Gutiérrez no conoce el pueblo joven. Incluso, creo que Sendero Luminosos tampoco, y sus mandos, menos, ellos paraban en el centro. Por eso es que yo los intuía en el Palermo, en cierta vida nocturna, cierta bohemia. En algunos departamentos muy pequeños, un poco sombríos. Es mi espíritu de escritor más que de político, el que hace que la experiencia de ambos en términos políticos tenga un paisaje bastante similar. Miraflores, es más frecuentada por Vargas Llosa. Miguel Gutiérrez, como me decía Jerónimo Pimentel, termina publicando en Alfaguara, en el mismo sello que Mario Vargas Llosa, viviendo en una casa de la urbanización Matellini. Entonces, se van acercando en vez de irse alejando.
Alberto Adrianzén: Cuando enseñaba alguna vez en la Academia Diplomática, hacía una encuesta para saber quiénes eran sus padres, de dónde venían, a qué se dedicaban. Porque eso te marca sociológicamente, en términos de las afinidades. Bajo ese marco de la experiencia social, que es fundamental, ¿cuáles serían las afinidades y las no afinidades en ambas publicaciones?
ASL: Las afinidades están en el humanismo, si es que ese término todavía se puede utilizar. En Debate les interesaba el mundo de la cultura, del arte. Les gustaba la música, a Ostoja, por ejemplo. Entonces, había una cierta sensibilidad, habían viajado, habían vivido en el extranjero, dominaban dos o tres lenguas. Había una cierta sofisticación y una experiencia más cosmopolita, incluso en Desco que tenía una vocación de ser un think tank. Esa es una afinidad que hoy está desapareciendo. Ya no hay un afán por culturizarse, hay un activismo político, sobre todo en la derecha peruana, donde el eslogan, la propaganda, el adjetivo, va antes que un argumento, una reflexión, una idea. En ese mundo que hoy se extraña, yo creo que había un espíritu compartido. Ninguno estaba con Sendero, ni con el MRTA. Ninguno estaba con la violencia política. La idea clásica de la revolución podía estar en algunos grupos pequeños de la nueva izquierda, pero de manera, podría decirlo, timorata. Era un proyecto que no se sabía si era posible, si uno estaba en la capacidad de irse al monte; se quedaba entonces en la vida académica. Las ONG también fueron un campo común, porque Apoyo tenía una rama ONG, Y Debate no era su producto principal. El fenómeno de la ONG que ha sido motivo de satanización, es uno de los grandes inventos de la intelectualidad de la izquierda para poder vivir dentro del sistema, siendo uno mismo y no traicionándote ni dependiendo económicamente de terceros o del Estado.
EB: Ahora, las sensibilidades no son patrimonio del conjunto de una clase. Son sectores específicos de una clase que tienen determinada sensibilidad. Me da la impresión que quien jala un poco esas sensibilidades fuiste precisamente tú. Estoy pensando en los primeros números de Quehacer, que no era una revista ‘culturosa’. Lampo, la sección de poesía que luego aparece en Quehacer, no se le hubiera ocurrido jamás a Henry [Pease]. Entonces, ¿cómo miras esta cuestión de las sensibilidades, más allá de desco y Apoyo en relación a la clase, por ejemplo?. Porque tú te has movido en los dos registros: una lógica del mundo de la política y del poder, como sociólogo, y una lógica de la sensibilidad, mi relación con el mundo, conmigo mismo, mis preguntas vitales: poeta. No es una combinación frecuente en determinadas clases sociales.
ASL: Vuelvo a lo de Gutiérrez y Vargas Llosa, para mantener alguna ilación. La de ellos fue una época donde los escritores, incluso los pintores, pero básicamente los escritores, narradores y poetas, estaban altamente politizados. Nosotros venimos de la generación del 50, donde hay una división arbitraria, hoy se ve así, entre poetas sociales y poetas puros. Una discusión a muerte, donde Romualdo encarna al poeta comprometido. Creo que los escritores, los narradores, Miguel Gutiérrez, todo el grupo Narración, el mismo Mario Vargas Llosa, Ribeyro tardío, eran altamente politizados. Alfredo Bryce es una excepción. Recordemos también Los Hijos del Orden de Urteaga Cabrera. Todos tienen una posición política. Yo también, pero nunca la llevé a la práctica, nunca milité, nunca estuve en un partido de izquierda. Acción Popular es un fenómeno interesante, porque deja irse a sus mejores hijos que se radicalizan hacia la izquierda. Mario Vargas Llosa está mucho más tiempo en la Democracia Cristiana que en la izquierda. Su experiencia de izquierda, el Partido Comunista, el grupo Cahuide en San Marcos, dura un año y pico; en cambio, militante en la Democracia Cristiana, por lo menos cinco años, hasta que se pelea porque es tímida la posición del partido frente a Cuba. Y después, la historia lo lleva a la derecha. Él está en la política todo el tiempo.
En mi caso, creo que logré cohesionar las dos dimensiones. La parte literaria, como poeta, era la poesía como creación, no como estudioso. Nunca milité, pero escuché. Estuve en Desco por más de veinte años, veinticinco, pueden ser treinta, antes de irme a la Católica. Y escuché todo lo que tenía que escuchar, desde Humberto Campodónico y el tema petrolero, hasta Alberto Adrianzén hablando del pensamiento político, hice trabajo de promoción en El Agustino y asistí al intercambio cotidiano. Eso soy yo, durante veinticinco años mínimo. Ambas dimensiones están ahí.
AA: ¿Por qué elegiste sociología?
ASL: Por carácter. Uno, además de su clase social, tiene su carácter, su modo de ser, su personalidad, sus debilidades. Y yo, como me dijo una persona, soy valiente, pero no soy fuerte. Y yo supuse que no podía vivir de la poesía, ni de la literatura, pero sí con la poesía y la literatura. Tenía que alternarla con otra actividad menos desgastante emocionalmente, menos intensa. Con el Derecho, iba a ser una traición; acabaría siendo abogado. Ser diplomático es una alternativa para muchos escritores.
AA: ¿Y tú pensaste esa alternativa?
ASL: Yo lo pensé, claro que pensé. Como Saint John Perse que es un gran poeta. En su caso, el seudónimo funciona como ruptura absoluta. Martín Adán no es Rafael de la Fuente Benavides, es Martín Adán. Pero Saint-John Perse era el poeta, el diplomático se llamaba Alexis Leger. Entonces, dije sociología. Y fue muy doloroso. Baltaco Caravedo, que en paz descanse, me dijo que mis angustias estaban en que iba a la universidad en blue jean y no en terno. Sentía que me metía en un mundo nuevo, no había referentes. Aníbal Quijano era el único, pero vivía en Chile, además, en la Cepal. Abogados tenía a todos, desde mi padre, mis tíos, hasta todos mis amigos que se fueron a Derecho. Después de Letras; me quedé solo con Pepe Valderrama que iba a economía con una seguridad ciega, mientras yo a sociología con una ceguera absoluta.
AA: Con la distancia que da el tiempo, ¿cómo ves a personajes que fueron importantes, como [Juan] Cancho Larco?
ASL: Cancho Larco era una mezcla más curiosa que la mía. Era un Romualdo en la medida en que nacía de la poesía, pero la tenía como una preocupación social. Además, eran amigos. Cancho se ubicaba en una minoría que había que respetar. La verdadera democracia respeta a esas minorías, que eran la minoría del espíritu. Pero era simultáneamente un hombre de La Habana en el Perú. Cuba, en la primera década de la revolución, incorpora al mundo de la cultura, de la creación literaria y pictórica, con una extrema libertad. Cuando acaba esa década, que es la del esplendor de Cuba, entra en la órbita estalinista. Y entra en ella por supervivencia. Si no entro a un lado, me va a comer el otro. Para mantener mi independencia ante Estados Unidos, tengo que estar con otro parecido.
AA: Cancho era muy culto, y lo que me sorprende de él, habiendo sido muy amigo suyo, es que simultáneamente a su tono político, produjo cosas no políticas muy buenas, por ejemplo, la introducción que hace a una antología publicada por Casa de los Américas de Arguedas o su adaptación de una obra de teatro de Jarry.
ASL: Hay dos frases sobre Cancho. Una es mía y la puedo decir. La otra me parece un poco cruel. Es de alguien que lo veía como un burócrata del Partido Comunista. Que es una postura bien del Partido Comunista creyendo que se trataba de una persona gris, que no arriesga, que no es aventurero, etcétera. Yo creo que no hay peor mal que te den un don a medias. Que no te lo den todo. Un poquito nomás. Cancho tenía eso. No tenía el vuelo necesario para…, el 30% restante para ser una persona más independiente creativamente.
AA: Eso habría sido tener una postura frente a Cuba distinta a la que tuvo. Sin embargo, en el año 93 cuando viaja a Cuba y después publica en Quehacer, un artículo muy duro contra Cuba, fue acusado casi como agente de la CIA. Creo que entonces empieza a plantearse el tema realmente. Me hubiera gustado que Cancho desarrolle más su parte cultural y literaria y que no se pusiera cubano cuando discutía contigo.
ASL: Recuerdo ese artículo. Lo comenté con Alfredo Bryce y puedo citarlo. Me dijo ¿por qué escribe eso Cancho? ¿por qué pone La Habana y no pone Lima? Si hubiera puesto Lima, y todo sería igualito, el artículo no habría tenido ningún problema. Un poco sarcástico, digamos.
Cuba fue el sinónimo de la revolución pobre. Y ese es un problema hoy porque hoy la derecha tiene un discurso contra lo pobre. Asocian Cuba con la pobreza. Y si no fuera así ya dejaría de ser un poco revolucionario. Entonces, ser pobre entre los pobres —vuelvo a Miguel Gutiérrez—, los de Sendero Luminoso. Los puedes acusar de todo, pero el lujo son unas botellas de cerveza y una chupindanga bailando Zorba. No hay mansiones que tú digas ahí está el líder rumano, el dictador polaco o la dacha de los rusos. Esa austeridad era un valor y Cancho la tenía absolutamente metida a tal punto que lo consideraban tacaño. Pero yo creo que Cancho sí representó… y él sufre mucho con la caída del muro de Berlín.
EB: Volviendo a Quehacer, tuve el privilegio de mirar toda su historia desde Desco, a tres personajes claves que eran Henry Pease, Cancho Larco y Balo Sánchez León. Henry era la obsesión política, el sueño —en el mejor sentido de la palabra— del poder y la fantasía de una izquierda que se junte. Quehacer nace antes de Izquierda Unida y Pease tenía de alguna manera esa fantasía en la cabeza. Cancho era funcional; políticamente se sentía más cerca de Henry que de muchos otros, de nosotros, en desco. Pero con nosotros hacía complicidad frente al estilo de Henry, que era bastante vertical. Cuando Balo aparece en el mundo de Quehacer, Cancho encuentra a alguien que lo ayude para cosas que él no iba a discutir con Henry. Creo que toda la larga primera época de Quehacer hasta que Henry se va de desco, esos fueron los tres personajes. Y en el momento en el que se va, la opción institucional fue darles el grueso del peso de la revista a ti y a Cancho con el apoyo de varios que discutíamos de política y que nos relacionamos con ustedes en distintos temas en la lógica de una collera. Pero ni Marcial le imprimió su sello a la revista, ni quienes lo siguieron en la dirección institucional lo hicieron. Me da la impresión que además de los cambios en el país y en la sociedad, los personajes son irrepetibles.
ASL: Me parece bien una entrada a Quehacer a través de las personas, con nombre y apellido. Henry es una etapa en general para Desco, es una etapa importante, no vamos a hacer ahora un juicio crítico. Pero en relación a la revista, él tenía una vocación política y la pensaba como una revista política, lo demás era complemento. Como Paco Igartua en Oiga; yo la parte política, de la cultura se encargan los otros. Fico Velarde, con una personalidad distinta, era del mismo molde. Marcial tenía un estilo mucho más democrático, además que era agradable porque las reuniones de Quehacer con él, eran en un restaurante en la avenida Brasil, donde se comía carne y organizábamos el número. Marcial, a pesar de todo, origen jesuítico e hijo de militar, era democrático en el sentido de que oía una propuesta, se discutía y se hacía. Todos fueron conscientes siempre que era una revista importante con un gran sostén que ya no existe: no hay sindicatos, no hay gremios bancarios, organizaciones estudiantiles, que eran sus lectores.
A la revista yo entraba también por el lado periodístico. Me ha gustado el periodismo. Según Belmont, yo le preguntaba por qué me invitaba si yo tartamudeo. El respondía que yo me comunicaba rápido, tartamudee o no, era un comunicador. Con los años me volví un profesor de periodismo. En Quehacer, con Beto [Alberto Adrianzén] y Nelson Manrique que también tenían otras revistas, compartimos más, pero me atrevería a decir que el más periodista en términos netos, no bueno ni malo, era yo, porque ellos eran políticos, entonces tu revista tenía una línea, la otra tenía la suya, y Quehacer, como era institucional, no se jugaba el todo por el todo por una línea precisa e imagino que ahí estaban las conversaciones entre los más politizados de la institución con Cancho, para ver cómo soltaba pelota y le daba unas páginas a uno y otras páginas a otro.
Me acuerdo de una entrevista con Aníbal Quijano, que tuvo unas erratas que motivaron su santa ira porque se dio cuenta que no eran erratas, eran una manera de cambiar una palabra por otra. Yo no me daba cuenta de esas cosas, porque no estaba en esa preocupación. Lo que me interesaba era que sea seria y entretenida. Muchas veces me la piropearon preguntando como hacíamos para tener una revista de ONG que no sea de una ONG. Ese me pareció siempre un gran mérito. Fue un momento maravilloso y ahora no hay nada, no solamente porque no hay izquierda sino porque han cambiado muchas cosas y la tecnología también contribuye.
AA: Quehacer fue una especie de escuela periodística, de gente que, como en mi caso, jamás había hecho periodismo, y después pasé por el Diario de Marka y La República. Fue una experiencia muy interesante, porque no he visto ninguna ONG que haga algo parecido.
ASL: Ellos nos miraban con una sana envidia. Muchos tenían una revista, pero les salía el espíritu ONG al toque. Unas sábanas ilegibles que nadie leía, porque nunca pensaban en su público, en su lector. Nosotros superamos eso, creo. Incluso una vez comencé el número con la cultura en la parte de la política, una cultura política, cosa que también los diarios han ido eliminando. Ahora, muchas veces la cultura está reducida a ruinas, la cultura como arqueológica o como folclórica. Fue un tiempo maravilloso. Por eso, varios de mis amigos me dicen que tengo a Quehacer en el corazón. Sé que ese tiempo ha pasado, sé que ya no es el esplendor, sé que el mundo es distinto, que están los jóvenes, que ya no leen. Me van a decir a mí, ellos han sido mis alumnos de los últimos veinticuatro años. Cada vez han leído menos.
AA: ¿Qué reto enfrentaste cuando asumiste la dirección de Quehacer?
ASL: Creo que en esa época ya era una persona muy vinculada con Desco. Muchas personas me siguen identificando con la institución, incluso más que con la universidad. Desco tenía una personalidad y yo era el vicepresidente de relaciones exteriores. En el extranjero era muy conocido y estaba identificado con la camiseta. Era la única que tenía, no tenía ni política ni personalmente, ningún juego propio, como se decía en esa época. Siempre he estado muy identificado con Quehacer, con su espíritu. Me considero afortunadísimo de haber trabajado sin horarios y sin jefes explícitos. Es un lujo, hoy en día es un lujo.
AA: Cancho Larco te revisaba las comas, los puntos.
ASL: Es que Cancho sí tenía una postura política. Yo le decía a Cancho que deje que cada autor tenga su rasgo, para que no toda la revista tenga el manual de El Comercio que ha sido un estilo. Estuve en ese periódico mientras estuvieron Alejandro [Miró Quesada Garland] y Bernardo [Roca Rey]. Como me decían entonces, la gente llegaba a El Comercio y se ponía formal, todos se ponían serios, neutros y dejaban de ser ellos mismos.
EB: Un personaje que no hemos mencionado y que es crucial, sobre todo en el aspecto más periodístico de Quehacer, es Chema Salcedo [José María Salcedo]. Mi impresión es que, teniendo estilos distintos, Salcedo y tú generaron un espacio de libertad en la revista y un estilo que politizaba el manicomio, que politizaba el fútbol. Y abrieron cancha para un estilo relativamente libre que tenía luces y sombras, como cualquier trabajo de edición. ¿Cómo veías tú ese estilo y las similitudes, los matices y las diferencias con él? Porque tenían dos sensibilidades distintas. Si hay algo que tú no has sido nunca es loco. Y Chema tenía una significativa dosis de locura, en el mejor sentido de la palabra.
AA: La virtud y la fortuna con Chema es que él hace periodismo en serio. Va al campo, va aquí y allá.
ASL: Chema también trajo la alegría, porque Cancho era todo menos alegre, festivo por decir una palabra mejor. Festivo, de una buena carcajada que la tenía también, pero era más reprimido, acercándose a sombrío, a veces. Y esta es la idea que un poco la izquierda ha tenido como sesgo. Nunca una camisa de un color fuerte, siempre colores como éste, gris. Yo me sentía bien con Chema. Hemos hecho el voley, por ejemplo. Es un informe que tiene vigencia hasta hoy. Tengo una foto con Cecilia Tait y Chema, voy a enmarcarla. Es una foto histórica. Y Yunta que era un proyecto para salir al campo, a los barrios, donde estuve cuatro números. Yunta, inclusive, fue anterior al nacimiento de La República y en ese sentido era una publicación que se anticipa a una necesidad que luego fue cubierta por un diario y otras revistas.
Chema era así. Creo que su fascinación por el fujimorismo, Fujimori más que el fujimorismo de los albores, se debe a lo popular, que él veía en Fujimori, que es el gran misterio de la política. No se reduce solamente a que haya puesto un colegio, una carretera, que visitaba a los pueblos alejados. Había una identificación. Es más fácil identificarse, para la mancha peruana, con Fujimori que con Sagasti. Y Sagasti debe ser mejor presidente que Fujimori.
AA: Depende de cómo se mire.
ASL: La gran población miraba más cercano a Fujimori, siempre.
AA: ¿Cuál fue un elemento central para ti en Quehacer?
ASL: Yo creo que no tengo muchas habilidades como Garrincha; una de ellas es escribir, editar, me gusta sacar revistas, libros, por eso te perseguía tanto y sacamos un buen libro sobre el pensamiento político peruano, un libro que debería reeditarse.2 Tiene vigencia y se debería hacer un prólogo nuevo. Eso me ha gustado siempre. Encontré la posibilidad gracias a Eduardo Ballón, mientras él se liberaba de esa tarea y hacía otras. Y me dediqué a hacer Quehacer. Incluso la hice después, cuando ya trabajaba en la universidad.
Con Julio Gamero y Molvina Zeballos yo llevo la revista desde afuera, pero identificado siempre con desco. Tenía alumnos jóvenes que practicaban, Martín Paredes, que fue de San Marcos, y otros como Dan Lerner, que empezaron a escribir en Quehacer. Empezaba a ser un tiempo distinto. Cancho tuvo por lo menos 10 personas ‘cautivas’ en desco para escribir. Además de nosotros tres, Nelson Manrique. Humberto Campodónico, Gustavo Riofrío, Julio Gamero y varios más. Es más, la gente escribía en la revista por el prestigio que tenía escribir ahí. Esa fue una ganancia nuestra que no podíamos despilfarrar. Con los cambios en el país y en la vida misma de los involucrados, eso se fue perdiendo paulatinamente. Ahora, todos nosotros ya estamos recontra mayores, en la pirámide estamos arriba. Que estemos activos, que estemos sacando una revista, que yo esté hablando con ustedes es un mérito y ojalá sea por un tiempito más, lo que exige encontrar la conversación con otro tiempo y otras generaciones.
EB: Ayer estuve en una reunión de análisis de coyuntura y el expositor, un científico social joven, hizo una muy inteligente presentación de treinta y cinco minutos, con diez láminas. Cualquiera de nuestra generación se tomaría dos horas en decir exactamente lo mismo y transmitirlo. Lo que me gustó más es que lo hizo con absoluta calma y sin ninguna presunción. Otra generación.
ASL: Sí, no hay que pelear con las otras generaciones. Eso lo aprendí yo como profesor, fue una lección, siempre estuve en mis alumnos desde los veinte y veinticuatro años. Los conozco bien. Mi último ensayo creo que ha motivado un pequeño ruido, nunca me lo dicen directamente porque además no estoy yendo a la universidad, que es un lugar de encuentro. Mi texto no es tan académico, mi lenguaje no lo es, es en tercera persona, es en primera. Me meto, hago crónicas. Cuento una anécdota de Carlos Calderón con Miguel Gutiérrez. Es casi una declaración de amor a Vilma Aguilar, la mujer que muere en la cárcel. Los ha desconcertado un poco pero yo no iba a escribir… creo que no me nace escribir, tan tieso, tan académico. Estoy a mitad de camino entre el ensayo académico y el ensayo periodístico. Porque el ensayo es el que no necesita un marco teórico, es una búsqueda, es un tema también para conversar.
Footnotes
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Torrentes en pugna: Mario Vargas Llosa y Miguel Gutiérrez, de Abelardo Sánchez León. Fondo editorial PUCP, 2023. 426 p. Una reseña de Alonso Rabí puede leerse en Quehacer Nro. 13. ↩
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Se refiere a Pensamiento político peruano, 1930-1968, editado por Alberto Adrianzén y publicado por el Fondo editorial de desco, en 1990. ↩
