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Un desayuno distinto

Sobre ‘Cartílago’ de Juliane Ángeles.

Un desayuno distinto

“Entonces me dijeron que yo debía subir / porque la poesía no podía bajar” (p. 7) es el primer verso de Cartílago. Al leerlo, recordé de inmediato esta línea del poeta argentino Antonio Porchia: “Las alturas guían / pero en las alturas”. ¿Qué quiere decir, entonces, que la poesía no pueda bajar? La primera respuesta, la más obvia, es que ésta debe ser siempre elevada y obligarla a bajar es degradarla al fango de lo existente. La segunda desplaza la acción hacía quien la anhela. Somos nosotros los esforzados en practicar el imperfecto movimiento del ascenso, como un Sísifo rumiando su propia caída a cada paso. La tercera respuesta constata una impotencia que puede parecer paradójica. Aún con el poder que confieren las alturas, hay algo que la poesía no puede hacer: no puede bajar. En otras palabras, no puede no ser elevada, y como el Dios de Vallejo, sufre de no poder sufrir. Es el hombre el que lo hace: “el Dios es él”.

Un cartílago es un tejido grueso y resbaloso que recubre los extremos de los huesos en las articulaciones. Su función principal es reducir la fricción en ellas, absorber impactos al caminar o saltar, así como proporcionar un soporte estructural, firme pero flexible. En el desplazamiento entre la altura del poema y la contingencia del que vive deseándola, hay movimientos bruscos, velocidades imprevistas, tropiezos y lesiones forzosas. El cartílago del deseo recubre sus propios huesos. Los huesos del deseo están hechos de lenguaje. El cartílago amortigua la fricción de las palabras en movimiento, pero éstas se desgastan con el uso, o mejor aún, con el trabajo, y en ese trance, pervive un lenguaje inflamado por su exacerbación. Algo que agota y enciende al mismo tiempo.

Cartílago piensa el movimiento de las palabras en medio de un trabajo enajenado en el que, sin embargo, aún late el deseo, como un murmullo atado a la posibilidad del grito. Hablar, comer y trabajar son parte de una misma trama en donde la boca es a menudo la protagonista, y el tiempo el hilo invisible que teje esa trama: “Toma tiempo cansar la mandíbula hasta sentir el fango / saciar el hambre debajo del agua” (p.13), escribe Ángeles. Más específicamente, esa trama es concebida desde la sensibilidad de una señora que vende desayunos y una voz que se alimenta para dar cuerda al trabajo diario. Desde ese ángulo, la mirada sopesa y distingue, en afrenta directa a la estandarización y al adormecimiento que supone toda rutina laboral. “Cada desayuno que vendo es distinto / es otra la cara que me pidió un desayuno a las 7:30 de la mañana / eran unos ojos aún dormidos la camisa arrugada / el hilo del cuello descosido / al rostro joven y mal pagado de las 8:05 de la mañana / le descontarán los segundos que le tomó saludarme.” (p.15).

En esa diferencia, en ese ‘desayuno distinto’, habita el aliento del poema, y se desliza en el intercambio fluido entre el que vende quinua y pan con queso todas las mañanas, y el que compra algo más que una satisfacción biológica momentánea. “Le pregunté qué deseas corazón / mientras despachaba a una cara seria / y a una cara que trabaja 14 horas / y sonrió / deseo una quinua y un pan con queso (…) mañana / volveré a decirles qué deseas corazón / como si mi pregunta fuera / un superalimento para sus bocas.” (p.16).

Imagino a un trabajador, a un funcionario público, por ejemplo, yo mismo que sigo diligentemente la rutina del jugo de quinua y el pan con queso todas las mañanas, en la esquina de Carabaya con Ucayali, paladeando el bolo alimenticio y el “qué deseas corazón”, antes de empezar a responder mails anodinos y llenar formatos de gestión de rendimiento. O mejor, con Cartílago susurrando, “antes de que este puesto de cemento me impida llegar hasta mí / a otro lugar donde mi cuerpo sobreviva sumergido en calma.” (p.9)

Hay una pérdida de tiempo que es, a su vez, una ganancia de afecto, en el intercambio verbal entre la señora que vende desayunos y el que los compra. El nudo se expresa bien en este verso: “Al rostro joven y mal pagado de las 8:05 de la mañana le descontarán los segundos que le tomó saludarme.” (p.15) Cartílago deduce una verdad alrededor de estos intercambios que, juzgados desde otra acera, serían considerados apenas instrumentales. Esta verdad parece homologar el poema a la lógica que implica perder el tiempo para ganar afecto. Allá arriba, en esa medianía burocrática, en esa máquina de aplanar deseos, cuando el cuerpo hambriento sea otra vez un empleado, cuando del pan con queso no quedé sino migajas adheridas al chaleco aséptico del ‘empleado del mes’, las cosas suceden distinto. “La señora que vende desayunos en la esquina dijo / la poesía trabaja en esa oficina bajo el mando de El Jefe / los poetas han decidido acusar constitucionalmente a la poesía.” (p.7) La lógica es adversa ahora. No se trata de perder el tiempo para ganar afectos, sino de perder calculadamente afectos para ganar tiempo. Eso le ocurre al poema cuando trabaja bajo el mando de El Jefe: deviene lenguaje notarial. En otras palabras, El Jefe cancela la posibilidad de que el lenguaje trabaje en la nada del tiempo; le exige rendimiento, lo conmina a intercambiar sus ruidos por significados estables y productivos.

Si este lenguaje anodino fuera un empleado, sería el ‘empleado profiláctico’, el ‘empleado del mes’, lo premiarían con una taza que lleva grabado su nombre en lettering. Si el poema fuera un empleado, habría ingresado ya despedido para siempre, y su premio, como en el poema de Blanca Varela, sería otro poema, en el que no se oyen vítores, sino “ladridos de perros”. Queda finalmente una máquina, una máquina estropeada habitando esa “oficina bajo el mando de El Jefe”. Hay una diferencia sutil en cuanto a la imagen del estropeo que el final de Cartílago nos ofrece. Pasamos de “el empleado profiláctico del mes / Tratando de escribir un mensaje con la máquina estropeada” (p.17), al reverso afirmativo en el que emerge “la nueva máquina / la máquina de estropear mensajes” (p.17). Ese desplazamiento es liberador. El poema, así, no trabaja con una máquina que falla; más bien produce una máquina nueva cuyo fin es precisamente fallar donde ningún otro se ha atrevido a hacerlo. “Falla otra vez, falla mejor”, diría Beckett. “EMPEZAR por la falla / perder uno a uno los dientes hasta formar el tejido” (p.13) es, para Cartílago, la nueva consigna del poema que no puede bajar porque vive ya abajo, con el cielo sucio de Lima a sus pies.

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