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Fenomenología de la espada

Sobre “Las independencias antes de la independencia: miradas alternativas desde los pueblos”

Fenomenología de la espada
IEP

Las celebraciones del Bicentenario en el 2021 tuvieron una expresión muy limitada debido a la pandemia del COVID-19 que hizo que el Perú tenga la más alta tasa de mortalidad acumulada por millón de habitantes a nivel mundial. Sin esa catástrofe, sin embargo, tampoco habrían sido celebraciones muy apoteósicas, la verdad sea dicha. Quiero detenerme en esta observación porque puede servir para entender ciertas configuraciones básicas de la sociedad en la que vivimos.

El primer lugar en la fatal lista de víctimas del COVID-19 es revelador por el carácter aparentemente enigmático. A diferencia de países como Estados Unidos o Brasil que también fueron duramente afectados por la pandemia y donde hubo una actitud negacionista por parte del gobierno y algunos sectores sociales, en el Perú las cosas fueron al revés. Inicialmente el gobierno siguió una política by the book respecto de las recomendaciones de la OMS y tampoco tuvimos movimientos sociales anti-vacunas en una magnitud significativa. La mayor cantidad de muertes ocurrió además durante la segunda ola, donde por lo tanto el factor sorpresa no fue decisivo. ¿Qué sucedió entonces? ¿Por qué hubo esa distancia entre ‘el libro’ de la OMS y la sombría realidad? Demás está decir que todo esto fue acompañado de un discurso marcado por metáforas militares: se trataba de una guerra contra el COVID, de batallas que había que ganar a un enemigo amenazante. Todavía recuerdo la retórica de cuartel de una funcionaria que fue Ministra de Salud que declaraba que ella era como el capitán de un barco y que sería la última en abandonarlo...lo que sucedió es que fue obligada a renunciar en medio de un escándalo por haberse vacunado sigilosamente cuando todavía las vacunas no estaban disponibles para todos nosotros.

Esta inadecuación entre el libro y la realidad ciertamente no es nueva y aún sigue vigente: en los últimos años cada tanto aparecen en los medios de comunicación declaraciones sobre la ‘buena salud’, valga el sarcasmo, de la economía peruana de cifras macroeconómicas impolutas junto con un sistema de salud y de educación deplorables. El sentido de igualdad ciudadana, una reivindicación republicana elemental, no está incorporado al funcionamiento del acceso a los servicios públicos. De hecho, en el momento de mayor mortalidad de la pandemia la actitud del gobierno y los medios fue responsabilizar a la población por la catástrofe. Las imágenes de colas interminables de personas desesperadas para conseguir un balón de oxígeno para sus familiares quedarán grabadas en la mente de quienes estábamos pasando también por el tiempo del Bicentenario de la Independencia. Vivimos en una sociedad con un sentido de ciudadanía extremadamente frágil y donde hay una distancia enorme entre el Estado, la cultura pública y las condiciones de vida de la mayoría de nosotros. El Bicentenario llegó de la mano con la vida precaria en su acepción más literal.

Este es el horizonte en el que estamos al recordar el proceso de la independencia del imperio español. Uno de los grandes enigmas de la memoria oficial peruana es la ausencia de héroes fundadores de la Independencia. Antes de entrar en algunos detalles me parece importante lo que considero el esfuerzo básico que anima la publicación de Las independencias antes de la independencia: miradas alternativas desde los pueblos: contribuir al proceso de formación de un reconocimiento de héroes locales de la independencia.

Efectivamente, lo que más llama la atención es la ausencia de héroes nacionales de la independencia como parte de una efemérides. Me interesa destacar algunas características: las figuras centrales, San Martín y Bolívar, son el refuerzo permanente de lo que en el libro se llama una concepción ‘exógena’; en segundo lugar son figuras militares, extranjeras y, como inevitable correlato, no son los principales héroes de una identidad nacional republicana como sí sucede con los personajes de la Guerra del Pacífico.

Ciertamente es grave, y mucho, que el proceso de la independencia no esté marcado en la memoria histórica por héroes que puedan ser reconocidos como parte de un nosotros. El material reunido en este libro ofrece una amplia crítica de esta ausencia, así como describe una variada muestra de episodios y personajes que merecen ser parte de una galería nacional de héroes.

Una primera reacción ante el señalamiento de una falta de héroes nacionales de la independencia sería decir algo como "bueno los representantes de la nacionalidad existen y son los que resultaron de la Guerra del Pacífico". Justamente ahí llegamos al centro del problema. Hay una diferencia cualitativa fundamental en los acontecimientos que forman parte de la Guerra del Pacífico y aquellos del proceso de la independencia. En el primer caso lo que estaba en juego era la apropiación de territorios, lo que ciertamente se definió por la vía violenta de la guerra. No era una disputa por la forma de gobierno o por la mejor forma de organizar una sociedad. Ni siquiera se puede decir que hubo ideologías ‘precursoras’ de la guerra. Los héroes reconocidos son quienes estuvieron en la primera fila de los acontecimientos militares y de hecho, personajes civiles como Prado, que en ese momento ya no era militar para efectos prácticos, o Piérola, están marcados por la ignominia o la controversia, respectivamente.

Me pregunto si el carácter traumático adjudicado a la Guerra del Pacífico no es más bien el reverso de contenidos reprimidos en los procesos de independencia. En este último caso las luchas, y las ideas, sí tenían que ver con cuestiones como la mejor forma de gobernarse y el tipo de sociedad que se quería. En psicoanálisis hay una categoría que Freud utilizó en las etapas iniciales de su obra y que luego fue dejada de lado, que llamó ‘los recuerdos encubridores’. Consiste en cómo la mente decide recordar con extrema minuciosidad ciertos episodios para no ocuparse de otros que son los que realmente interesa ocultar. El recuerdo encubridor es de mucho interés para la historiografía pues no se trata de olvidos en el sentido usual de la palabra, sino más bien en un movimiento para desviar la atención de la cuestión que es la fuente del malestar.

Lo encubierto es el largo proceso de la independencia que tuvimos, ya sea en la versión maximalista va de 1780 a 1824 y en la más acotada, de 1811 a 1824. ¿Qué está en juego en esta manera de organizar la memoria colectiva a partir de investigaciones históricas? Aquí, si bien hay hechos militares, no se trata de una guerra entre ‘hermanos enemigos’. Son conflictos en torno a una definición política: si se continuaba como colonia, si se optaba por el autogobierno o si se proclamaba una república. Hay una confluencia entre intereses económicos y sobre todo proyectos políticos. Sin embargo, de esta riqueza de acontecimientos no hay registro públicamente legitimado de héroes y heroínas, de una ciudadanía republicana y democrática.

En efecto, la independencia es mostrada como exógena y como un hecho de armas, de las espadas, si se me permite esta figura. En lo primero, como ha destacado Cecilia Méndez, no solamente es exógena sino que además llegó por la costa, por el mar. La figura del desembarco en Pisco y el sueño de San Martín y la bandera, luego la conferencia de Guayaquil con Bolívar y la llegada de este a Lima, toda la narración no solamente la muestra como venida de fuera sino además que llegó por la costa antes que por los Andes. Elementos muy convenientes para elaborar una narrativa pesimista de la república como compuesta de una mayoría de la población que no estaba en condiciones de ser parte de una república.

En una narrativa así, lo que sobran son las ideas, la discusión política, una cultura pública. Hacer una historia de los inicios de la república se convirtió en una fenomenología de la espada, en mostrar una lucha de caudillos y el consiguiente período de la ‘anarquía’. El trabajo inicial de Juan Carlos Estenssoro muestra de una manera muy sólida que, en el proceso de la independencia se trataba de una contienda política, donde habían ideas en juego sobre cuál era la concepción de poder que debía orientar las acciones, o si había o no el derecho a una ciudadanía originaria. Este punto me parece de importancia fundamental. Negar la ciudadanía a la población originaria ha dado lugar a una amplia literatura del indio-autómata: un ser despolitizado que solo es capaz de comportamientos pavlovianos. Aquí entramos de lleno al terreno de las ‘sublevaciones’ ‘rebeliones’ ‘revueltas’ ‘de indios’. Cuando se revisa buena parte de la literatura existente sobre el tema aparecen dos extremos en las interpretaciones de los acontecimientos: o un economicismo crudo donde hay una correspondencia directa e inmediata entre aumento de tributos y rebeliones o, un poco después, las explicaciones del exotismo psicótico colectivo: las creencias extravagantes que posibilitan la aparición de comportamientos incomprensibles desde cualquier racionalidad: lo indígena mesiánico.

Para concluir, agrego un par de observaciones: la primera es que en la actualidad, en este 2022, todavía estamos dentro de la estela restauradora de los últimos treinta años. El siglo XX, en mi opinión, ha estado marcado por ciclos políticos de unos treinta años. Tras el Oncenio, vino un periodo de feroz restauración hispanófila de 1930 a 1960. Luego hay un cambio de periodo que empieza con las movilizaciones de sindicatos campesinos en el Cusco y el triunfo (invalidado) del Apra en las elecciones de 1962, ciclo que culmina con el autogolpe de Fujimori en 1992. En esos treinta años se concentró lo mejor y lo peor del siglo XX. Luego vino otro ciclo restaurador que ya da algunas muestras de agotamiento. Crecimiento económico y un conservadurismo cultural notorio. En ese contexto se entiende que una figura del siglo XIX, autoritaria por excelencia como Bartolomé Herrera aparezca mencionado con una cierta frecuencia por los editores. Las ideas de ‘gobierno fuerte’ han tenido mucho arraigo en estas décadas recientes y la democracia, el equivalente del siglo XX de la soberanía popular del XIX ha sido muy relativizada, como puede observarse en cosas tan dispares como el respeto a los derechos humanos o las precipitadas judicializaciones que han tenido como resultado un sensible debilitamiento de la actividad política propiamente dicha. Al punto que en la actualidad por ‘justicia’ se entiende la justicia retributiva, la dimensión punitiva, la de la espada precisamente. Las diferencias políticas se reducen a quiénes son los que deben estar en la cárcel y quienes no. La justicia distributiva y del reconocimiento de derechos, que ocupa un lugar de primera línea en el libro que comentamos, ha quedado considerablemente relegada.

Esto último subraya además la pertinencia de esta publicación que nos recuerda que el largo proceso de independencia fue una disputa por el poder pero también por un sentido de justicia moderna, ciudadana donde hubo espadas pero sobre todo política.

Las independencias antes de la independencia: miradas alternativas desde los pueblos. Juan Carlos Estenssoro y Cecilia Méndez (editores). Lima, IFEA/IEP, 2021 525 pp.

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