Meditaciones sobre el futuro de la universidad: una reflexión situada

La dictadura es moralmente mala porque condena a los ciudadanos, en contra de su mejor saber y conciencia, en contra de su convicción moral, a colaborar con el mal, al menos por medio del silencio. Exime al hombre de la responsabilidad humana, sin la que es sólo medio hombre, una centésima parte de ser humano. Hace de cada intento de cargar con su responsabilidad humana un intento de suicidio. Karl Popper, La responsabilidad de vivir.
Universidad abierta, sociedad abierta: una introducción
Karl Popper, en su defensa de la "sociedad abierta", nos legó una idea fundamental: la supervivencia y el progreso de una civilización dependen directamente de su capacidad para abrazar la crítica.1 Para Popper, el pensamiento crítico no es un lujo intelectual, sino el componente de adaptación más vital de una sociedad. Es a través del libre ejercicio de la razón, del constante cuestionamiento de nuestras propias verdades y de la falsación de nuestras teorías, que logramos corregir errores y adaptarnos a un mundo en perpetuo cambio. Una sociedad que renuncia a esta libertad, que silencia la disidencia y petrifica sus dogmas, se condena a la esclerosis y, finalmente, al colapso. Se vuelve incapaz de responder a nuevos desafíos porque ha destruido su propio sistema inmunológico intelectual. En una línea similar, Isaiah Berlín defendió el pluralismo de valores como la esencia de una sociedad vibrante y humana. De acuerdo con Berlín,2 la libertad crítica es lo que mantiene viva a una cultura, permitiendo que coexistan y compitan diversas concepciones del bien. Sin este espacio para el disenso y el debate, la sociedad se vuelve monolítica, predecible y, en última instancia, muerta. La libertad de pensamiento es, por tanto, el oxígeno de la vida social; sin ella, solo queda la asfixia de la conformidad.
Si alguna institución está llamada a ser el corazón de la sociedad abierta es, creemos, la universidad. Su propósito fundamental es cultivar, proteger y ejercer esa libertad crítica del pensamiento. Cuando renuncia a esta misión, pierde su sentido y traiciona su herencia histórica. Este ideal se encuentra hoy bajo un asedio constante por parte de una serie de enemigos que amenazan con despojarla de su alma. El primero y más evidente es la censura y la autocensura, que envenenan el debate abierto y fomentan un clima de miedo que paraliza la búsqueda honesta de la verdad. El segundo enemigo, más sutil pero igualmente pernicioso, es la tiranía de los rankings globales. Estos sistemas de medición imponen una lógica de mercado que estandariza el conocimiento, privilegia la cantidad sobre la calidad y transforma la educación en una carrera por una supuesta eficiencia productiva, pero que aniquila la diversidad intelectual. Finalmente, el tercer enemigo es el ocaso del libro como vehículo de reflexión profunda, reemplazado por la producción acelerada de conocimiento fragmentado que sacrifica la complejidad y el rigor en el altar de la inmediatez. Estos tres “jinetes del apocalipsis” académico amenazan con terminar de convertir a la universidad en un engranaje más de la economía global en lugar de un espacio de libertad, pensamiento y creación.
Los rankings y la instrumentalización del conocimiento
La instrumentalización del conocimiento se ve exacerbada por la hegemonía de los rankings universitarios. Estos instrumentos, nacidos del neoliberalismo, reducen la calidad a un número. Esta obsesión impone homogeneización y pérdida de diversidad, sesgando hacia las disciplinas STEM3 los planes de estudio 4 y penalizando las humanidades, disciplinas cada vez más necesarias en un mundo urgido de diálogo y de comprensión del otro.5 Los rankings terminan generando una profunda mercantilización de la educación.
Los rankings, además, contribuyen a crear un sistema global intrínsecamente inequitativo. Rara vez incluyen más de 2 mil universidades, de las 21 mil existentes en el mundo, imponiendo una jerarquía que no necesariamente refleja la calidad intrínseca, sino la capacidad de inversión y de aceptación de un modelo hegemónico. Por ello, no deja de sorprender que universidades que están completamente imposibilitadas de tener un lugar en el sistema, estén alienadas en obedecer estas métricas que las marginan.
En esta lógica instrumentalizadora, la gobernanza interna de la universidad se transforma, desviando recursos y esfuerzos hacia la optimización de indicadores en lugar de fortalecer la calidad sustantiva de la enseñanza o el impacto social localizado. De este modo, la universidad se ve asediada por una ‘tiranía de los números’ que la aleja de su propósito esencial: ser un faro de conocimiento, reflexión y servicio al bien común, para transformarla en una entidad que, en su afán por ser medida, deja de lado qué es lo que verdaderamente vale la pena medir. Los expertos convocados por la UNU en 2023 sentenciaron con total claridad que la lógica de los rankings globales causaba, finalmente, un olvido de la misión institucional de la universidad, un detrimento en la calidad de la enseñanza, del aprendizaje de los estudiantes y del bienestar del personal.
La tiranía del paper y el ocaso libro
La tiranía de la métrica ha provocado la sustitución del libro por el artículo indexado, sacrificando profundidad por velocidad. El conocimiento se fragmenta y desincentiva la investigación a largo plazo. La hegemonía del artículo sobre el libro en el mundo académico contemporáneo, es un fenómeno impulsado en gran medida por los grandes monopolios editoriales, quienes han reconfigurado el ecosistema del conocimiento para favorecer una mal entendida eficiencia y las métricas. Estas corporaciones encontraron en el paper un producto más manejable y rentable; su formato conciso es más fácil de revisar, indexar y, fundamentalmente, cuantificar, alineándose a la perfección con la cultura de ‘publicar o perecer’ que presiona a los investigadores e incentiva las malas prácticas, hoy mucho más que cuando el paradigma era el libro. En esta dinámica, el libro, que históricamente representaba la culminación de años de investigación y el espacio para la construcción de teorías complejas y síntesis holísticas, se ve marginado. Sus virtudes intrínsecas —la lentitud de su producción y la profundidad de sus argumentos— se convierten, paradójicamente, en desventajas frente a un sistema que premia la fragmentación y la velocidad. Esta instrumentalización del saber convierte el conocimiento en una herramienta transaccional y amenaza la autonomía intelectual. Como advirtió Bill Readings,6 la universidad corre el riesgo de que sus fundamentos teóricos sean reemplazados por lógicas de mercado y rendimiento. Por ello, defender la reflexión profunda que encarna el libro no es una simple nostalgia, sino una forma de resistencia intelectual urgente para salvaguardar la integridad de una academia que pareciera estar sacrificando la profundidad por la cantidad.
Cierto es que ninguna universidad puede existir sin procurar publicaciones indexadas. Pero, las universidades son las primeras que están llamadas a no confundir los instrumentos con los fines. El fin último es entender la investigación como parte esencial de la labor universitaria. El sistema debe organizarse con ese fin y no con coleccionar publicaciones en determinados monopolios editoriales. La universidad debería fomentar también (y quizás especialmente) la investigación de largo aliento, la que terminará en un libro, aunque no tenga como fruto una publicación por año, pero que sí permitirá contribuir en la formación de los estudiantes.
Censura, autocensura y la formación del profesional
De los enemigos que asedian a la universidad abierta, la censura y su corolario, la autocensura, constituyen el ataque más directo y frontal a su misión esencial. Si la crítica es el motor de la adaptación y el progreso, la censura es el freno que detiene el engranaje crítico del conocimiento, mientras que la autocensura es el acto de desmontar el motor desde adentro. Ambas, como las dos caras de una misma moneda, fomentan el clima de miedo que el texto introductorio identifica como el veneno que paraliza la búsqueda honesta de la verdad objetiva. La censura en el siglo XXI rara vez adopta la forma de un edicto inquisitorial. Su manifestación es más sutil, pero no menos perniciosa. Puede provenir de administraciones educativas que, temerosas de la controversia que pueda afectar su imagen o sus fuentes de financiamiento, ejercen presión para silenciar debates polémicos. También emana de grupos de interés —políticos, corporativos o ideológicos— que exigen la adhesión a una ortodoxia particular, sancionando cualquier desvío como una ofensa moral. El resultado es la creación de espacios prohibidos para el pensamiento, temas que los académicos evitan no por falta de relevancia, sino por un cálculo de riesgo-beneficio.
Sin embargo, el efecto más devastador es la autocensura que ocurre en el propio académico. Ante la posibilidad de enfrentarse a campañas de desprestigio en redes sociales, a la marginación por parte de sus colegas o a la pérdida de oportunidades profesionales, el investigador comienza a realizar un cálculo prudencial. Opta por no explorar ciertas hipótesis, suaviza sus conclusiones o simplemente elige temas de investigación seguros que no desafíen los dogmas imperantes, máxime si coinciden con la forma de pensar de las autoridades de turno. Este mecanismo convierte al académico en su propio vigilante, traicionando el mandato de la libertad crítica. En la universidad debemos valorar el espacio para los consensos, pero ha de ser un lugar privilegiado para los disensos. Ante esa imposibilidad, se genera un silencio cómplice que empobrece el debate público y petrifica el conocimiento, tal como advertía nuestro epígrafe: se condena al ciudadano —en este caso, al académico— «a colaborar con el mal, al menos por medio del silencio». Al hacerlo, la universidad no solo renuncia a su rol como conciencia crítica de la sociedad, sino que se transforma en un eco subordinado de las ortodoxias dominantes, perdiendo así su alma y su razón de ser.
Conclusión
Necesitamos reafirmar una definición de universidad, más hoy que tenemos muchos ‘tipos’ de universidades: universidades de gestión pública y de gestión privada, con y sin fines de lucro, universidades de investigación y de enseñanza, universidades confesionales y laicas, con formación integral y universidades profesionalizantes, etc. Es tan variada la diversidad que, en Perú, no pocos, según refiere Felipe Portocarrero, 7 habrían sostenido que ya no tendría sentido hablar de una idea de universidad.
En momentos de crisis, tiene más sentido que nunca volver a los orígenes. Para Romano Guardini, 8 el ideal de universidad se remonta a la noción de conocer la verdad sin supeditarla a criterios utilitarios y a fomentar la reflexión crítica y la pluralidad del pensamiento. La universidad es una comunidad de profesores, estudiantes y egresados que enseña, aprende e investiga en condiciones de libertad intelectual. Es una comunidad dialógica que se proyecta a la sociedad para contribuir a construir un mundo mejor, que busca los consensos y respeta los disensos. Aspira a la búsqueda de la totalidad del saber humano y también articula los saberes. Un saber que surge y se desarrolla en una sociedad, a ella se proyecta y tiene compromiso con el entorno. 9
Las universidades peruanas deben recuperar su rol de líderes culturales y tener una voz firme, especialmente ante la cooptación del Estado por grupos delictivos. Es un acto genuino de responsabilidad moral pronunciarse sobre los problemas nacionales. Esta participación no es politizar la academia, sino actuar éticamente y ser un ejemplo para sus estudiantes, reafirmando su papel como faro de la sociedad.
Footnotes
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Popper, K. (2010). La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós. ↩
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Berlin, I. (2014). Dos conceptos de libertad. El fin justifica los medios. Mi trayectoria intelectual. Alianza Editorial. ↩
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Acrónimo en inglés de Ciencia (Science), Tecnología (Technology), Ingeniería (Engineering) y Matemáticas (Mathematics). ↩
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Universidad de Naciones Unidas, 2023, noviembre. Statement on Global University Rankings. ↩
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Ver: Nussbaum, M. C. (2010). Sin fines de lucro: ¿Por qué la democracia necesita de las humanidades? Paidós. También, Ordine, N. (2017). La utilidad de lo inútil. Acantilado. ↩
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Readings, B. (1996). The University in Ruins. Harvard University Press. ↩
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Portocarrero, F. (2017). La idea de universidad reexaminada y otros ensayos. Fondo editorial de la Universidad del Pacífico ↩
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Guardini, R. (2012). Tres escritos sobre la universidad. EUNSA, Editorial Universidad de Navarra. ↩
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Lerner, S. (2013). ‘Universidad y Ciudadanía’. En M. Guisti y R. Sánchez-Concha (Eds.), Universidad y Nación (pp. 27-51). Fondo Editorial de la PUCP. ↩
