La escena contemporánea de José Carlos Mariátegui: 100 años

En este año, 2025, se conmemora el centenario de la aparición de La escena contemporánea, un libro que inaugura tres hechos fundamentales en la vida ideológica e intelectual del Perú: fue el primer libro publicado de José Carlos Mariátegui, inauguró la actividad de la Editorial Minerva, que fundó junto con su hermano Julio César y, sobre todo, es el primer análisis. en nuestro país, de la vida política internacional desde la perspectiva marxista.
Importancia de La escena contemporánea
La escena… es la reunión de artículos periodísticos que Mariátegui publicó en las revistas Variedades y Mundial, estrategia que replicará en 1928 en su trascendental 7 ensayos… Hoy en día, como homenaje y actualización, se ha publicado una edición facsimilar (Heraldo Editores) y una reedición (Fondo de Cultura Económica).
Como sabemos, Mariátegui publicó en vida solo dos libros: La escena… y 7 ensayos… Evidentemente, el segundo título ha quedado en la memoria colectiva nacional, junto a su revista Amauta. Ello ha opacado a La escena…, pero no necesariamente se lo ha olvidado, como sostiene el historiador argentino Martín Bergel, aunque es evidente que no ha tenido la influencia de las dos publicaciones ya señaladas.
Poner en circulación dicho libro también era para Mariátegui parte de una estrategia para colocar su labor editorial en el centro de la escena cultural nacional, que se convertiría después en su fuente principal de ingresos económicos.
Recordemos que hablamos de un Mariátegui que había regresado al Perú dos años antes, luego de su experiencia en Europa, en donde conoció y se adhirió al marxismo. Si bien antes que él Carlos Wiesse y Francisco García Calderón, por ejemplo, habían observado y escrito sobre el panorama internacional, la peculiaridad de Mariátegui es que lo hace desde el marxismo, es decir, desde la idea de la revolución.
De esta manera, Mariátegui se ubica en un terreno ideológico y político completamente opuesto a lo que era la vida intelectual peruana, caracterizada por el idealismo y el positivismo, dentro de una república construida por la oligarquía desde fines del siglo XIX, y en la que él mismo había comenzado su labor periodística.
Sería durante el oncenio de Leguía que Mariátegui iniciará su relectura de la vida política portando una ruptura radical de comprensión de los problemas nacionales y mundiales. Las élites oligárquicas se habían quedado sin sus mejores expresiones intelectuales, que en buena parte vivían en el exilio, como José de la Riva-Agüero, los hermanos Francisco y Ventura García Calderón, Víctor Andrés Belaunde, Luis Fernán Cisneros, Felipe Sassone, entre otros. Al mismo tiempo, el mundo vivía un tiempo revolucionario y de conmoción luego de la Gran Guerra y la Revolución rusa. El marxismo emergía como la promesa de dar forma a un mundo mejor. Como reacción, aparecieron nuevos movimientos políticos desde la derecha, cuya misión era detener el avance de la “bolchevización”. Específicamente, el fascismo dirigido por Benito Mussolini, el Duce.
En estas breves páginas me concentro en el análisis que Mariátegui desarrolló en torno al fascismo y al comunismo, en tanto eran las dos fuerzas políticas y sociales que, enfrentadas, marcaron su tiempo y después.
Valor de La Escena Contemporánea
Si La escena… merece ser recordado como un libro de trascendencia por sus valores intrínsecos, ello no es suficiente, porque también nos habla, sorprendentemente, de nuestro tiempo, en el que vuelve a aparecer un pensamiento ultraconservador, autoritario y salvajemente colonizador. Éste se adhiere a señas de identidad –políticas e ideológicas– propias de siglos anteriores, como el racismo, la supremacía de la civilización occidental y el orden conformado por poblaciones superiores e inferiores. Esta lectura internacional, Mariátegui la trasladaría luego a la realidad nacional por medio de sus 7 ensayos… Ambos textos deben leerse como complementarios. Además, comparten un aspecto formal y llamativo: cada uno se compone de siete ensayos, como lo ha advertido recientemente el historiador Augusto Ruiz Zevallos.
Sobre el fascismo
Mariátegui, que había vivido en Italia, empieza su libro con el primer conjunto de artículos titulado ‘Biología del fascismo’, un fenómeno político ligado indisolublemente a su conductor. Por ello, Mariátegui se preocupa en describir esta relación simbiótica: «son dos palabras consustanciales y solidarias». Si Mussolini es el líder máximo del fascismo, éste es «la tribuna y el carro de Mussolini».
El Duce emerge como el jefe de la reacción de una burguesía en crisis. Lo paradójico es que sus orígenes se encuentran en el socialismo y en el sindicalismo; por ello, en un inicio, el fascismo «se creía revolucionario. Su propaganda tenía matices subversivos y demagógicos», explica Mariátegui.
Por primera vez en la historia, las masas revolucionarias se enfrentan a las masas conservadoras. Éste sería el motivo de entusiasmo de muchos intelectuales conservadores, que veían la posibilidad de vencer al comunismo que avanzaba como una amenaza terrorífica para la burguesía internacional, porque prometía destruir su forma de vida construida sobre el colonialismo y la violencia que esto suponía.
Había surgido un gran movimiento contrarrevolucionario, una «reacción armada y violenta contra el socialismo». Por ello, Mariátegui considera que el fascismo, más que calmar la crisis, la exaspera: «aparece inevitablemente destinado a exasperar la crisis contemporánea, a minar las bases de la sociedad burguesa, a mantener la inquietud postbélica». Para Mariátegui, el fascismo es la respuesta desde la derecha más conservadora ante la crisis del liberalismo, que fracasó en la década anterior y, simultáneamente, a la amenaza del movimiento obrero socialista.
Más allá de ser solamente una reacción italiana, Mariátegui concibe al fascismo como un síntoma de la decadencia del orden burgués europeo, un producto de la frustración de la pequeña burguesía, nacionalista en extremo, por el temor de perder sus privilegios frente al avance de la clase trabajadora.
Mussolini buscó aniquilar físicamente a la organización obrera. Su propósito fue salvar al capitalismo italiano en crisis. Pero el fascismo no debe ser comprendido solo como una expresión de la particular configuración italiana, sino como una fuerza que podía extenderse a otros países de Europa occidental, insertos en una crisis general del capitalismo, como efectivamente ocurriría en los años 30 con la aparición, en Alemania, de Hitler y el nazismo.
Sobre el comunismo
Mariátegui analiza al comunismo como la fuerza contraria al fascismo. Si éste representa la conservación y la dominación, el comunismo encarna el futuro y la liberación.
En dos secciones, tres y cinco respectivamente, ‘Hechos e ideas de la revolución rusa’ y ‘La revolución y la inteligencia’, Mariátegui analiza el papel del comunismo en el panorama mundial. En efecto, frente al avance del fascismo está el comunismo, que ya no es solo un proyecto, sino que tiene un lugar concreto de existencia: Rusia. Mariátegui explica que surge del cisma con los socialistas tradicionales, de la reformista Segunda Internacional. Reivindica resueltamente la revolución y critica al reformismo burgués y parlamentario.
Ésta es, quizá, la etapa más antiliberal de nuestro ideólogo, como se muestra en sus continuas críticas a los intentos parlamentaristas de solucionar la situación de los trabajadores, como hacía la socialdemocracia. Mientras el comunismo «prevaleció en las masas», el socialismo se cobijó «en el grupo parlamentario», sostiene Mariátegui, relevando el valor decisivo del primero. Es interesante el contraste presente en el análisis de Mariátegui. Mientras ve al fascismo como un movimiento puramente político, al comunismo lo vincula con los intelectuales y su papel en la revolución, la educación y la cultura. En el pensamiento de Mariátegui, la revolución social va de la mano con la revolución estética e intelectual.
Según sostiene Mariátegui, el intelectual solo es necesario y útil si asume su compromiso revolucionario, en donde abandonará el individualismo y el rechazo a la política, que distinguen al sujeto de ideas. Por esta razón, los intelectuales «de verdadera filiación revolucionaria», dice Mariátegui, solo deben «aceptar un puesto en una acción colectiva». Su individualismo y apoliticismo solo pueden ser admisibles en tiempos históricos de quietud, no en los revolucionarios (como los años 20) que engendran un nuevo estado social y una nueva forma de hacer política.
Lo que nos dice Mariátegui es que en el nuevo mundo en formación no hay lugar para los intelectuales reformistas, reaccionarios, conservadores ni apolíticos; solo hay sitio para los intelectuales revolucionarios.
En su breve repaso por algunas de las figuras más importantes del comunismo, Mariátegui sostiene que Trotski (quien formó el Ejército Rojo) no solo fue un protagonista, sino también «un filósofo, un historiador y un crítico de la Revolución». A diferencia de Lenin, que tuvo una gran perspicacia «para percibir y entender la dirección de la historia contemporánea y el sentido de sus acontecimientos», Trotski se interesó por «las consecuencias de la Revolución en la filosofía y en el arte». Con respecto al arte proletario, Mariátegui resalta la figura de Mayakovski –fundador del futurismo ruso influido por Marinetti–, al que califica como «el sumo poeta de la Revolución».
Por otra parte, el dramaturgo Lunatcharski es destacado en el análisis de Mariátegui por la transformación en la instrucción pública, que puede ser considerada «la obra más sólida de la revolución». Su labor ha sido encomiada tanto por intelectuales europeos como americanos, nos informa. De Zinoviev releva su carácter de «gran panfletista», pero entendiendo al panfleto como un instrumento político.
Más allá de Rusia, Mariátegui constata la influencia de la revolución en intelectuales de otros países, como Francia. Ahí emerge la enorme figura del escritor Henri Barbusse y su icónica revista Clarté, que atrajo no solo a los intelectuales revolucionarios (en América Latina es muy evidente su inspiración), sino también a los intelectuales «estacionados» en el ideario liberal y democrático, que luego debieron abandonar la publicación.
Mariátegui afirma con fervor que «la Internacional de la Revolución es una y única», y el propio Barbusse lo ha reconocido, adhiriéndose al comunismo, militando incluso en el Partido Bolchevique. En Francia, Clarté se constituyó en un núcleo de intelectuales de vanguardia dispuestos a la formación de una cultura proletaria. Algo similar refiere del gran escritor ganador del Nobel de Literatura en 1921, Anatole France, cuando sostiene que tomó decididamente una posición, «por la revolución y con la revolución».
Otro aspecto que remarca Mariátegui es el internacionalismo del comunismo. Tomando las palabras de Zinoviev, enfatiza que la Tercera Internacional no solo actúa sobre los pueblos de Europa Occidental, sino que se extiende al resto de continentes, pues el sentido de la revolución es que sea mundial. Mariátegui finalmente cita al funcionario ruso de la Tercera Internacional: «La corriente que nosotros dirigimos libertará todo el mundo».
En palabras de Mariátegui, «la idea revolucionaria» tiene una lucha fundamental, cual es desechar «la idea conservadora» de las instituciones, pero, sobre todo, y esta es su misión más importante, «de la mentalidad y del espíritu de toda la humanidad». Y concluye: «Al mismo tiempo que la conquista del poder, la Revolución acomete la conquista del pensamiento».
Coda
Mariátegui nos muestra un fresco de la vida internacional de la primera posguerra. El fascismo y el comunismo representan, cada uno, el mundo que acaba pero que se resiste a aceptarlo, y el mundo que surge con la esperanza de cambiarlo todo para hacerlo mejor. Es la lucha de la que nos habla entre el «hombre crepuscular» y el «hombre matinal». La vida y la historia nos han llevado por caminos no esperados ni deseados.
Por lo dicho, volver a leer La escena contemporánea en nuestra actualidad resulta pertinente y relevante, en un mundo en el que las fuerzas globales más reaccionarias vuelven dispuestas a arrasar con todo aquello que no es funcional a sus impulsos imperialistas, bajo un discurso que algunos ven como expresión del resurgimiento del pensamiento fascista. Lo que está aún en ciernes, en el mejor de los casos, es la alternativa a dicha amenaza.
