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Internacional

La guerra, la de verdad, más cerca

La guerra, la de verdad, más cerca

Dos artículos obligan a reflexionar y, sobre todo, a prepararse para lo que se nos viene y que no somos capaces de afrontar, ni siquiera verbalizar. El primero, escrito por un economista solvente, Juan Torres (“El oro destrona a los bonos de Estados Unidos”, Rebelión 27/09/2025); el segundo, por un historiador especializado en relaciones internacionales y con una larga experiencia como corresponsal, Rafael Poch (“La ampliación de la guerra de Ucrania está servida y bien anunciada” CTXT, 25/9/2025) Ambos trabajos hay que entenderlos, eso pienso, como avisos de un incendio que ya comenzó y puede terminar por consumirnos a todos. Como casi siempre, el supuesto catastrofismo está en la realidad.

Juan Torres parte de un dato especialmente significativo: los bancos centrales están comprando masivamente oro, hasta el punto que, pronto ―si no lo han hecho ya, ojo―, superarán a los bonos del tesoro norteamericanos en sus balances. Se trata de una señal significativa de los cambios económicos y de poder que se están produciendo en nuestro mundo. ¿Razones? El economista granadino lo explica con claridad: el declive del poder económico y tecnológico de la superpotencia estadounidense, su enorme deuda y las dudas que genera sobre el futuro del dólar, la ampliación de los BRICS y su apuesta por un nuevo sistema monetario internacional, la vulnerabilidad de los bancos privados.. Lo decisivo es que aquí se entra ya en el terreno de la geopolítica, EE.UU. vive una situación de emergencia y necesita revertirla antes que sea demasiado tarde. Trump hace lo que está obligado a hacer.

En dos de los tres pilares en los que se ha basado históricamente el poder imperial norteamericano (su potencial económico y el papel del dólar como moneda de reserva), se encuentra ante graves dificultades; en el tercero, el político-militar, donde conservaba un claro predominio, China (en alianza con Rusia) acorta distancia y no tardará en alcanzar la paridad. El tiempo se agota. Los demás, especialmente los aliados, deben pagar y financiar el rearme, la reindustrialización de EE.UU. La hipótesis de Juan Torres es clara: «Estados Unidos necesita que Europa necesite dólares y eso solo se puede conseguir hoy en día de una forma: haciendo que Europa se involucre en la guerra de Ucrania y Rusia. Solo eso permitiría que llegue a los Estados Unidos el flujo de decenas de miles de millones de dólares que necesita para mantener su hegemonía militar». Concluyendo, «Europa va a estar en guerra, de una u otra manera, con mayor o menor intensidad, participando más o menos países, muy pronto. Quizá a lo largo de los próximos seis meses».

Rafael Poch, por su lado, toma nota de declaraciones, cada vez más explícitas, de políticos, militares y dirigentes que ponen fecha para un enfrentamiento con Rusia y que no tienen ningún reparo en reconocer que están ayudando a Ucrania a rearmarse con objetivos extremadamente precisos: golpear a la retaguardia profunda de Rusia, a ciudades como San Petersburgo y Moscú. El historiador catalán llama la atención sobre la aceleración del clima de guerra y la irresponsabilidad de los dirigentes europeos. Señala un dato muy relevante, la mediocridad de los políticos reinantes, su incultura histórica y su incapacidad para entender las consecuencias de sus acciones. Una de las claves, para mí, la más significativa: «Europa transfirió a los Estados Unidos todas las decisiones estratégicas en materia de seguridad y política exterior continental. Y el problema era que Washington consideraba que Rusia ya no era una gran potencia, mientras que los rusos sí se consideraban una gran potencia y no tenían, ni tienen, la menor intención de renunciar a su soberanía y autonomía mundial». No se puede decir con más precisión. Esto es el origen de todo: el rechazo de la Rusia de Primakov y de Putin a aceptar el Nuevo Orden Internacional impuesto por EE.UU., tanto como el papel (subalterno) asignado a Rusia en él.

El clima bélico se agudiza y las declaraciones abiertamente beligerantes se suceden. Los mapas de los conflictos se generalizan, la militarización de las relaciones internacionales se impone en el conjunto del planeta y las posibilidades de una nueva agresión de Israel y EE.UU. a Irán, crecen en una espiral que no parece tener fin. Rafael Poch insiste e insiste porque no se están escuchando las demandas rusas y, lo peor, las élites europeas siguen pensando que todavía es posible derrotar a Rusia. La señal más significativa de tanta retórica militarista es, de nuevo, la subestimación de su potencial económico, tecnológico, técnico-militar y político-militar. Donald Trump, bien asesorado por Zelenski, ahora, precisamente, habla de Rusia como un ‘tigre de papel’. ¿Se lo creerá? Lo dudo.

¿Dónde estamos? Cerca del precipicio. Los así llamados ‘dispuestos’ y ‘voluntarios’ para vencer a Rusia están al timón de una Unión Europea que ha encontrado en el rearme y la hostilidad un dispositivo estratégico para salir de su crisis existencial. Tienen poca vuelta hacia atrás. Ese es el problema, y nuestro problema; sí, nuestro problema: gobiernan en nuestro nombre y lo hacen con nuestro consenso activo o pasivo.

Dilemas estratégicos: a) Rusia está ganando en el frente político-militar. La propaganda se puede repetir una y mil veces, lo que no se puede es negar la realidad. El ser tiende a perseverar en ser. Las sanciones no han funcionado, el consenso en torno a Putin creció y se amplió. Es más, la guerra ha disminuido el papel de los grandes empresarios (los famosos oligarcas, que aquí no los hay, son todos leales partidarios del libre mercado), la planificación crece y se desarrolla en torno a la reindustrialización de una Rusia que, según se decía, era la periferia del sistema-mundo. En paridad de compra es la cuarta economía mundial.

b) La Unión Europea (mucho más alemana que en la época de Merkel), se encuentra con dificultades notorias. Se comprometió a fondo con Biden y Trump la desprecia hasta la humillación. La trata como entidad subalterna. Todo lo que pidió se lo dieron, todo. Algo más que un billón trescientos mil millones de dólares. Comprarán armas, petróleo y gas de la ‘superpotencia imprescindible’. Las élites europeas se sienten sus representantes en este decadente viejo mundo y sus imprescindibles aliados. ¿Autonomía estratégica? Seamos serios. Eso solo se lo creé Borrell. Propaganda para federalistas y demás consumidores de los Estados Unidos de Europa.

c) La OTAN y la UE quieren la guerra y no la pueden ganar sin los EE.UU. ¿A qué juega Trump? A lo suyo. América primero, ‘su’ América y su poder primero. No debería olvidarse. Marco d’Eramo lo expresó con claridad hace unas semanas ―lo cito a él para no nombrar a Lenin, mi maestro, que se ha ido convirtiendo, estúpidamente, en el innombrable―: «Ninguna clase dirigente que detenta el poder está dispuesta a cederlo o a ver cómo disminuye y, mucho menos, a presenciar cómo desaparece. El debate entre las diferentes facciones de las clases dirigentes siempre girará en torno al modo de gestionar el imperio, la estrategia para fortalecerlo y a las tácticas para expandirlo». ¿Queda claro? Pues debería.

d) Trump reacciona desde el bloque político-social que intenta representar y con las alternativas disponibles según la relación de fuerzas existentes. Hay que entenderlo: EE.UU. vive una guerra civil latente, incubada desde hace mucho tiempo y relacionada con una contradicción difícil de superar entre su papel imperial y su existencia como Estado Nacional. El repliegue tiene que ser selectivo. La clase política norteamericana, en su mayoría, sigue con los viejos esquemas y es ferozmente antirrusa. Israel, más allá y más acá de los reconocimientos simbólicos de la soberanía palestina, está jugando a fondo la carta de la guerra en Europa, en estrecha alianza con Zelenski y los ‘dispuestos’ ¿Qué hace Trump? Verla venir. Hay hipótesis. La predominante es que deja jugar y supervisa el escenario. No le va mal. Los países de la OTAN y de la UE compran las armas a EE.UU. y luego las donan a Ucrania. El Presidente actúa como si nada tuviera que ver con la organización político-militar más potente del planeta, que en estos momentos juega un papel geopolítico decisivo al servicio de los intereses estratégicos de los EE.UU.

e) Llevan razón Juan Torres y Rafael Poch. La guerra está más cerca. Se está construyendo un escenario político-mediático basado en el miedo y en la inseguridad que presagia lo peor. Todos los grandes medios, sin excepción, se han convertido en terminales de los aparatos de inteligencia de la OTAN. Repiten supuestos informes que no tienen otra función que demonizar a Rusia y asustar a unas poblaciones que crecientemente asumen el papel de coro pasivo de una obra construida para fomentar el temor y la pasividad.

Hablar del genocidio en Gaza sin relacionarlo con la reorganización del espacio político-estratégico de Oriente próximo, es no entender lo que hay en juego, igual que no relacionarlo con el problema central: la crisis de la hegemonía del Occidente colectivo bajo dirección de los EE.UU. No engañan, lo dicen abiertamente, pero nos negamos a escucharlos. Cuando el canciller Merz afirmó que Israel estaba haciendo el trabajo sucio por nosotros, se refería a que Netanyahu es la vanguardia político-militar de un Occidente que se niega a entregar el mando y que está dispuesto a jugárselo en una guerra de grandes dimensiones.

Esto es lo que une los distintos conflictos y explica el papel de EE.UU. y de la Unión Europea: impedir, cueste lo que cueste, la transición hacia un mundo multipolar más justo, democrático e inclusivo. (29/09/25).

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