La nueva inflexión histórica en Bolivia y Latinoamérica

Todo lo que es sólido se desvanece en el aire, decía un pensador clásico alemán. Y efectivamente así es. Parece que el renacimiento de los Callaghan, como diría Rodó, es un hecho global cada vez más generalizado. En los últimos 40 años, tanto los modelos neoliberales como los neodesarrollistas, en Bolivia y prácticamente en toda Latinoamérica, se están esfumando en medio de una policrisis global multidimensional con cambios hiper acelerados en la tecnoeconomía de la información y de las redes digitales.
Nuevas redes de poder global emergen en un mundo multipolar en conflicto permanente y en medio de pandemias, guerras, industrias militares crecientes y redes de inteligencia mundial asociadas a las dinámicas de la inteligencia artificial. ¿Cómo repensar la política, la democracia y el desarrollo en un contexto tan complicado y en medio de coyunturas nacionales fragmentadas, donde la lógica amigo-enemigo tiende a reproducirse? Pocas veces la fragmentación sociopolítica y cultural ha sido tan intensa en Bolivia y en otros países de la región. Empero, también es posible una auto transgresión innovadora, sobre todo si incluye nuevos procesos prácticos de integración regional.
Bolivia en el largo plazo
La sociedad boliviana a lo largo de su historia, con dramas y fiestas, ha creado una fuerte cultura para sobrevivir en momentos difíciles y para cambiar situaciones límite en nuevas opciones de vida. Un lazo social diverso y generalizado constituye, posiblemente, su principal recurso de autotransformación.
Hoy atravesamos un momento de inflexión histórica en el que las formas de la democracia y el desarrollo experimentadas los últimos 40 años, parece que se extinguen. Como se preguntaba José Medina hace décadas para otros momentos duros, como lo fue el inicio de la revolución del 52: «Primero, ¿cuáles son los nuevos soportes de la nueva estructura que está sucediendo a la anterior y que ésta ya portaba en su seno desde los comienzos de su descomposición? Segundo, ¿dónde se encuentra el último fundamento de la prise de conscience que abre con el nuevo ciclo económico la fisonomía del futuro inmediato?».
Las sociedades se transforman y se recrean en medio de relaciones de poder donde lo local y lo nacional se articulan cotidianamente con una globalización cambiante. En las últimas cuatro décadas, tanto bajo un neoliberalismo generalizado como de un neodesarrollismo estatal indigenista, en el caso de Bolivia organizado por líderes carismáticos, se han generado nuevas realidades. Como subrayamos en nuestra investigación de once casos nacionales en la región 1 y en el libro con Manuel Castells La nueva Latinoamérica, se vienen produciendo cambios económicos estructurales, políticos y socioculturales remarcables, que hoy día se necesita gestionar e innovar para poder vivir mejor.
Entre ellos sobresale una nueva economía extractiva informacional que permitió que la región creciera, que se distribuyan o concentren recursos, pero que impidió el surgimiento de nuevas opciones de desarrollo económico informacional, socialmente integradas y ecologizadas. Los latinoamericanos estamos presos hace siglos de una cultura extractivista-comercial y sus derivados, a menudo con consecuencias nefastas para la naturaleza. Por otra parte, América Latina y Bolivia ya son un territorio hiper urbanizado y policéntrico. Es visible el boom inmobiliario en las ciudades principales, asociado al capital financiero y la especulación urbana, así como el fortalecimiento de los más ricos, viejos y nuevos, como también la expansión de una economía informal urbana de comercio, contrabando, subempleo y pobreza, además de organizaciones sindicales y territoriales prebendarias, con una cultura y una lógica fragmentaria asociada al uso creciente del consumo de redes de comunicación que no producimos, pero de las cuales nos alimentamos. Hoy la política digital está en el centro de la opinión pública.
Otro cambio importante es el crecimiento y complejización de una economía global criminal que ya funciona en redes globales informacionales que contribuyen al crecimiento de un capital financiero sin país. En esa medida es fundamental reconocer cambios demográficos y político-culturales en una sociedad patriarcal con serios problemas de reproducción. Desde el lado de la acción colectiva, hay una nueva dinámica y ola de conflictos y protestas socioculturales, asociada a la desigualdad y al malestar humano, vinculados en buena medida a la dignidad y los derechos humanos en varios ámbitos como los de género, ética en la política, étnico-culturales y ecológicos; sobresalen además movimientos ultraconservadores, con rasgos autoritarios y religiosos.
Ciertamente una visión de coyuntura resulta insuficiente para comprender la inflexión en curso. Para ello resulta fundamental tener una visión histórica de largo plazo, entre otras cosas, para salir de esa ‘cárcel de ideas’ que suponen una economía y una cultura política extractivista y jurídico institucional, asociadas a redes clientelares y burocráticas de poder y corrupción, que es de origen colonial y es una fuerte barrera para la innovación y el desarrollo.
También es fundamental revalorizar la cultura histórica de resiliencia e innovación de las diferentes clases y estratos socioculturales y, sobre todo, la necesidad de fortalecer sistemas de comunicación entre diferentes, en base a una mejor forma de convivir en un Estado de lo público. En el largo plazo resulta fundamental comprender la superposición sociocultural y la historia de las ideas y de los actos dramáticos de la sociedad boliviana. ‘Sociedades abigarradas’ las denominaba Zavaleta, pensando en las sociedades latinoamericanas como Braudel en las del Mediterráneo. Diferentes tipos de relaciones sociales históricas superpuestas en el presente, que vienen del pasado y cambian para reproducirse.
En Bolivia podemos mencionar distintos momentos en que esa superposición se expresa: desde Creación de la pedagogía nacional de Tamayo a principios de siglo XX, que valoriza la luminosidad aimara, hasta la riqueza comunitarista de las culturas guaraníes como las de la Chiquitanía —que el socialismo francés tuvo como una de las primeras utopías humanistas—, pasando por la trágica Guerra del Chaco hasta la Revolución del 52, donde estructuras sociales territoriales (comunidades campesinas) y funcionales (sindicatos) reprodujeron una estructura de poder basada en enormes logros sociopolíticos: voto universal, reforma agraria y urbana, nacionalización de las minas, etc.), pero coexistiendo con una estructura y una cultura de poder patrimonialista y corporativo que se reprodujo hasta la actualidad. Sin entender esa dinámica no se puede comprender los logros y las deficiencias políticas actuales.
Un puente para consensos prácticos
Una visión de largo plazo permite leer mejor la inflexión en curso. La sociedad boliviana, y en general las sociedades latinoamericanas, para revalorarse necesitan conjugar estabilidad social y económica en el marco de una política constructivista de los diferentes actores, un puente para consensos prácticos. Para una situación de inflexión como la actual, la verdad política, diría Vattimo, se construye en base de acuerdos entre actores opuestos.
En un enfoque constructivista deliberativo de la política, resulta fundamental lograr acuerdos procedimentales con capacidad de agencia entre actores opuestos. Es consensuar sólidamente en los procedimientos para resolver los conflictos y visiones fundamentales, no solo anunciándolos sino también participando en su evolución temporal, y sobre todo, en los resultados alcanzados. Ello supone una inclusión de lo diverso, es decir un orden plural, institucionalmente conflictivo y abierto. La democracia es por definición un régimen político abierto, conflictivo e inconcluso. Hoy, dadas las tendencias empíricas de los comportamientos diversos y complejos de las sociedades, no hay capacidad por parte de ninguna de ellas de ser hegemónica. Así, el ejercicio del poder democrático que actúa en el mercado y en el Estado, necesita reconocer su pluralismo, territorial, étnico, social, etc. Se requiere producir una suerte de Estado de lo público que actúe a nivel global. La democracia debe ser renovada para enfrentar la coyuntura actual y sobre todo la policrisis global mencionada, para lo cual es crucial retomar una idea de la política como un sistema político-cultural de reconocimientos recíprocos.
En la coyuntura actual boliviana es posible un escenario de transición ‘cesarista pragmática’ que suponga la gestión de conflictos e intereses asociados a lo que llamábamos hace años, con Mario dos Santos y otros, una ‘gobernabilidad sistémica’. Esto es, un consenso mínimo por parte de los diversos actores e intereses en torno al funcionamiento de las instituciones, de la estabilidad económica, y sobre todo, de un mínimo de equidad y estabilidad social. No para dar un salto histórico, sino para crear las condiciones para que éste se produzca más adelante. Y en este sentido, parece crucial empezar a crear espacios de comunicación para que la sociedad y sus actores intelectuales estudien y debatan con realismo empírico e histórico sobre un futuro deseable y posible de una nueva sociedad digital, digna y genuina. De primar metas absolutistas de un poder excluyente, posiblemente los escenarios de fragmentación y caos serán inevitables.
Una nueva geopolítica y geoeconomía mundial
En la actual coyuntura de pugna de poderes globales se están perfilando nuevas formas de dominación donde los políticos y Estados poderosos, con sus diversos sistemas digitales y la competencia de las grandes empresas tecnológicas, están produciendo una nueva geopolítica y geoeconomía mundial, modificando la realidad a nivel nacional, regional y local. Se trata de una suerte de reestructuración de poderes. Allí, el Sur del mundo, particularmente Latinoamérica —hoy relativamente fragmentada—, necesita una política constructivista regional que construya plataformas globales tecnológicas y educacionales, complementarias entre países y territorios, para tener un poder de voz en la nueva globalización. Quizá las políticas recientes de acuerdos entre México y Brasil caminen en ese sentido.
De ahí el carácter estratégico de una educación innovadora que vincule las ciencias duras con las sociales y el arte, y analice empírica y críticamente las nuevas realidades, además de experiencias históricas a nivel global, como, por ejemplo, en el Sudeste asiático, el caso de Malasia o el de Kerala en la India. También los casos de estudio de innovación local con inclusión en el sur global, como analizan los estudios de J. Shutz y R. Aracena, Fernando Peirone, Marcelo Sili y Andres Kozel, especialmente las experiencias innovadoras ecológicas e informacionales, que se dan en las ciudades de El Alto y Santa Cruz, como en las comunidades de Charagua o Urubichá, o la de miles de migrantes que caminan creando redes complementarias territoriales, nacionales y globales, comercializando por todas partes del territorio. Recientes informes de la CEPAL e ILPES están explorando también un nuevo camino territorial en un mundo cada vez más glocal.
En 1994, estuvo en Bolivia el economista paquistaní Mabub Ul Haq, creador del enfoque de Desarrollo Humano de Naciones Unidas y asesor del primer plan quinquenal de Corea del Sur, entre otras aventuras. Durante su visita se la pasó caminando por la ciudad de El Alto, preguntando y… mirando. Antes de partir, en una conferencia dijo que había encontrado en El Alto lo mismo que en los años 50 halló en Corea del Sur y que fue el secreto de su desarrollo: habilidades, honestidad y cumplimiento de los compromisos de deuda. Para él, el desarrollo de Bolivia no estaba en el gas ni en sus otros recursos naturales a los que consideraba solo un medio, sosteniendo entonces que el centro del desarrollo humano está en las habilidades y compromisos de agencia de sus actores. Tenemos que aprender de nosotros mismos, pero también del mundo y sólo la educación y la cultura pueden hacerlo viable.
¿Será posible que Bolivia se desarrolle en medio de una nueva interdependencia asimétrica global y regional? ¿Cómo revincularse con la región, y particularmente con los países vecinos, para construir alianzas estratégicas para tener una importante voz en el mundo, en el contexto de una sociedad digital cambiante? ¿Será posible refundar un latinoamericanismo práctico, con capacidad de agencia, centrado en procesos de innovación informacional, ecológica y sociocultural? ¿O permaneceremos en el atraso y la nostalgia?
Un enfoque innovador del desarrollo humano o de la misma ‘Transformación Productiva con Equidad’ que elaboró la CEPAL, tendría que colocar la dignidad humana como sujeto y objeto del desarrollo, asociada intrínsecamente a los derechos humanos, y desde allí repensar cómo construir una economía informacional ecologizada. Resulta estratégico entonces el papel de la educación, así como una suerte de nueva pedagogía de los diversos actores socioculturales, lo que supone fortalecer las habilidades humanas para reforzar o construir una capacidad de agencia que vincule metas con resultados. Los actores innovadores del futuro necesitan manejar y conjugar los códigos de modernidad con conocimientos y destrezas para participar en la vida pública, con los códigos informacionales, referidos a la capacidad de comunicar, combinar, interactuar en la red, y generar así nuevos significados humanos del desarrollo. La capacidad de agencia necesita expandirse como la principal fuerza de innovación social, inclusiva y regional. Ello implica crear condiciones institucionales, económicas y sociales que la política constructivista podría producir.
Footnotes
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Calderón, F. (2018) Navegar contra el viento. América Latina en la era de la información, UNSAM. ↩
