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Semblanzas

Lévano, un amante de la verdad

Lévano, un amante de la verdad
Archivo La República

"Si los trabajadores o pobres son violentos, son noticia; si los trabajados o pobres son pacíficos, no son noticia", escribió Upton Sinclair en La ficha de bronce (1919), un libro dedicado a destripar la hipocresía de la prensa estadounidense de la época. "Es el libro más peligroso que he escrito en mi vida", diría Sinclair, lo que explica por qué nadie quiso publicarlo, así que el autor tuvo que financiarlo con su bolsillo. Entonces Sinclair era un reconocido y respetado reportero izquierdista, no trabajaba para ningún diario de importancia nacional sino en revistas de oposición. No obstante, el presidente Theodore Roosevelt le contestaba el teléfono y lo recibía en su despacho. Sinclair se hizo notorio en 1905 cuando el semanario socialista Apelando a la razón publicó una serie de reportajes sobre las malas condiciones en las que se empaquetaba carne y los trabajadores eran sometidos a jornadas inhumanas. Al periodista no se lo contaron, fue testigo: se convirtió en obrero y se infiltró en las fábricas. Las revelaciones tuvieron tanto impacto que Roosevelt ordenó verificar si lo que había publicado Sinclair era cierto, de lo contrario lo enviaría a la cárcel. Resultó que todo era verdadero.

"Upton Sinclair era un amante de la verdad", nos decía el profesor César Lévano en sus clases de periodismo en San Marcos: "Y cuando un periodista es amante de la verdad siempre buscará justicia", apuntaba mientras nos leía La ficha de bronce. Lévano era un amante de la verdad, y los que fuímos inculcados con ese principio rector, sabemos que él en su vida profesional lo aplicaba. Cada quien es libre de profesar una ideología, religión o cualquier creencia, pero si se dedica al periodismo debe ser un amante de la verdad. Así se gana el respeto, como Sinclair, decía Lévano. Me consta, no solo porque fui alumno de varias de sus asignaturas, sino también porque tuve la fortuna de trabajar con él. Era una maestro inigualable tanto en el aula como en la sala de redacción, así como en la cancha periodística.

Cuando Víctor Raúl Haya de la Torre aceptó que César Lévano lo entrevistara junto con César Hildebrandt para la revista Caretas en 1971, el fundador del Apra sabía perfectamente que el reportero que cojeaba debido a un accidente de tránsito, era un comunista, un enemigo jurado del aprismo, y viceversa. Sinclair también era un comunista, pero Roosevelt se quitaba el sombrero. Turbado por las incómodas preguntas políticas de Hildebrandt, Haya estaba por dar por terminada la entrevista, hasta que Lévano apeló a los recuerdos del fundador del aprismo. Por ejemplo, su amistad con César Vallejo. "¿No querrá que esos maravillosos episodios queden en el olvido?", Lévano le dijo a Haya tocándole el ego. La entrevista continuó, incluso Haya recitó un poema de Lope de Vega.

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Lector voraz, en una época en que no había Internet y la correspondencia llegaba con la velocidad de un caracol que da la vuelta al mundo, Lévano siempre se las ingeniaba para leer las ediciones recientes de Der Spiegel, Le Monde, New Yorker, y diferentes publicaciones en ruso. Y compartía sus hallazgos, como el gran reportaje del alemán Günther Wallraff, quien se infiltró como reportero del diario sensacionalista Bild para demostrar que los reporteros fabricaban las noticias. Algo muy parecido a lo que hacía la superestrella de la revista Der Spiegel, Claas Relotius, recientemente desenmascarado por otro colega. Relotius se había ganado numerosos premios con reportajes que eran una mezcla de verdad y ficción. Si algo detestaba Lévano más en el mundo, era la mentira. No importaba si el autor era de izquierda o derecha.

En plena Guerra Fría nos enseñaba cómo desde ambos lados se manipulaba la información con fines ideológicos. Nos dio a leer El conocimiento inútil, de Jean-Françoise Revel, una furibunda crítica al periodismo de izquierda, y Los guardianes de la libertad, de Noam Chomsky, una exposición de las mentiras de la gran prensa estadounidense sobre el mundo socialista. "En una guerra, debemos escuchar a las dos partes, porque en un conflicto la primera víctima es la verdad", nos decía, citándonos la famosa frase del senador norteamericano Hiram Johnson.

Recordaba que dos reporteros de distinto punto de vista, el australiano Wilfred Burchett y el estadounidense John Hersey, arriesgaron sus vidas para romper el bloqueo a la prensa del ejército norteamericano alrededor de la devastada Hiroshima para informar sobre el costo humano de la primera bomba atómica lanzada sobre civiles. "Reportar con la verdad es uno de los oficios más difíciles del mundo y solo se aprende con la práctica", decía Lévano.

Archivo La República

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Dictó clases en tiempos de plomo. No pocas veces rechazó a los senderistas que pretendían interrumpir las clases, y cuando cerraban la Ciudad Universitaria, dictaba en su casa del Rímac, modestísima e inundada de libros, revistas, periódicos y discos long plays de su música favorita, desde ópera hasta jazz, pasando por criollismo y folclórica. Todo estaba dispuesto en un orden caótico que solo Lévano entendía. Los apagones, bombazos y tiros eran cosa de todos los días durante el conflicto. "¡Pónganse a leer!", les decía en su cara a los terroristas cuando pretendían silenciarlo. No pocas veces recibió amenazas. "Ellos no quieren gobernar un país, ellos quieren gobernar un cementerio", nos decía: "La revolución es luz, no oscuridad".

"¿Qué técnica periodística es la que más recomienda?", preguntó un asistente a una de sus últimas conferencias.

"La modestia", respondió.

El auditorio se inundó en murmullos.

"Estoy hablando en serio. Los periodistas no somos superiores a nadie", arguyó: "No es cierto que el periodismo es el oficio más peligroso del mundo porque arriesgamos más que nadie nuestras vidas. Es peligroso porque si publicamos mentiras, dañaríamos a muchas personas".

El auditorio estalló en aplausos.

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(Julio Cotler, 1932-2019)