Tema del traidor y el converso

En septiembre de 2023, el accesitario Fernando Rospigliosi juró como Congresista de la República tras el repentino fallecimiento de Hernando Guerra García, entonces vicepresidente del Congreso. Ambos tenían un pasado de izquierdas: el primero había sido militante de Vanguardia Revolucionaria durante la década de los 70 y luego, tras moderar sus posiciones, hizo gran parte de su carrera política como un férreo opositor al fujimorismo; el segundo, algo más joven, había militado en las juventudes del Partido Socialista Revolucionario, agrupación vinculada al ala radical del velasquismo y que en la década de los 80 formaba parte de la coalición de Izquierda Unida. Durante el periodo 2021-2026 los dos cumplieron el rol de congresistas por primera vez; ambos como integrantes de Fuerza Popular, la agrupación política dirigida por Keiko Fujimori.
La trayectoria de Rospigliosi, hoy uno de las figuras más protagónicas del fujimorismo, no es del todo anómala en el panorama político nacional. Muchas figuras que durante su juventud militaron o simpatizaron con la izquierda terminaron inclinándose por opciones políticas opuestas. Quizás los casos más célebres sean los de Eudocio Ravines, secretario general del Partido Comunista del Perú que terminó trabajando para la CIA, y Mario Vargas Llosa, el escritor y Nobel, que transitó por posiciones comunistas, demo cristianas, castristas, liberales y de extrema derecha a lo largo de su vida.1 A menudo estas trayectorias suelen ser enmarcadas, desde la izquierda, en las figuras del traidor y el converso.
Si bien la traición es un motivo recurrente en la historia peruana —desde las luchas fratricidas de Huáscar y Atahualpa, y la colaboración de Felipillo, pasando por las vergonzosas actuaciones de Mariano Ignacio Prado, Nicolás de Piérola y Miguel Iglesias durante la Guerra del Pacífico, hasta el perdón que le fue otorgado al oficial Vladimiro Montesinos por vender información clasificada de las Fuerzas Armadas a la CIA, y los congresistas tránsfugas durante el fujimorato —, parecería existir una percepción desde dentro de la izquierda peruana de que la del traidor es una imagen particularmente vigente, a la que se recurre frecuentemente para explicar la realidad.
Traidores suelen ser llamados Ollanta Humala, por abandonar el proyecto de la Gran Transformación una vez llegado al poder; Susana Villarán, por corromper al gobierno municipal de Lima con la empresa brasileña Odebrecht; y la expresidenta Dina Boluarte, por renunciar a sus banderas izquierdistas tras convertirse en Jefa de Estado. Pero también han sido llamados traidores Pedro Castillo, por ‘derechizar’ su gobierno o por alejarse del ideario de Perú Libre, según Vladimir Cerrón, el líder del partido —de hecho, Castillo y Cerrón se han acusado mutuamente de traición, a este último por su pacto legislativo con la coalición fujimorista—; Aníbal Torres, por supuestamente ‘hacer caer’ al expresidente Castillo; y Verónika Mendoza, cuyo partido apoyó la moción de vacancia contra Castillo luego de que este intentara cerrar el congreso ¿Hasta qué punto es veraz este diagnóstico? ¿Es acaso la izquierda peruana, como escribía hace varios años en su blog Silvio Rendón, particularmente propensa a la traición y el transfuguismo? 2? ¿O se trata más bien de la creencia de que la realidad propia es siempre la peor de todas las posibles?
La traición como relato
Una primera hipótesis: las conversiones y traiciones dicen tanto de quienes se convierten o traicionan, como de quienes son traicionados.
En los comentarios acerca de aquellos que dejan sus posturas políticas y se pasan al bando adversario, se suele sobreestimar el peso de las falencias ideológicas o morales de estos individuos, y subestimar las razones concretas que los llevan a tomar tales decisiones. Evidentemente, esto no quiere decir que estas figuras no puedan cometer actos despreciables, que contradicen lo que por muchos años dijeron defender: el apoyo de Rospigliosi a la reciente Ley de Amnistía, que limpia a los militares y policías que participaron en la Guerra Interna, es un claro ejemplo. Sin embargo, la discusión es estéril si sólo se queda en el nivel de la condena fácil y no examina las razones que llevaron, primero, a optar por la militancia de izquierda y luego a abandonarla. ¿Qué circunstancias concretas los llevan a involucrarse para luego renunciar, convertirse o incluso traicionar? ¿Cuáles fueron los estímulos —prestigio social, identificación de clase, valores humanísticos o religiosos— para militar en un primer momento? ¿Siguieron existiendo en el momento de la renuncia?
El relato de la traición puede ser muy cómodo para no examinar esas condiciones y asumir alguna responsabilidad. Las razones para desencantarse, convertirse o traicionar son innumerables, pero entre ellas está frecuentemente el maltrato, la discriminación o los riesgos y costos de militancia muy altos. Cierto discurso dogmático y revanchista justifica estas salidas como buenas noticias, en tanto la agrupación se depura y fortalece ideológicamente. Esta argumentación suele ser falsa: las renuncias por lo general evidencian problemas, falencias y debilidades de las agrupaciones que sufren estas pérdidas. Cuando las causas de la salida son justificadas, desmoralizan a quienes todavía se quedan.
Sin embargo, lo más peligroso es cuando la traición se utiliza no solo como una herramienta metodológica para comprender el presente, sino como un subterfugio para no asumir responsabilidades del fracaso político y de las expectativas defraudadas. Entonces, la palabra se usa como un insulto fácil, un epíteto que permite descalificar al adversario —aún cuando ambos compartan un mismo espacio— y, a veces, degradarlo. Algo así como un terruqueo desde la izquierda contra la izquierda.
Conversión y traición
¿Qué son la conversión y la traición, y en qué se diferencian? En el primer caso, se trata de un proceso de desencanto de las ideas que se defendieron y la adopción de otro grupo de ideas que vienen a suplir ese vacío. A pesar de su trasfondo religioso, la noción de ‘conversión’ parecería enfatizar el carácter abstracto, intelectual e ideológico del proceso, mientras tiende a dejar los motivos concretos y personales en la bruma. Pero las ideas y las ideologías están atravesadas por afectos y realidades sociales. Por ejemplo, tras la caída de la Unión Soviética y la derrota de Sendero Luminoso, muchos antiguos izquierdistas dejaron su militancia y buscaron adaptarse a la nueva realidad neoliberal. Llevaron a cabo un duelo exitoso de las ilusiones revolucionarias perdidas, proceso que Enzo Traverso diagnosticó en Melancolía de izquierda. Sin embargo, no todos lo hicieron por las mismas razones ni en las mismas condiciones. Algunos pudieron integrarse a la nueva tecnocracia, ya sea estatal o de organizaciones no gubernamentales. Otros lo perdieron todo, el trabajo y el vínculo con los sindicatos tan golpeados durante el fujimorismo, y debieron reinventarse, intentar convertirse en ‘emprendedores’. Los motivos que los llevaron en primer lugar a militar explican, hasta cierto punto, la forma de su salida.
La traición, en cambio, implica un acercamiento con los adversarios y, a veces, incluso la intención de dañar al antiguo bando. En la práctica, sin embargo, no siempre es fácil establecer distinciones entre uno y otro, o identificar un momento preciso. ¿Cuándo se convirtió o traicionó Yehude Simon? ¿Al agradecer a Alberto Fujimori por haberlo liberado, luego de pasar años de prisión? ¿Al abandonar el marxismo-leninismo en pos de un humanismo cristiano? ¿O cuando aceptó ser Jefe de Gabinete de Alan García? De igual modo, en contextos de guerra, la sola deserción suele ser considerada una traición. Los senderistas y emerretistas que se acogieron a la ley de arrepentimiento promulgada por el gobierno de Fujimori fueron considerados traidores por sus antiguos compañeros. Sin embargo, el relato de la traición ya estaba fuertemente instalado en ambas agrupaciones, como evidencian los no tan raros casos de ajusticiamientos contra militantes. En el caso particular de Sendero, incluso un civil que no colaboraba con ellos podía ser catalogado de soplón o traidor, incorporando potencialmente al conjunto de la sociedad —pero sobre todo a aquellos grupos que teóricamente debían apoyarlos: pobres, campesinos, quechuas, asháninkas, izquierdistas— dentro de esa lógica.
No todas las traiciones son iguales, ni siguen necesariamente trayectorias lineales. Por ejemplo, el comandante del MRTA Sístero García Torres desertó y poco después se acogió a la ley de arrepentimiento. Luego, formó parte del equipo del congresista fujimorista Rolando Reátegui, para de ahí dedicarse a ser administrador de un hotel en Tarapoto. En 2019 postularía al congreso en la región San Martín por la agrupación de izquierda Juntos por el Perú. Recientemente, ha sido incluido en el juicio contra el MRTA por la masacre de Las Gardenias. Es decir, no siempre quienes abandonan pueden integrarse con tanta facilidad en el campo adversario, como ha sucedido con Rospigliosi; dependerá de qué pueden ofrecer, cuál es su origen y qué tan profundo es el estigma que cargan. No son tampoco los mismos costos, o las posibles ganancias, de ‘traicionar’ en plena guerra o en circunstancias democráticas.
Las generaciones de Rospigliosi y Guerra García empezaron su militancia de izquierda en circunstancias muy distintas a las actuales. Tras el triunfo de la Revolución Cubana y la efervescencia juvenil de la década del 60, la opción que ellos y muchos más siguieron no era vista como extraordinaria. Por supuesto, seguramente muchos jóvenes de clases acomodadas como ellos debieron enfrentar resistencias familiares y romper con sus entornos si decidían tomar en serio su militancia. Para los sectores populares, si bien la apuesta entrañaba riesgos muy concretos, era lógico integrarse a las nacientes agrupaciones izquierdistas como una forma de obtener derechos y consolidarlos. No debía ser una opción fácil, pero había un horizonte histórico con sentidos comunes que hacía viable seguir ese camino. Es posible que aun cuando la militancia haya dejado de ser un ideal y se haya vuelto real, teniendo que enfrentar dificultades internas y a menudo represión estatal, este horizonte haya cohesionado al grupo y silenciado las dudas e inquietudes.
Muchos factores esgrimidos como razones para abandonar estas agrupaciones —la falta de democracia interna, el orden jerárquico y patriarcal, la tendencia a la fragmentación a partir del narcisismo de las pequeñas diferencias, la lógica del enemigo interno al que se podía fustigar más que al de fuera— debieron estallar cuando, tras la derrota de los socialismos reales, el esfuerzo que durante tantos años se había llevado a cabo pareció tener menos sentido. Que en algunos casos estos motivos se utilizaran como excusas para abandonar los valores que hasta hacía poco se habían pregonado a los cuatro vientos no los vuelve necesariamente falsos. Los cuestionamientos de Ravines a figuras como Stalin o Codovilla, o sus críticas al sectarismo comunista durante la Guerra Civil Española, no se invalidan automáticamente tan solo por venir de quien vinieron.
Confesiones públicas
En el documental La flaca Alejandra (1994), la ex mirista chilena Carmen Castillo entrevista a Marcia Merino, ex mirista a su vez, quien tras ser detenida colaboró con la dictadura pinochetista. Allí delató, entre otros, a Castillo y a su pareja y líder del movimiento, Miguel Enríquez, quien luego sería asesinado. Tras la caída de la dictadura, Merino decidió denunciar públicamente a sus captores.
El documental de una hora es tan solo una conversación entre las dos mujeres. No debió ser fácil para ninguna estar allí, no lo es ni siquiera para el espectador. Hay algo de doloroso e incómodo, pero también de necesario. Entiendo que las experiencias son distintas y que no se pueden establecer paralelos fáciles. Seguramente estas conversaciones han existido en el Perú, en ámbitos privados o domésticos. No se han dado todavía las condiciones, mucho menos ahora, para que puedan hacerse públicas. Pero sería importante que algo así pudiera suceder.
Footnotes
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A estos casos individuales habría que agregar el del Partido Aprista Peruano, que tras haberse posicionado en sus inicios como una alternativa de izquierda, no comunista y antiimperialista, optó, tras una sinuosa trayectoria, pactar con la oligarquía pradista durante el periodo de la Convivencia para asegurar su ingreso al sistema político nacional. ↩
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La columna se titula ‘Las izquierdas tránsfugas de ayer y hoy en el Perú’ y apareció en el blog Gran Combo Club, de Silvio Rendón, el 5 de mayo de 2010. Ya no está disponible en la red. ↩
