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Cultura

El neoliberalismo y el Perú (I): los rostros de Jano

El neoliberalismo y el Perú (I): los rostros de Jano

El escrito explora la forma que adquiere el neoliberalismo en el Perú reciente.1 Como primer esfuerzo, traza el derrotero sobre el fenómeno de la salida individual, una práctica que viene redefiniendo las interacciones en nuestra sociedad. Una tendencia, no exenta de matices y resistencias, producto de la proliferación del mercado y su lógica interna más allá del ámbito económico.

El supuesto que la oferta y la demanda se regulan por sí solas ha dejado de prevalecer sólo como un principio rector de la economía. En nuestro tiempo, el sistema de precios opera como axioma para organizar y revestir de sentido al mundo social. Tres implicancias se desprenden de lo anterior, entrelazadas al grado de reforzarse mutuamente. Dicha forma normativa se ha convertido en una especie de valor universal que se impone sobre la realidad, la conducción de las personas y el modo de gobierno. Esta metamorfosis ha derivado en un intento de sustituir a la sociedad por el mercado. En lo sucesivo, el segundo recurre a un relato de reafirmación para doblegar todo intento disímil de aprehender los diversos fenómenos de la primera.

Si bien su posibilidad radica en la ductilidad de su puesta en práctica, el trabajo de Davies 2 sugiere que ese principio rector convertido en valor universal es consustancial a las diferencias espaciales y temporales manifiestas entre una formación social y otra. La privatización de los servicios públicos ilustra esa heterogénea aplicación. El neoliberalismo ha contado con un engranaje en la liquidación de los activos del Estado en Asía, Europa y nuestra región. A pesar que en cada sitio tomó una ruta distinta, como explica Medeiros,3 su despliegue persigue un propósito análogo: beneficiar la expansión de la economía, al mismo tiempo que incentiva la cooptación de espacios de la vida social hasta entonces ajenos a ésta.

Desprovista de servicios públicos, la población termina asumiendo por su cuenta la responsabilidad de sí misma, aunque muchas veces las condiciones estructurales desborden su capacidad de maniobra y control. No obstante, vale la pena llamar la atención sobre otra concurrencia. En sociedades con brechas históricas profundas, el retroceso del papel del Estado no solo comprime las opciones a disposición al mercado, en un mismo movimiento convierte a esta única puerta de escape en una especie de pacto social soterrado. Bajo ese espectro, el Estado delega a las personas de manera individual, la tarea de lidiar con las deudas sociales, mientras se hace de la vista gorda sobre sus compromisos.

Pero aquí el Estado no solo corresponde a la organización administrativa, sino que, a su vez, refiere al ejercicio de la soberanía política que transforma al individuo en ciudadano y a la multitud en un pueblo. En ese sentido, la dinámica del mercado tramonta por el desvanecimiento de las cuestiones de interés público para su propagación por fuera de la economía. En la extrapolación de su lógica, la interacción cobra la forma de relaciones de intercambio estructuradas por lazos débiles y volátiles, propios del sector privado. Para Streeck, 4 esto facilita el abandono de lo público, deteriorando su calidad y legitimidad. A esta situación se suma la pérdida de perspectiva sobre la fuerza de la acción colectiva, su principal base material.

En el Perú, ese arreglo designa una manera de hacer concreta: la salida individual. Una vez en el mercado, cada quien vela por sí mismo. Atraídos por la satisfacción del deseo que brinda el consumo o forzados por el apremio de la necesidad, la situación personal se desengancha de lo colectivo, atenuandose la conciencia sobre ésta última. En adelante, una concepción de mejora en un mundo competitivo donde las recompensas carecen de nitidez, coloca en suspenso las expectativas sociales. No obstante, esta práctica tan cotidiana en el neoliberalismo, resulta en un paliativo antes que en una solución, porque la desigualdad estructural que decanta en el problema compartido permanece irresuelta, estimulando su reproducción.

Quizás, la baja susceptibilidad por la desigualdad social está asociada a la coexistencia de una economía informal y su opuesta, donde las privaciones materiales de la primera están cubiertas para quienes participan de la economía formal. Una concepción distorsionada de la realidad producto de su capacidad de consumo. En el capitalismo contemporáneo las mercancías pasan por una recodificación estética en la clave del mercado, convirtiendo todo en algo seductor y de rápido descarte. Eso quiere decir que en la formalidad bienes y servicios adquieren una apariencia armónica que embellece aquello que desea promover sin producir extrañamiento, desvinculada de sus condiciones histórico-sociales.

Una muestra de lo anterior es el fenómeno de la tugurización, asociado a la población desfavorecida. El boom inmobiliario ha difuminado una oferta de departamentos de estreno, con diseño y acabados autodenominados como “de primera”, pero por debajo del metraje apropiado para la cantidad de personas que los habitan. Situación semejante ocurre con las condiciones de hacinamiento en los distritos mesocráticos de Lima, mientras gozan de espacios públicos de calidad y equipamiento urbano adecuado. Si la familia aumenta, adecúan la vivienda; si decrece, construyen habitaciones para alquiler. Modificaciones sin el mínimo cuidado de los parámetros formales ni preocupación por el deterioro urbanístico.

En esa medida, siguiendo a Durand, 5 economías con un orden interno y dinámicas diferenciadas tejen vasos comunicantes, en tanto operan en el mismo mercado. Cierto es que los problemas compartidos se agudizan para quienes tienen dificultad de acceso al consumo. En la economía informal, los modos de resolver la vida van por cuenta de cada quien: a la falta de trabajo, el autoempleo; frente a la vulneración del derecho a la vivienda, la invasión; para sortear la precariedad del transporte urbano, las rutas paralelas y los colectivos; entre otros. Esto es, una especie de creación heróica desde abajo que sólo atiende a la urgencia inmediata, de corto plazo, sin cambiar las estructuras sociales que condicionan su desigualdad.

Ahora bien, la acción fragmentada encoge el campo de visión sobre su existencia como una comunidad política. Orientados según el poder de compra (lo formal) o la habilidad para sortear obstáculos (lo informal), los implicados, es decir, la sociedad en su conjunto, pierden afinidad y compromiso por las cuestiones de interés común y, en menor medida, la toma de decisiones. El bienestar colectivo se pospone y las desigualdades comienzan a pasar desapercibidas. Por tanto, la libre elección de unos y el esfuerzo propio de otros son dos caras de la cultura de la salida individual que, sostenida por el régimen del empresario de sí mismo, redefine los términos mediante los cuales interactuamos.

Footnotes

  1. El presente texto es una reflexión sobre algunas tendencias en la sociedad, no exenta de matices y resistencias, producto del conversatorio organizado por Red Editorial Perú por la publicación de ¿Qué es el neoliberalismo? de Massimo de Carolis (2022).

  2. Davies, William. 2016 “El nuevo liberalismo”, en New Left Review 101 (Nov. Dic.): pp. 129 – 143.

  3. Medeiros, Carlos. 2009. “La liquidación de los activos del Estado”, en New Left Review 55 (Mar. Abr): 98-119.

  4. Streeck, W. 2017. ¿Cómo terminará el capitalismo? Madrid: Traficante de sueños.

  5. Durand, F. 2007. El Perú fracturado. Formalidad, informalidad y economía delictiva. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú.

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