Crisis y derechas en el Perú

En un contexto de crisis del consenso neoliberal y del globalismo, del multilateralismo y, en fin, de la democracia, intentaremos una breve presentación de las derechas peruanas. Una distinción decisiva entre las derechas moderadas y las extremas —organizadas o no, ideológicas, o en la práctica, con representaciones sociales y políticas particulares—, es si consideran la democracia —su versión liberal, con voto universal, separación de poderes y salvaguarda de derechos—, como la mejor modalidad conocida de gobierno. De igual modo, si evalúan que los derechos individuales son decisivos para la vida política y social, y si éstos se hallan mejor garantizados en un gobierno democrático. Las derechas extremas del Perú actual están lejos de esas consideraciones. Como algunos nacionalismos radicales en América Latina, como el chavismo, hacen uso de las elecciones; pero cuando arriban al gobierno rompen con facilidad la independencia de poderes, limitan la libertad de expresión, confrontan malamente a sus críticos y se inclinan por establecer regímenes autoritarios.
¿Qué une a las derechas extremas del Perú actual? Su aversión —¿o su temor?— frente a las transformaciones culturales e identitarias. Les perturban tanto la lucha contra la afectación del medio ambiente como las batallas contra el patriarcado. Les causan escozor tanto el derecho a la libre orientación sexual como la exigencia de derechos de parte de los pueblos indígenas u originarios. En materia de seguridad, siguen convencidas de que la mano dura es la solución a los problemas de seguridad y falta de orden; esto es antiguo, tal como su convencimiento de que la sociedad peruana es naturalmente estamental y segmentada, visión congruente con su desprecio por quienes, según su modo de ver, “son pobres porque quieren”.
¿Las novedades tácticas (por llamarlas de algún modo)? Se inclinan por el uso de un lenguaje político agresivo, insultante, descalificador y con casi cero de voluntad de debatir. A tono con ciertos nuevos aires continentales, emprenden una “batalla cultural” contraria a avances sensatos de la humanidad, sembrando la idea de que son parte de una “agenda progre” que atenta contra la familia, la seguridad y las libertades. Eso es a grandes rasgos, pero es evidente que hay diversas corrientes no necesariamente excluyentes entre sí.
La antiestatal y libertaria
En Perú no hay un Javier Milei, pero numerosas personas coinciden con sus puntos de vista en cuanto a la necesidad de un Estado mínimo, débil y, en simultáneo, autoritario, centralizado y penetrado por intereses privados. Junto con esto: libertad total para la inversión privada. Ciertamente, una característica de esta derecha es su discurso antiestatal. En su visión, el Estado es el origen de “todos los males” por ser fuente de trabas para la inversión privada; porque es inevitable su mala gestión; porque se dilapidan recursos en inversiones ineficientes; por ser un nido de corrupción.
El discurso libertario, que políticos como Javier Milei lideran en la región, representa la preocupación por defender de la regulación y del control estatal no a personas, sino en especial a empresas y grandes inversionistas. De ahí el autocalificativo de libertarios. Esta preocupación viene acompañada por un recorte de derechos individuales y colectivos vinculados a la salud, la educación pública y la jubilación, así como de una criminalización de las protestas sociales. En general, está muy involucrada en la llamada “batalla cultural”.
En términos prácticos, su propósito es desregular la economía y las inversiones. En lo político y cultural, promueve una ideología antidemocrática y autoritaria, profundamente antiliberal, a menudo con visos próximos al conservadurismo católico o evangélico. De raigambre neoliberal individualista en extremo, comulga con el mito de los emprendedores. Cultural y socialmente es pronorteamericana y prooccidental de corazón, pero lo suficientemente pragmática como para tener el bolsillo extendido hacia China.
La conservadora cristiana
El discurso de la derecha conservadora cristiana se asienta en supuestos principios morales o religiosos, como la lucha contra el mal y la defensa de una pretendida moral cristiana. Sus promotores animan la cruzada en favor de la familia heterosexual, critican la libertad de orientación sexual y caricaturizan las políticas de género. Señalan a la izquierda y al “comunismo” como fuente del “pensamiento progresista” que ha venido corroyendo la sociedad. Apelando a convicciones religiosas, esta propuesta de extrema derecha busca conseguir varios propósitos políticos y sociales: cohesionar a la élite tras un discurso tradicionalista conservador, establecer vínculos sólidos con sectores populares creyentes, que sienten amenazados sus principios morales de vida y, en especial, bloquear o anular políticas públicas que se propongan promover políticas tolerantes con la diversidad social, sexual y cultural.
Este pensamiento de derecha se conecta con las políticas y opiniones intolerantes frente a la migración. Alienta una sensibilidad que se resiste a las diferencias y una nula empatía frente a los “otros” del grupo propio o del grupo hegemónico.
La autoritaria, clientelista-estatal y con nexos regionales
Si bien esta derecha puede convocar movimientos de base cristianos muy conservadores, sus características principales son el autoritarismo y el uso del Estado con fines clientelistas. Un uso clientelista que, precisamente, ha generado ya el debilitamiento institucional y la pérdida de autoridad de las instituciones y poderes constitucionales.
Tiene vínculos con una antigua tradición castrense, cultiva un pensamiento y una práctica vertical y autoritaria, antiizquierdista y antiprogresista en general. Sin embargo, no está tan ideologizada como la nueva derecha conservadora cristiana, ni como la “libertaria”. Tiene también una clara vocación prooccidental, e incluso pronorteamericana. Entre ellos se pueden encontrar ejemplares pragmáticos, pero son pocos.
Esta derecha ha conseguido a lo largo de los años cierta influencia política y electoral, no sólo en Lima, sino en las regiones, en especial del norte del país, debido al uso selectivo y hábil del clientelista estatal, tanto nacional, como subnacional.
La estatista, promilitar y centralista
En la actividad política actual esta derecha permanece agazapada, como un sector de influencia menor y relativamente marginal, lo cual en gran medida es así. Sin embargo, responde a un humor subterráneo que mantiene su vigencia: no son pocos los peruanos que consideran que, en una situación de inestabilidad política extrema, la salida que debe imponerse —porque otorga garantías— es recurrir, directa o indirectamente, a las fuerzas armadas.
Este pensamiento tiene raíces antiguas en el Perú; aunque en las últimas décadas ha sido rehusado por el pensamiento político hegemónico —nacional y continental—, no puede descartarse su resurgimiento en momentos de crisis nacional o de crisis política global.
La tecnocrática, globalista y neoliberal
El discurso de este importante sector tecnocrático y neoliberal abarca un amplio arco político que incluye desde personas democrático-liberales hasta autoritarias. Se caracteriza por ser globalista y por su ferviente defensa del libre mercado y la propiedad privada.
Aunque su discurso —con influencia en el Estado y en la opinión pública, a través de sus vínculos mediáticos— se encuentra seriamente cuestionado por la política intervencionista, proteccionista y nacionalista del presidente estadounidense, Donald Trump, sus relaciones con el gran empresariado peruano y trasnacional siguen siendo importantes y mantienen una influencia clave en las decisiones del sector privado.
En general, quienes comulgan con esta tendencia son partidarios del libre mercado más que de los derechos de las personas. La mayoría no son de extrema derecha y más bien entre ellos hay sectores laicistas, alejados de dogmas religiosos.
La de origen informal, privatista y mercantilista
Más que un sector político, es un amplísimo sector social, una burguesía agresiva y aspiracional. Sin poder calificarla en bloque como parte de las derechas extremas —ni de la derecha, siquiera—, por ser un sector políticamente variado, queda claro que constituye un poderoso actor económico y político que se ha afianzado en las últimas décadas, con particularidades a definir en cada caso. Su pragmatismo y su muy escasa valoración de la institucionalidad y las lealtades políticas y sociales, así como su visión y su práctica básicamente individualista —como máximo, alientan la reproducción de redes familiares, amicales y localistas—, hacen que sea posible considerarlos como una derecha social y económica, no siempre ideológica o políticamente organizada.
En un país con cerca de 75% de trabajadores informales, desde la década de 1980 se ha ido constituyendo una nueva y variada burguesía urbana y otra de origen más rural o establecida en ciudades pequeñas y medianas. Algunos de sus núcleos más activos ejercen una considerable influencia en el Estado nacional y en los gobiernos subnacionales. Poseen organizaciones propias, federaciones, colectivos u otros, que se distinguen según la región en la que actúan y sus localidades de asentamiento, así como poderosas conexiones con representaciones políticas y sociales, dentro y fuera del Estado. Sectores dentro de este variado conjunto están vinculados al crecimiento de la minería informal e ilegal, así como a la tala ilegal y la economía de la coca.
Parte de quienes integran este sector tiene claros puntos de contacto con la derecha “libertaria” y antiestatal, porque, como es comprensible, prefieren un Estado débil y la menor cantidad posible de regulaciones. No obstante, al mismo tiempo quieren “mano dura” de parte de ese mismo Estado, en especial contra la delincuencia común que los mantiene en vilo.
La liberal clásica o de centro político democrático
La derecha liberal clásica, la más tradicional, se ubica —hoy con mayor razón— en el centro del espectro político. Su visión de los derechos no está volcada exclusivamente a la defensa de las inversiones y de la propiedad privada, sino que incorpora de manera activa la defensa de los derechos de las personas. Esta postura incluye un compromiso con los derechos humanos y, en el ámbito internacional, están a favor del multilateralismo.
Con importantes matices en el ámbito político, entre ellos hay incluso quienes están dispuestos a buscar coincidencias e incluso intentar alianzas con la centroizquierda. En cuanto a su organización, está conformada por varios partidos políticos pero su representación es precaria, en consonancia con la crisis general que afecta a estas instituciones.
Colofón
El crecimiento de las derechas extremas ha generado su ingreso, a nivel global, en gobiernos de diferente procedencia, pero también la aceleración de la crisis de la democracia y del consenso neoliberal, y la consiguiente ruptura del orden establecido después de la segunda guerra mundial. Contra lo que hubiera podido imaginarse, el origen de la crisis global de la democracia nace desde las entrañas de la propia derecha rumbo al autoritarismo.(1.10.2025)
