Mariátegui, cartógrafo de la República Mundial de las Letras a comienzos del corto siglo XX

En un rápido recuento, en las Obras completas de Mariátegui se puede contabilizar 139 artículos referidos a asuntos culturales internacionales. Esa amplia perspectiva global evidencia, como lo apunta Martín Bergel, una conciencia temprana de la configuración de un campo literario internacional autónomo, al que Pascale Casanova denomina República Mundial de las Letras. Para el Amauta, la literatura peruana y la latinoamericana deben incorporarse decididamente en esa corriente internacional. En primer lugar, porque una apertura cosmopolita permite romper con el lastre de la herencia colonial, del colonialismo supérstite. Y, en segundo lugar, porque es en esa escena internacional donde se libra la batalla entre lo viejo y lo nuevo, en el complejo escenario de la crisis mundial.
El contexto cultural de posguerra supone «la transición del tramonto al alba. En esta crisis se elaboran los elementos del arte del porvenir». Panorama en el que coexisten «los elementos de revolución con los elementos de decadencia». Obviamente, son las expresiones de lo nuevo las que más atraen la atención del Amauta, pero no deja de apreciar a algunos escritores del entresiglos decadente, «esta generación sensual, elegante e hiperestésica». En contraposición al arte de la decadencia, le toca al arte que expresa el espíritu de lo nuevo la tarea primera y crucial de desmontar el absoluto burgués: «el sentido revolucionario de las escuelas o tendencias contemporáneas no está en la creación de una técnica nueva. No está tampoco en la destrucción de la técnica vieja. Está en el repudio, en el desahucio, en la befa del absoluto burgués». El abominado absoluto burgués se expresa en el liberalismo, el positivismo o el idealismo metafísico, doctrinas tan influyentes en el siglo XIX. El Amauta situaba en un ámbito análogo al marxismo evolucionista, revisionista o reformista, de los socialdemócratas de la Segunda Internacional con los que polemiza en su Defensa del marxismo, y prefería el marxismo beligerante y radical de un Lenin o un Trotski, el de la Tercera Internacional. De allí su aprecio, y la incorporación heterodoxa en su pensamiento, de los aportes del vitalismo de un Bergson y sobre todo de Sorel. Lo fascina la adhesión al mito (hoy se preferiría quizá la palabra utopía), que impulsa a tantos seres humanos a la acción, a vivir peligrosamente, y que caracteriza a «la nueva humanidad en sus dos expresiones antitéticas», el bolchevismo y el fascismo, al que por cierto rechaza, pero cuya actitud vital juzga más en sintonía con los tiempos nuevos, a diferencia del conservadurismo o el liberalismo tradicionales.
En el debate literario marxista sobre el realismo y las vanguardias, Mariátegui queda ubicado en posiciones opuestas a las de Georg Lukács, y afines más bien a las de Walter Benjamin, Ernst Bloch, Bertolt Brecht, o incluso a Adorno y la escuela de Frankfurt. Como éstos, valora la iconoclasia de la vanguardia, cuestionadora del absoluto burgués, del que un realismo lastrado de positivismo sería una expresión desfasada. Al contrario, el teórico húngaro maneja una evaluación en todo opuesta: ve en la vanguardia irracionalista una expresión de decadencia, en tanto el realismo decimonónico, con su capacidad para aprehender lo típico, será el punto de partida para la construcción de un contemporáneo realismo crítico y de un emergente realismo socialista. De allí su devoción por Thomas Mann, a quien valora como el mayor novelista del siglo XX; sintomáticamente, el autor alemán brilla por su ausencia en los escritos de Mariátegui. Como se sabe, una versión banalizada de los planteamientos de Lukács dará lugar a un avatar edificante y caricaturesco, el llamado realismo socialista, doctrina artística oficial de la Unión Soviética de Stalin desde 1934.
Los principales escritores que concitan la atención de José Carlos están vinculados a la vanguardia artístico-literaria y/o a la vanguardia político-social, que a su criterio se unimisman en tanto expresiones del espíritu nuevo: «no podemos aceptar como nuevo un arte que no nos trae sino una nueva técnica … La técnica nueva debe corresponder a un espíritu nuevo también». Por otra parte, autores cuya obra se organiza en base a códigos realistas bastante tradicionales, pero que se sitúan en el rumbo del cambio social, forman parte, para el Amauta, de las filas de la vanguardia, entendida como la avanzada de lo nuevo.
En cuanto a los ‘ismos’ vanguardistas, el surrealismo (prefiere el término suprarrealismo, hoy en desuso, pero etimológicamente más correcto) es sin duda la tendencia que más valora, pues es en la que mejor se unimisman vanguardia artística y vanguardia política. Enarbola además una estética y un proyecto artístico coherente y sistemático: «el suprarrealismo es lo que no puede ser el dadaísmo: un movimiento y una doctrina». Otro aspecto muy relevante es su notorio internacionalismo, pues «el suprarrealismo, como tendencia artística, es un fenómeno mundial», no únicamente francés. Frente a la literatura desencantada del pasado decadentista, el surrealismo reintroduce la pasión, el mito, el élan vital: «por su espíritu y por su acción, se presenta como un nuevo romanticismo». Frente al chato positivismo del arte burgués, «los suprarrealistas restauran en el arte el imperio de la imaginación». El flujo de la escritura automática y la exploración del inconsciente evidencian la afinidad de este movimiento con el psicoanálisis: «se sabe la adhesión que al freudismo, en psicología, y al marxismo, en política, manifiestan los surrealistas». Cabe apuntar que su evaluación del surrealismo difiere sustantivamente de la de otro peruano de filiación marxista, César Vallejo.
Mariátegui captó tempranamente la relevancia del aporte de Freud. Fue de los primeros en plantear, en su Defensa del marxismo, la necesidad del diálogo entre Freud y Marx, cuyos enfoques coinciden en develar lo oculto (ya sea bajo el manto de la ideología o en las profundidades del inconsciente): serían, en términos de Paul Ricoeur, dos maestros de la hermenéutica de la sospecha. Para el Amauta, el freudismo ha tenido importante repercusión en la literatura. El caso más evidente es el ya comentado del surrealismo y la escritura automática, pero también apunta que «los dos escritores más representativos de Francia y de Italia se caracterizan por su método freudiano»: Proust y Pirandello. Luigi Pirandello es uno de los escritores que más admira y lo considera “más moderno que el explosivo y futurista Marinetti y toda su escuela”. Destaca los personajes escindidos de su teatro, la reivindicación del humor y la fantasía, que subvierte el imperio de lo verosímil heredado del naturalismo, y recalca que «la obra de Pirandello en sus cualidades esenciales es también suprarrealista», sin duda por «el fondo freudiano de su arte». Su conclusión es que «la novedad de la actitud estética de Pirandello reside en su relativismo y en su subjetivismo radicales». En un artículo de 1925, Mariátegui ubica todavía a Proust en el lado del arte viejo y decadente, «arte incubado en el mundo penumbroso y ambiguo de Proust», mientras que en 1926, en otro dedicado a la influencia de Freud en la literatura, elogia a Proust, lo considera muy moderno por sus inclinaciones freudistas y lo proclama el escritor más representativo de Francia; en poco más de un año, el Amauta ha dado un salto cualitativo hacia una comprensión más cabal de las tendencias renovadores de la literatura contemporánea.
En un artículo dedicado al gran poeta de lengua alemana Rainer Maria Rilke, expone Mariátegui una tesis sobre la cual dice estar allegando materiales, pero que lamentablemente no llegó a desarrollar con toda amplitud. Distingue tres categorías en la poesía contemporánea: la épica revolucionaria, el disparate absoluto y el lirismo puro. El propio Rilke representaría este último y afirma que con su muerte, «Europa ha perdido su último romántico». En cuanto a la primera, el paradigma sería «Vladimir Mayakovski, el poeta de la revolución rusa, preludia, más tarde, en su poema 150 '000,000 una canción de gesta», pues considera que «la nueva épica será la exaltación de la multitud». La noción de disparate puro apunta al experimentalismo exacerbado de tantos poetas de vanguardia. La exposición más clara respecto a esta noción surge al abordar la obra del jovencísimo escritor peruano Martín Adán, para cuya novela poemática y experimental La casa de Cartón escribe un elogioso colofón. Sus primeras poesías, publicadas en Amauta, sugerirán a Mariátegui importantes reflexiones sobre el disparate puro, trascendente porque «certifica la defunción del absoluto burgués» y también sobre el anti-soneto, pues «no bastaba atacar el soneto de fuera, como los vanguardistas, había que meterse dentro de él, como Martín Adán, para comerse su entraña hasta vaciarlo» y así «rematar la empresa de instalar el disparate puro en las hormas de la poesía clásica».
En cuanto a la novela, vislumbraba tres vertientes innovadoras: un nuevo realismo, el realismo proletario, surgido en la Unión Soviética desde la revolución triunfante; un realismo de la modernidad capitalista avanzada; y un incipiente realismo, brotado desde las periferias atrasadas. Ejemplo destacado del realismo proletario lo constituye El cemento, novela de Fiódor Gladkov, expresión del heroísmo revolucionario (al que Sorel llamara “sublime proletario”), que da cuenta de la «tremenda y dolorosa batalla de una clase por crear un orden nuevo», sin sentimentalismos edulcorantes o propósitos edificantes: la épica de la construcción del socialismo. La dimensión épica permea en especial a la narrativa sobre la guerra civil entre los rojos y los blancos, con obras como los cuentos de Caballería roja de Isaak Babel, novelas como El tren blindado 14-69 de Vsévolod Ivanov o La derrota de Aleksandr Fadéyev. Mariátegui incluye muchos otros nombres en el elenco de este nuevo realismo, entre ellos los de Borís Pilniak, Lidia Seifulina, Konstantin Fedin o Leonid Leonov. El destino de estos autores fue muy diverso. Pilniak y Babel fueron eliminados durante las purgas estalinianas. Gladkov, Ivanov, Fadéyev, Fedin y Leonov fueron incorporados en el canon literario soviético. Cabe apuntar que muchas de las obras publicadas en la década de 1920, fueron posteriormente revisadas y corregidas para adecuarlas a las rígidas pautas edificantes del dogma realista socialista de Stalin y Zhdánov.
En Estados Unidos, atrae poderosamente su atención Manhattan Transfer de John Dos Passos, novela a la que compara repetidamente, por su relevancia y representatividad, con El cemento de Gladkov. Esas novelas expresan dos distintas experiencias de la más intensa modernidad, una capitalista, la otra socialista. «Los dos super Estados de la historia actual se parecen y se oponen hasta en que, como las grandes empresas industriales … usan un nombre abreviado: sus iniciales». De hecho, pocos años más tarde, Dos Passos publicará su obra más importante, la trilogía novelística U.S.A. Este integrante de la famosa generación perdida estadounidense, participó, como muchos de ellos, en la primera contienda mundial, y se inició en la literatura publicando relatos antibélicos. Manhattan Transfer es, para el Amauta, novela emblemática de la más avanzada modernidad: su escenario es la meca del capitalismo mundial. Nueva York es el verdadero protagonista de la obra ya que «los personajes de la novela aparecen, uno tras otro, ligados al destino de la urbe», pues forman parte de «una muchedumbre de vidas que se mezclan, se rozan, se ignoran, se agolpan» al ritmo trepidante de la megalópolis. Seres representativos de una sociedad en la que impera la lógica del capital, «son gente materialista, dominada por el sexo y por el estómago, cuyo fin único parece ser la prosperidad económica».
Por ello, a diferencia de la novela de Gladkov, «carece de esta contagiosa exaltación de masas creadoras y heroicas», nos presenta más bien la «epopeya prosaica y desolante de un Nueva York sin esperanza». El lenguaje está en consonancia con el escenario urbano hipermoderno: «el estilo de Dos Passos se alimenta directamente de la prosa callejera de Nueva York». La estructura de la novela congrega todos los atributos técnicos de la literatura de vanguardia: «John Dos Passos ha construido su novela, desde los cimientos, con arte de ingeniero yanqui. La estética de su trabajo obedece a las líneas y los materiales de su estructura. Todo es geométricamente cubista en Manhattan Transfer», y apunta que el decorado de la obra es «simple y esquemático como en el teatro de vanguardia». Añade que «tiene algo del expresionismo y del suprarrealismo» y que, por la exigencia del tema, «la técnica novelística … se hace cinematográfica». Concluye José Carlos aseverando que «Manhattan Transfer es una nueva prueba de que el realismo no ha muerto sino en las rapsodias retardadas de los viejos realistas que nunca fueron realistas de veras». Se trata, por cierto, no del realismo burgués decimonónico de estrecho cuño positivista, sino de ese nuevo realismo al que propuso designar también como infrarrealismo, un realismo de vanguardia, aunque no un realismo proletario, a diferencia de El cemento de Gladkov.
Panait Istrati, autor rumano de expresión francesa, apodado el Gorki de los Cárpatos por Romain Rolland, es uno de los escritores más gustados de José Carlos. Incluso editará con su sello Minerva una traducción de su novela más exitosa, Kyra Kyralina. Su gran admiración por este autor lo lleva incluso a minimizar las duras críticas que en sus obras más tardías Istrati endilga contra el proceso revolucionario, las que achaca a un espíritu rebelde, sin preparación ideológica, que reacciona ante las iniquidades de una burocracia desaprensiva, que le tocó presenciar durante su estancia en la Unión Soviética. Admira en el escritor rumano a un auténtico narrador oriental, y compara sus historias de haiducs, bandidos rebeldes balcánicos, con el notorio bandolero peruano Luis Pardo. Contrapone su «arte fuerte, nutrido de pasión, henchido de infinito», verdadero arte nuevo, al arte decadente, de superficial novedad técnica. Intuía en la obra narrativa del rumano una vía posible para los novelistas periféricos de lo que luego se llamaría el tercer mundo, en particular los de América Latina: valerse de una moderna lengua europea occidental (el español en lugar del francés) para representar las tradicionales trastierras profundas de sus países. A esa luz imaginaba sin duda el futuro del indigenismo peruano.
Este rápido recorrido por la República Mundial de las Letras permite apreciar que, así como Mariátegui supo diseñar con trazo firme un cuadro de la escena política internacional, de modo análogo logra cartografiar los derroteros principales que surcan el enrevesado campo literario mundial de su tiempo.
