Gutiérrez sobre Ribeyro: Una lectura apasionada

La figura del escritor piurano Miguel Gutiérrez goza de plena vigencia. Una evidencia de ello es la reciente y progresiva reedición de sus obras, tanto narrativas como ensayísticas. Este fenómeno, por cierto, no es solo editorial o comercial, en la medida que está acompañado por la aparición de diversos estudios en torno a su obra.1 En este contexto, el Centro de Desarrollo Editorial, bajo su sello J.M. Marthans, ha asumido la labor de reeditar los ensayos que Gutiérrez publicó, hacia 1999, con el objetivo puntual de acercar ciertas lecturas personales (“mis clásicos de la novela del siglo XX”) a un lector no especializado. Este proyecto, que nació bajo el nombre de Biblioteca para el siglo XXI, estaba previsto o proyectado por su autor como un “conjunto de treinta ensayos, organizados en series de cinco libros”, de los cuales solo seis vieron la luz, y que pronto se agotaron o dejaron de circular. Por esta razón, la reedición de Ribeyro en dos ensayos, título que forma parte de la colección original, es en primer lugar un valioso rescate literario.
Esta edición se abre con un ya clásico prólogo de Gutiérrez, que justifica las motivaciones del proyecto, y una nota introductoria nueva, a modo de prólogo, de título más o menos predecible (“Miguel Gutiérrez, lector de Ribeyro”). Luego de ello, el cuerpo del texto está conformado por los dos ensayos ya anunciados, divididos según un criterio temático: el primero, “El cuentista”, que es también la parte más extensa, explora distintos aspectos de la narrativa corta de Ribeyro; mientras que el segundo, “El novelista”, hace lo propio con sus tres novelas publicadas, aunque Gutiérrez centra la atención reflexiva en Crónica de San Gabriel (1960), la más lograda, “una novela bella, escrita con un deliberado tono menor” (p. 90). Por último, el libro se cierra con un anexo sobre autores mencionados, y sus respectivas referencias bibliográficas, puntillosas; así como una sección iconográfica sobre el autor de “Los gallinazos sin plumas”, a cargo del fotógrafo Herman Schwarz.
En cuanto a su contenido, Ribeyro en dos ensayos constituye una de las aproximaciones más completas a la obra narrativa de este autor, uno de los escritores más importantes del Perú del siglo XX, ciertamente, y también de la literatura de nuestro continente (como Gutiérrez procura demostrar en un apartado que se titula justamente “Ribeyro en el cuento latinoamericano”). A través de un análisis profundo y articulado, el autor examina tanto la cuentística como la novelística, y destaca sus temas recurrentes, su visión del mundo, su estilo narrativo, entre otros aspectos. En ese sentido, uno de los mayores aciertos del ensayo es la identificación de dichas recurrencias que atraviesan la obra de Ribeyro: la decadencia, los combates perdidos y el héroe trágico. Estos temas, según Gutiérrez, no solo configuran el contenido de sus cuentos y novelas, sino que también revelan una visión del mundo profundamente escéptica, marcada por la imposibilidad de alcanzar la verdad, la frustración existencial y la marginalidad social.
En cuanto al estilo, vale destacar que Gutiérrez hace uso de su propio arte narrativo para presentar resúmenes de las principales obras que analiza, entretejidos con citas literales, sin que decaiga el ritmo de la prosa o el interés por el razonamiento que desarrolla. Por ejemplo, en el análisis de cuentos como “Silvio en El Rosedal”, Gutiérrez encuentra una parábola del arte ribeyriano y del destino del escritor moderno. Silvio, personaje apático y derrotado, hereda una propiedad que parece ofrecerle una revelación estética y espiritual. Sin embargo, su búsqueda de sentido termina en el fracaso, en la constatación de que no hay mensaje ni verdad que descifrar. Esta historia se convierte en una metáfora del escepticismo filosófico que impregna la obra de Ribeyro, y que Gutiérrez relaciona con las tres preguntas kantianas: ¿qué puedo saber?, ¿qué puedo hacer?, ¿qué puedo esperar? Dicho esto, el autor descubre que la respuesta ribeyriana a estas preguntas es negativa o limitada: no se puede conocer la verdad absoluta, solo resistir con dignidad y crear belleza en medio del absurdo. Esta postura, que Gutiérrez denomina “pesimismo terapéutico”, se vincula con una ética estoica y una sensibilidad aristocrática, pero también con una solidaridad hacia los desamparados.
Dicho lo anterior, se deduce que Gutiérrez defiende la prosa clásica de Ribeyro frente a las críticas que la tildan de tradicional o decimonónica. Para el autor, Ribeyro cultiva una prosa clara, armoniosa, elegante y cartesiana, que responde a un ideal de clasicismo consciente y deliberado. Esta elección estilística no implica una falta de modernidad, sino una forma distinta de asumirla, alejada de los excesos vanguardistas y de las modas experimentales. En ese sentido, el estilo de Ribeyro se caracteriza por el distanciamiento, la ironía, el humor sutil y la reflexión epigramática. Incluso en sus cuentos más dramáticos o trágicos, hay una corriente subterránea de ironía que impide el patetismo. Esta actitud estética se refleja también en su rechazo al énfasis, a la retórica sentimental y al costumbrismo superficial. Asimismo, Gutiérrez destaca que Ribeyro es un explorador de formas, capaz de cultivar con maestría el cuento, la novela, el teatro, el ensayo, el diario y las prosas breves. En todos estos géneros, mantiene una unidad de tono y visión, lo que permite hablar de un universo ribeyriano coherente y reconocible.
En la primera parte del ensayo, dedicada a la cuentística de Ribeyro, considerada por Gutiérrez como la parte más importante de su obra, se analiza justamente la variedad de formas, tonos, espacios, clases sociales y estados psicológicos que aparecen en sus cuentos. Más aun, el autor propone múltiples criterios personales de ordenamiento: realistas vs. fantásticos, urbanos vs. rurales, peruanos vs. europeos, infantiles vs. adultos, etc. En muchos de estos, los personajes ribeyrianos son seres contemplativos, derrotados, humillados, que viven en su mundo interior y que rara vez se rebelan contra su destino.
Sin embargo, el ensayo también matiza esta visión negativa, señalando que en algunos cuentos hay búsquedas existenciales, intentos de amor, gestos de resistencia y momentos de belleza. Con esto, Gutiérrez concluye que Ribeyro no es un antihumanista ni un antiliterato, “como han sostenido algunos críticos”, sino un escritor que ha elevado el fracaso y la desilusión a una categoría estética y ética.
La segunda parte reflexiona sobre Crónica de San Gabriel (1960), Los geniecillos dominicales (1965) y Cambio de guardia (1976). Gutiérrez analiza cada una de forma detallada, para destacar sus méritos y limitaciones, en el contexto de la narrativa peruana y latinoamericana. Según ello, Crónica de San Gabriel es una novela formativa, influida por Thomas Mann, Alain-Fournier y Gorki, y, aunque no cumple del todo con los requisitos del Bildungsroman, ofrece una visión crítica del mundo feudal andino y una estructura narrativa moderna, basada en el suspenso, la intriga y la coherencia del punto de vista. Gutiérrez la considera una novela bella, construida con una alta conciencia técnica, que rompe además con la división entre narradores urbanos y rurales. Los geniecillos dominicales, en cambio, adopta la forma de la novela picaresca, con un protagonista que recorre los espacios de Lima en busca de su identidad como escritor. La visión de la ciudad es sombría y grotesca, y el tono irónico impide la grandeza épica o trágica. Gutiérrez señala que esta novela, aunque estimable, no alcanza la plenitud artística por su exceso de sarcasmo. Por su parte, Cambio de guardia es la novela más ambiciosa en términos de estructura y carga social. Ribeyro intenta representar en esta obra la complejidad y simultaneidad de la realidad limeña mediante una multiplicidad de secuencias narrativas. Aunque la novela bordea el documentalismo y sus personajes son planos, Gutiérrez reconoce su valor como testimonio de una época y como ejercicio técnico.
Por otro lado, una de las preguntas centrales que plantea el ensayo de Gutiérrez es si Ribeyro debe figurar en el canon del cuento latinoamericano junto a Borges, Rulfo, Cortázar, Onetti y García Márquez. El autor responde afirmativamente, aunque con matices. Reconoce que Ribeyro no creó un nuevo modelo de cuento como Borges, ni alcanzó la intensidad lírica de Rulfo, o la experimentación de Cortázar, pero destaca su riqueza temática, su variedad de registros y su maestría en los cuentos evocativos y familiares. En esa misma línea, el texto concluye con una reflexión sobre el escepticismo ribeyriano, que lejos de paralizar su creación literaria, la ha nutrido de profundidad, coherencia y autenticidad. Ribeyro ha construido un universo narrativo donde la belleza, la ironía y la dignidad conviven con el fracaso, la soledad y la desesperanza. Y ese universo, según Gutiérrez, merece ser reconocido como uno de los más valiosos de la literatura hispanoamericana.
Todo lo anterior permite considerar que Ribeyro en dos ensayos es un texto de gran valor reflexivo, por las ideas audaces que defiende, por el razonamiento elaborado que despliega, y también literario, pues el novelista Miguel Gutiérrez utiliza sus propias dotes narrativas para ofrecer una lectura integral, matizada y apasionada de la obra de Julio Ramón Ribeyro. En otras palabras, combina el rigor analítico con la sensibilidad estética, y logra transmitir al lector la complejidad, la riqueza y la vigencia de un autor que, desde su escepticismo, ha dado forma a una de las visiones más profundas del Perú y del ser humano en la literatura contemporánea.
Gutiérrez, Miguel. Ribeyro en dos ensayos. Lima: J.M. Marthans, 2024, p.p. 164
Footnotes
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Un ejemplo reciente es Torrentes en pugna (Fondo Editorial PUCP, 2023), estudio publicado por Sánchez León, que busca comparar y hermanar el trabajo de este escritor con el recientemente fallecido premio Nobel Mario Vargas Llosa. ↩
