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Internacional

29 días en China

29 días en China

Es imposible no relacionar mi voluntad de conocer China con el inicio de mi vida política en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en la década de 1970. He buscado en los últimos meses la razón de fondo de esta voluntad y la encuentro en la impresión que causó en mí esa conexión entre igualitarismo, nacionalismo y audacia que profesaba la versión china del marxismo y su aplicación en la construcción socialista, expresada en Mao Zedong. Recordemos el énfasis heterodoxo en el papel del campesinado en el cambio revolucionario, su concepto de la guerra ‘popular y prolongada’ o las cartas que la dirigencia china intercambia con la soviética y motivan los Nueve Comentarios —base de la ruptura a principios de la década de 1960— hasta la Revolución Cultural y su énfasis en ‘la revolución en la revolución’, antes que se conociera el revés de ese proceso.

Además de esas razones tempranas, y del interés por las transformaciones producidas en los últimos casi cincuenta años, me invadían también preocupaciones más inmediatas. Por un lado, las apreciaciones de la izquierda occidental y más específicamente latinoamericana sobre el viraje ocurrido en China con Deng Xiao Ping a partir de 1978, y por otro, el creciente papel de China en el mundo en las últimas décadas, dado que un frente muy importante de su desarrollo económico y político, se enfrenta al dilema crucial de una expansión que evada la pretensión imperial, tal como hoy mantienen y practican los Estados Unidos, y la han practicado otros países occidentales.

Finalmente, me interesaba la cuestión democrática. Mal que nos pese o por el contrario, nos entusiasme, desde este ‘extremo occidente’ que en algunos sentidos es América Latina,1 es muy difícil ver China con otros ojos que no sean los de la tradición política occidental y la influencia de la democracia liberal. Sin embargo, a partir de los éxitos económicos y sociales y la situación de crisis —en algunos casos bancarrota— de la democracia liberal, cabe tratar de entender también en términos políticos el régimen institucional chino.

Shanghái

La amabilidad de nuestro anfitrión de la Universidad de Fudan, que nos esperaba con un taxi en el aeropuerto de Pudong, hizo que dejáramos para otra ocasión la experiencia del tren bala que une el aeropuerto con el centro de Shanghái en sólo ocho minutos. En cambio, nos dirigimos a Shanghái por una autopista de ocho carriles y múltiples viaductos que nos fue mostrando la arquitectura de la metrópoli desde sus suburbios hasta su centro mismo. Shanghái es hoy una urbe de casi 30 millones de habitantes. El área es de poblamiento antiguo, pero se desarrolla como una ciudad moderna a partir de la agresión europea contra China en la segunda mitad del siglo XIX a partir de la Guerra del Opio y la firma de los ‘tratados desiguales’ que obligan a China a conceder porciones de su territorio a diversas potencias occidentales. Así, barrios enteros se conocen aún hoy por el nombre de la nacionalidad de quienes fueran sus residentes extranjeros, como la ‘concesión británica’, o la ‘concesión francesa’, donde nos alojamos.

Los rascacielos dominan la imagen de la ciudad. Al principio se cree que es sólo el centro, pero sucede también en lo que parecen los suburbios, donde se aprecian miles de torres iguales, con centros comerciales y de servicios en torno a los que se agrupan. Aquellos aún deshabitados, reflejan la difícil correspondencia entre oferta y demanda inmobiliarias.

Es inevitable que esta modernidad no se presente como lo dominante y a ratos aplastante. Sin embargo, dentro, detrás o al costado de sus edificios modernos, se repiten construcciones de otras épocas, callejones con pinturas de otros tiempos que recuerdan una ciudad distinta, ya ida. Incluso se descubren restos de la arquitectura art decó característica del centro de Shanghái en la década de 1920, como el conjunto de edificios, bancos, grandes hoteles y restaurantes de lujo que dan al malecón —conocido como el ‘Bund’— al borde del río que atraviesa el centro de Shanghái.

La movilidad en la ciudad es familiar y ante todo juvenil. Destacan las familias que se mueven en grupo: abuelos, padres, hijos y nietos; diferenciándose por el tipo de ropa que usan, que va desde la simpleza de los abuelos a la ropa de moda de los hijos y nietos. Los jóvenes, abrumadora mayoría entre la población, se dejan notar por sus hábitos de consumo, especialmente de ropa de grandes marcas, muy similar a la de Estados Unidos y Europa Occidental. Los anuncios de servicios y de productos —la mayor parte, occidentales— enturbian la visión y son imposibles de evitar. En ellos se nota una suerte de admiración por ‘lo otro’ que se cuela en la vida cotidiana: formas de vestir, automóviles, marcas extranjeras y organización urbana. Este consumo juvenil se repite en otras ciudades como Nanjing y Beijing, pero sin alcanzar la masividad de Shanghái, que parece ser la cara de la abrumadora prosperidad china. Una prosperidad que, más allá de las cifras, se ve en la gran actividad de una ciudad que no parece detenerse nunca y en cuyo centro mismo se encuentra el Museo del Partido Comunista de China (PCCH).

El PCCH, que ha dirigido China en las últimas casi ocho décadas, fue fundado precisamente en Shanghái en 1921. Su local original, a sólo unos metros del Museo, ha quedado paradójicamente dentro de un barrio hoy ocupado por grandes centros comerciales y tiendas de lujo. El museo es una muestra más del extraordinario desarrollo museográfico de China: contiene una presentación de los últimos cien años de historia del partido con una multitud de recursos a disposición, desde los fotográficos, el video, los muebles y objetos de los dirigentes, hasta esculturas tamaño natural de los dirigentes más importantes. Todo está desplegado en una cronología que tiene como trasfondo la historia contemporánea de China y llega hasta la actualidad, sin ocultar el lugar preeminente de la actual dirigencia, que se ha destacado por darle especial protagonismo a la historia en su discurso político.

Nanjing

El viaje Shanghái-Nanjing fue el primero que realizamos en un tren de alta velocidad, entre 250 y 400 km/hora, movido con energía eléctrica. Aunque menor en población con aproximadamente 10 millones habitantes, en Nanjing parece repetirse el patrón urbano de Shanghái: rascacielos, miles de torres de oficinas y viviendas, y viaductos que anuncian una ciudad que parece infinita y un centro que casi no logra distinguirse.

Allí nos esperaban dos sitios monumentales impresionantes: la tumba del primer emperador Ming y el memorial de la masacre japonesa de 1937. El primero, ubicado en la falda de una colina a la que se asciende trabajosamente, recuerda al emperador que derrotó a los mongoles, Zhu Yuanzhang, que estableció la dinastía Ming, gobernó como emperador Hongwu durante el 1300 y volvió a unificar China. El segundo, rememora la masacre de 300 mil chinos en una semana por el ejército japonés, cuando este tomó Nanjing en la guerra chino-japonesa. Construido en 2014, este memorial cuenta con un gran despliegue de recursos museográficos —fotografías, películas, grabaciones, esculturas y reconstrucciones de diversos lugares de la antigua ciudad— para mantener la atención del visitante durante un recorrido de aproximadamente dos horas en las que el horror de lo sucedido penetra hasta los huesos. En ambos casos, la historia china, ancestral y contemporánea, toma el primer lugar para recuperar los valores de la tradición y de la paz.

Beijing

No puedo sino volver a empezar por el tren de alta velocidad, que en este caso recorre los 1300 km que separan Shanghái de Beijing en cuatro horas y media. Me asaltan en el recuerdo los viejos Amtrak que he tomado muchas veces en el tramo entre Richmond y New York en los Estados Unidos, verdaderos vestigios del pasado que no creo nunca hayan superado los 100 km/h y que aún usan, por lo que sé, el sucio diésel de antaño.

En Beijing empiezan a apreciarse las diferencias. Aquí la modernidad aparece en un ambiente en el que predomina el gobierno. Asoma la presencia rural, quizás por el inmenso flujo de población visitante del interior de China hacia todos los puntos de atracción turística. El poder ancestral y contemporáneo se plasma en la Plaza Tiananmen y la adyacente Ciudad Prohibida, que rememora a las varias dinastías imperiales, que, aunque no siempre tuvieron a Beijing como sede, atraviesan 22 siglos de historia china, desde el 220 AC, hasta 1911. Rodean la plaza El Gran Palacio del Pueblo y la tumba de Mao Zedong, que expresan el poder actual de China.

Dos días nos costó entrar al complejo central, luego de superar un formidable operativo de seguridad y siguiendo una fila-procesión entre dos y tres horas en cada oportunidad. Éramos parte de una minoría de turistas extranjeros abrumadoramente superados por los visitantes chinos. La Plaza Tiananmen presidida por un gran retrato de Mao Zedong, es una muestra de la legitimidad del poder a través de la figura del gran líder nacional, quien, a pesar de los giros políticos ocurridos, es valorado por su papel en la fundación de la China moderna. La peregrinación continúa en la Ciudad Prohibida y los jardines imperiales y canales que la rodean. Entre sus árboles, un viento fresco brinda un solaz indispensable a 38 grados de temperatura.

Un destino obligado en Beijing es la Gran Muralla. Por el esfuerzo de la subida y el recorrido a 35 grados de temperatura, sólo nos permitimos una pequeña muestra de sus miles de kilómetros de extensión. El magnífico monumento es expresión del poder imperial que ya tuvo China en el pasado y que indudablemente inspira su desarrollo actual. También está en Beijing el mercado Panjiayuan, en el que se vende todo lo que uno se puede imaginar, principalmente artesanía, antigüedades, perlas y arte popular chino. Allí vemos en toda su extensión el regateo, la discusión del precio de cada mercancía sin límite ninguno, donde cualquier objeto puede terminar costando la tercera o cuarta parte de la oferta inicial. Esta costumbre, muy extendida en otras épocas, viene siendo acotada por la formalidad de los nuevos centros comerciales que relegan, con sus pros y sus contras, el comercio tradicional.

En Beijing también empieza a notarse un cambio en la gastronomía. Los sabores se hacen más fuertes y los platos muestran toda su personalidad. Esto es especialmente relevante en el famoso, en términos peruanos, ‘pato pekinés’. El gusto por este plato y su peculiar corte, preparación y sabor me venían del chifa de mi barrio en Lima. No dudamos en probarlo una vez que descubrimos que muy cerca al hotel había un restaurante dedicado exclusivamente a tan delicioso plato.

La democracia y el Perú desde China

Acudí a la Universidad de Fudan —antigua universidad china y una de las más reputadas del país— invitado a dar una conferencia sobre los dilemas de la democratización en América Latina. 2 Temas como la democratización y la democracia no son fáciles de abordar en China. Venimos de tradiciones políticas muy diferentes. Sin embargo, el que sostuviera en mi presentación que los dilemas latinoamericanos están en relación con la crisis de la democracia liberal y la necesidad de superarla, hizo que se pudiera abrir un espacio de debate y un punto de reflexión común entre el éxito chino y el ‘extremo occidente’ de América Latina.

Sin embargo, el encuentro más importante de toda nuestra gira lo tuvimos en Beijing con los directivos del Centro para China y la Globalización (CCG), el Dr. Henry Huiyao Wang y su esposa la Dra. Mabel Lu Miao; el primero fundador y presidente y la segunda cofundadora y secretaria general. El CCG, una institución no gubernamental con importantes lazos con el gobierno chino, es uno de los centros más importantes en el estudio de las relaciones internacionales y especialmente de las relaciones de China con el mundo. 3

El primer encuentro con Henry y Mabel fue durante una cena que invitó la embajada del Perú en Beijing. La conversación continuó luego cuando el CCG correspondió con otra invitación a cenar en su sede principal. En un intercambio informal, hablamos del papel de China en el mundo como la potencia que es hoy día y las posibilidades de cooperación con otros países. El Dr. Wang señaló la preocupación por lo que consideran provocaciones armadas y focos bélicos en el planeta. Al respecto, fue muy enfático en señalar que China no quiere la guerra y por ello desarrolla una política de paz, dirigida al entendimiento con Occidente, especialmente con los Estados Unidos. También nos explicó las características del modelo chino de desarrollo — oficialmente denominado ‘socialismo de mercado’— basado en un Estado fuerte que ha dejado al libre mercado, de iniciativa tanto nacional como extranjera, aproximadamente el 60% de la economía, reservando el 40% para el Estado central y los gobiernos regionales y municipales. Esta combinación, según el Dr. Wang, es lo que ha permitido el éxito económico chino, llevando al formidable crecimiento, la gran capacidad de inversión en la propia China y a un bienestar económico donde más de la mitad de la población, unos 850 millones de personas, tienen ingresos entre medios y altos. Sin embargo, esto no quita que China tenga una tarea pendiente en el ámbito rural, donde todavía se concentra el mayor atraso en el país.

Este progreso se ha realizado, precisa el Dr. Wang, bajo la dirección del PCCH que afirma una dirección marxista e incluso leninista. Al respecto, señala que pese a las discusiones sobre el nombre y en consecuencia la filiación ideológica del partido, no se ha resuelto ningún cambio, como una manera de afirmar tanto su corrección como también la trayectoria que los ha llevado al lugar actual. Asimismo, subrayó el carácter meritocrático del sistema chino y cómo se había combatido en la última etapa tanto al nepotismo como a la corrupción.

En referencia al Perú, quizás el objetivo inicial suyo para encontrarnos, señaló la extrema inestabilidad política del país, problema de fondo y característica imposible de soslayar, más allá de asuntos económicos y comerciales. No pude sino manifestar mi acuerdo con su evaluación. Otro aspecto de la conversación se refirió a la valoración del legado de Mao Zedong, a quien se reconoce un liderazgo indiscutible en el triunfo de la revolución y la derrota del antiguo régimen, lo que dio curso a la República Popular China. Sin embargo, se le achacan errores en la construcción socialista, en especial por su concepción igualitarista y por no haberle dado suficiente importancia al desarrollo económico. En la amplia charla, aprecié la erudición del Dr. Wang, sobre todo respecto de la herencia soviética y como ésta se tradujo inicialmente en China. La calificación de un cuadro político como mi interlocutor, capaz de desplegar una visión tanto nacional como planetaria de la política de su país, es algo impensable en el Perú, donde desde hace muchos años nos encontramos enfrascados en fracasos que no nos permiten avizorar la luz al final del túnel.

En Xi’an y Pingyao

Otro tren rápido nos llevaría a Xi’an, en un recorrido de 1200 kilómetros desde Beijing. La fama mayor de la ciudad se la dan hoy los ‘guerreros de terracota’, estatuas de tamaño natural de los soldados de guardia en la tumba del emperador Qin Shi Huang, quien fundó la primera dinastía imperial, conocida como Qin, el año 221 A.C. Es una muestra del grado de civilización que había alcanzado China hace ya 22 siglos.

La antigua capital imperial, de 13 millones de habitantes, es el ingreso de lleno a la China tradicional. Las dos grandes torres, de las campanas y de los tambores, presiden el centro de la ciudad. La enorme muralla, que ahora solo rodea el centro de la ciudad moderna, fue rebasada por el ímpetu de la urbanización. Se multiplican ambulantes y carretillas compitiendo en una batalla perdida de antemano con los grandes centros comerciales, en cuya puerta buscan colocarse desafiando a la policía local. En Xi’an se acentúan los sabores de la comida que ya sentíamos en Beijing. Nos dicen que es la influencia musulmana, eco de la ancestral ‘ruta de la seda’. El ‘pato pekinés’ lo compramos esta vez en un pequeño local donde tres jóvenes operaban un brasero y trozaban el ave en una mesa casi en la calle, frente a una larga cola de clientes chinos.

Pingyao, la ciudad amurallada de la China antigua, nos traslada a la época medieval. Destacan, además de la muralla, la torre de la ciudad, un gran observatorio en el centro urbano desde el que se aprecia toda la vida del lugar, el templo de Confucio y el local que presentan como el primer banco de la China. Algo que resaltaba en diversos negocios como restaurantes, tiendas de antigüedades e incluso nuestra casa-hotel —una vieja casa de familia que ofrece cuartos como alojamiento— es la presencia de la imagen de Mao Zedong, en este último caso acompañada de flores frescas al costado de una vieja fotografía de la década de 1950. Aquí, en restaurantes de todo precio se puede degustar exquisiteces culinarias ancestrales, propias de la cocina de Shanxi, como la carne de vacuno marinada con una salsa picante. Además, un fabricante del delicioso vinagre balsámico de la zona nos invitó un licor que obtenía junto con la destilación del vinagre, una bebida que nos hizo evocar a nuestro pisco quebranta.

Yan´an

Ya´nan es considerado la cuna del pensamiento de Mao Zedong. Ese lugar montañoso al norte de China, por entonces rural y pobre, albergó a la dirección del Partido Comunista entre 1935 y 1948, desde el final de la Larga Marcha hasta la ofensiva final sobre Beijing y la toma del poder. La Larga Marcha —retirada estratégica del Ejército Rojo ante los embates del llamado Ejército Nacionalista de Chiang Kaishek— significó la afirmación del liderazgo de Mao Zedong, quien logró juntar a los restos de la dirección y las bases del partido bajo su mando, cambiando la estrategia militar y priorizando la lucha contra el invasor japonés.

Es en Yan´an donde se plasma el cambio de estrategia en el curso de la revolución china, alejándose del consejo soviético, y donde se constituye el grupo de dirección que realiza ese empeño. Este cambio, que pone ‘la política al mando’ es el que produce posteriormente el aislamiento de las fuerzas de Chiang Kaishek, a pesar de su superioridad militar, y la victoria de las fuerzas encabezadas por Mao. Es algo similar para el pensamiento político a la transformación que produce Gramsci cuando escribe La revolución contra el Capital en referencia a la heterodoxia leninista en la revolución rusa, o más todavía cuando plantea el paso ‘de la guerra de movimiento a la guerra de posición’ en los Cuadernos de la Cárcel.

Mao recuerda que en 1935 Yan´an era una aldea campesina de no más de mil habitantes, mientras que la ciudad a la que arribamos tiene en la actualidad un millón trescientos mil, con infraestructura similar a la de otras ciudades chinas de su tamaño: metro, viaductos, vías expresas, estación para tren de alta velocidad que atraviesa las montañas por túneles y puentes, etc. Hay tres lugares de culto: Zaoyuan, muy cerca de las montañas, donde hay una reproducción de las casas en las que la dirección vivió y trabajó, así como múltiples fotografías y esculturas tamaño natural de los líderes revolucionarios. Yangjalin, donde está el auditorio en el que se llevó a cabo la reunión que consagró formalmente a Mao como el líder del PCCH. Finalmente, el Memorial de la Revolución, que tiene una excelente presentación de la etapa decisiva de la lucha revolucionaria, tanto de la guerra contra el gobierno de Chiang Kaishek, como de la lucha contra la invasión japonesa. En contraste con los sitios anteriores está la pagoda Bao, una torre del año 500 DC que destaca en una montaña sobre la ciudad y que por la noche es magníficamente iluminada. La visita a Yan´an hace ver la carencia desde la que se alzó la revolución china, la extrema pobreza en que vivieron sus dirigentes, para luego de casi un siglo, haber sus herederos construido la potencia que es la China actual.

Chengdu

Nuestro periplo termina en Chengdu, casi en el centro de China y a varios miles de kilómetros de la costa. Una ciudad antigua e importante hace siglos, ligada a los inicios de la Ruta de la Seda, convertida hoy en una gran urbe comercial de 21 millones de habitantes. Allí llegamos atraídos por el Buda gigante de Le Shan, de 71 metros de alto y 1200 años de antigüedad , y el bosque de los osos Panda, que identifican a China alrededor del planeta.

Como turistas, se nos ofrecen dos caminos para ver el monumento, esculpido en una montaña que está en el cruce de tres ríos: subir a pie o tomar un bote que nos colocara al frente. La subida a pie, con una temperatura entre los 35 y 40 grados centígrados, rechazando toda ayuda ofrecida, nos permitió llegar a la cabeza del Buda, pero a costo de sufrir lo que se denomina un ‘golpe de calor’ que nos puso al borde del desmayo y nos hizo emprender de inmediato el regreso al hotel. La poca energía restante antes de regresar a Shánghai fue para saborear la comida intensa de Chengdu, en un restaurante en apariencia sencillo que mostraba su orgullo en una colección de fotos en las que exponía su trayectoria en la gastronomía de la ciudad en los últimos cien años.

¿Qué se está construyendo en China?

La gran interrogante que ha flotado en mi cabeza durante todo el viaje (y después) ha sido sobre la alternativa económica, social y política que se está o no construyendo en ese país.

Lo sucedido en China no es explicable si no tomamos en cuenta la brutal agresión que sufrió de las potencias imperialistas de Europa Occidental, los Estados Unidos y el Japón, y especialmente de Gran Bretaña, durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Con el objetivo de someter a China, las potencias occidentales impusieron los llamados “tratados desiguales”, que la obligaron a ceder puertos y territorios, llevando a que el país perdiera su independencia. La reacción nacionalista desembocó en varios movimientos de resistencia a la agresión extranjera, en el derrocamiento de la última dinastía imperial y en la revolución de 1911. Todo ello fue clave para la fundación del PCCH y el tipo de revolución que este lideró, de carácter democrático, nacional y popular. No por gusto el Presidente de China Xi Jinping empezó su discurso por los 100 años de la fundación del PCCH en 2021 con la frase: «no nos van a volver a someter».

La prensa dominante en los países capitalistas desarrollados habla con facilidad de ‘restauración capitalista’, algo en lo que suele coincidir cierta izquierda dogmática que prefiere mirar al pasado. ¿Cuál es la realidad hoy día? China ha dado un salto espectacular en términos de crecimiento del PBI, el 8.6% en promedio entre 1980 y 2025, un fenómeno inédito en la historia mundial. Esto le ha permitido convertirse, en términos del Banco Mundial, en una economía de ingresos medios-altos. Asimismo, este crecimiento se refleja en una esperanza de vida de 78.2 años, muy superior a los 35 años de 1949, cuando se inició la revolución. Todo esto ha convertido a China en la segunda potencia económica y política mundial, bajo un modelo de “socialismo con características chinas” o “socialismo de mercado”.

Ahora bien, ¿por qué socialismo? El debate se remonta al inicio de la revolución rusa con la Nueva Política Económica (NEP) impulsada por Lenin, que le da un papel muy importante a la empresa privada y el capital extranjero, pero que tiene una corta duración y es reemplazada por la estatización de toda la economía, acentuada a partir del Primer Plan Quinquenal en 1929. Mientras que la NEP apuntaba al desarrollo de las fuerzas productivas y a la riqueza material para transformar las relaciones sociales de producción, Mao Zedong desarrolla una posición voluntarista e igualitarista de la construcción del socialismo. Esta opción se expresa en dos momentos: ‘el gran salto adelante’, entre fines de la década de 1950 y principios de la de 1960, y la Revolución Cultural entre 1966 y 1974. Ambas experiencias fallidas, son seguidas de un viraje que vuelve a poner el acento en el desarrollo de las fuerzas productivas, en una política de modernización bajo el liderazgo de Deng Xiaoping en 1978. Esta fue la base para el éxito de las políticas chinas en el último medio siglo. El curso socialista, desde este punto de vista, se mantiene en la inmensa capacidad que desarrolla el Estado chino para repartir la riqueza producida reinvirtiendo en su propio país. Señalan, sin embargo, mis interlocutores chinos que la tarea pendiente es la desigualdad que se ha agudizado en el curso de las reformas económicas.

Los éxitos de China se dan en un momento en que el mundo atestigua la crisis del paradigma democrático liberal. La ofensiva de extrema derecha hoy en curso no respeta las libertades civiles ni políticas, menos los derechos sociales, ni tampoco la división de poderes. El otrora centro del liberalismo, los Estados Unidos, está gobernado por un presidente que se ríe abiertamente de esas instituciones democráticas y pone por delante sin remilgo alguno sus ambiciones imperiales. Mientras tanto, la expansión de la influencia china en el mundo no parece tener, por el momento, el tono despótico de los Estados Unidos.

China ha pasado de una primera etapa de confrontación entre 1949 y 1972, cuando el mundo occidental no reconoce al gobierno de la República Popular y el país se cierra en actitud defensiva, a un segundo momento de competencia y cooperación entre 1972 y 2017, desde la diplomacia del ping pong y el encuentro Mao-Nixon, pasando por la apertura económica, hasta la competencia estratégica actual de pronóstico reservado, pero en la que China parece situarse muy bien.

Los interlocutores chinos se refieren a su régimen político como uno que viene de una tradición imperial ciertamente autoritaria, pero que recoge las reivindicaciones del pueblo por la vía de la consulta y la participación directa, distinto ciertamente al de competencia y cooperación que, al menos en el papel, se predica en occidente. Sin embargo, desde el extremo occidente que todavía es América Latina, este no deja de parecer autoritario, aunque las alternativas liberales y peor neoliberales, no hayan solucionado nuestros problemas.

En todo caso, esta democracia liberal en sus horas bajas no parece ser un contrapunto al éxito chino. Quizás un proyecto democratizador de la democracia liberal, como el que presentamos en la Universidad de Fudan y que nos costó desarrollar en toda su extensión ante las críticas de nuestros anfitriones, podría abrirse paso, no lo sabemos, en medio de los nubarrones que atraviesan América Latina y que vuelven incierto nuestro día a día. En todo caso, la magnitud de los logros en el país oriental merece el beneficio de la duda.

Footnotes

  1. Rouquié, A. (1977). América Latina. Introducción al extremo occidente. Cuarta edición. Siglo XXI editores.

  2. Se trató de un evento conjunto de su Instituto de Desarrollo y su Departamento de Español, representados por los profesores Shi Shou y Cheng Yiyang, respectivamente.

  3. Contacté al equipo del CCG gracias a los buenos oficios del Encargado de Negocios de la Embajada del Perú en Beijing.

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